31 de octubre de 2025

Noche de Ánimas: Un jubilado afable y escalofriante.


Acabo de asistir al funeral de un amigo, editor y escritor, poeta; sus hijas han recordado sus vivencias infantiles con él y lo han llorado; todos han destacado su bonhomía. Ha sido una ceremonia conmovedora, con música de piano, canciones de un reducido coro y lectura de poemas.

Y yo, desde mi soledad de última fila, con varios años de jubilación a la espalda… o mejor dicho, mi cabeza… ha comenzado a pensar por sí sola. Es algo que sucede últimamente, cada vez con mayor frecuencia. No soy capaz de embridar mi raciocinio y someterlo al cauce de los patrones generalmente aceptados y considerados normales por la sociedad.

Y mi mente pedía explicaciones a… ¿quién?, ¿a un Ser Supremo?, de por qué no me concedió ningún don. Porque yo no soy capaz de tocar un instrumento musical –ni siquiera el más sencillo–, cantar una canción o pintar un cuadro. No tengo el más mínimo sentido de la melodía o el ritmo, ni oído musical, incluso los idiomas se me dan mal; soy incapaz de conjugar los colores o hacer un trazo grácil con el lápiz. Incluso las plantas que cuido con mis manos languidecen y se mueren. Tampoco mi cuerpo, siquiera cuando era joven, destacaba en la práctica deportiva o atlética. Sí que, al parecer, mi cabeza es buena para el razonamiento matemático y científico, pero ¿de qué me ha servido? He desperdiciado mi tiempo en aprender tantas cosas inútiles, al menos para mí, que no he sido capaz de producir nada original. Las lagunas de memoria me impiden aportar los datos que aprendí cuando quiero utilizarlos en las discusiones que, por supuesto, quiero ganar desarmando –y, a poder ser, ridiculizando– los argumentos contrarios de mis interlocutores.

Y, tomando el relevo a esa mente que pide explicaciones a un Dios –a todas luces imperfecto o, al menos, descuidado con sus obras–, mientras camino abandonando el cementerio, yo continuó pensando que en mi funeral no habrá música ni poemas, nadie los asociará a mi persona. Mis hijos no recordarán a un padre afable y cercano, porque no lo fui. Mis amigos asistirán y me recordarán ese día, pero me olvidarán rápidamente porque nunca he sido simpático o gracioso, más bien anodino e insustancial. No habrá viuda, porque mi mujer, la única persona en esta vida que se aproximó a mí, me abandonó después de cuarenta años de matrimonio; siempre me he preguntado porque tardó tanto en darse cuenta de que no merecía la pena desperdiciar un tiempo inmisericordemente menguante con alguien que la hacía infeliz.

Y sé que es tarde para cambiar. Pero, en realidad, no quiero cambiar. He sido capaz de superar mis limitaciones físicas y mentales, y he desarrollado una carrera profesional que muchos considerarían exitosa. Sin embargo, ya nadie se acuerda, no hay reconocimiento ni agradecimiento por los servicios prestados, sólo olvido e indiferencia.

Y eso es lo que verdaderamente me enerva. Creo que es lo que me ha llevado a mantenerme activo, a no conformarme con ser un jubilado pasivo y disciplente. Claro que mi actividad discurre por derroteros poco convencionales.

Recuerdo que mi primera víctima fue mi asistenta. Era una mujer laboriosa, venía de no recuerdo que país y quería trabajar, cuanto más mejor, para ganar dinero y sacar adelante a su familia. Era eficiente y yo, de vez en cuando, la recompensaba con alguna gratificación extraordinaria; además, no quería que se fuera con alguien que le pagase más. Cuando sisaba alguna moneda de las que yo siempre dejo en el mueble de la entrada, yo me hacía el tonto, no me importaba. Pero había un detalle que no soportaba: se bebía mi yogur líquido; después de hacer la limpieza y ordenar la cocina, abría la puerta del frigorífico y se echaba un trago rápido, ávido, largo, de la botella blanca que nunca faltaba, pero cuyo contenido disminuía a un ritmo más rápido del que yo tenía establecido como adecuado, porque una botella tiene que durar tres días exactos.

Así es que comencé a pergeñar un plan, estudié las alternativas, pros y contras de cada opción; una vez establecida la línea de acción estudié la mejor forma de ejecutarla. Es sorprendente lo útil que puede ser Google y ChatGPT para preparar un asesinato. Me decidí por el matarratas, uno con sabor afrutado me pareció el más idóneo para mezclarlo con el yogur líquido.

Al fin y al cabo –sigo pensando–, yo no empleé la violencia, no la forcé a nada; tan sólo mezclé el matarratas, en la dosis adecuada, con el yogur y fue ella la que libremente lo ingirió, cuando no debía haberlo hecho. Una mala acción que tuvo su castigo. Después de varios días de repetir el proceso, un día ya no vino. Nadie preguntó, nadie me dijo nada. Tuve que contratar otra asistenta; la que tengo ahora no limpia bien, también me sisa y de vez en cuando se bebe una cerveza…

En vista del éxito obtenido en esa primera operación, mi cabeza me animaba a buscar otro objetivo, un nuevo reto, otro problema a plantear y resolver. Como ya he dicho, creo que va por libre, divaga, y no puedo –tal vez es que realmente no quiero– someterla al estrecho margen de actuación que está socialmente admitido. Los recuerdos de los casos posteriores se difuminan un poco en mi memoria, tendría que hacer un esfuerzo mental para ponerlos en orden y no tengo ganas, en este momento, de hacerlo.

Lo cierto es que hasta la fecha no he tenido problemas con nadie a cuenta de mí…, yo lo definiría como hobby. No dejo rastros, estudio cada caso minuciosamente y actuó con precisión. ¿Quién va a sospechar de ese señor mayor, educado, amable, circunspecto, con el que se cruza todos los días en la panadería o el supermercado? Y en el caso de que alguna vez me descubran, dudo que me puedan encarcelar por mucho tiempo, dada mi edad. Además, soy lo suficientemente inteligente para darme cuenta de que estoy loco. Si es necesario, encontraré un psiquiatra que diagnostique mi enfermedad, lo que seguramente me garantizará la impunidad.

Sí que recuerdo perfectamente mi último caso, del que estoy particularmente orgulloso. Era un joven, vecino del portal, buen mozo, atlético, simpático y educado; siempre me saludaba alegremente y me cedía el paso, yo se lo agradecía cordialmente. Era todo lo que yo no soy ni he sido nunca. Tenía una moto y, los fines de semana, le gustaba salir a la carretera en ella, habitualmente acompañado por su novia, una guapa muchacha. Tuve que aprender mecánica; en esta ocasión YouTube me resultó muy útil. Después, no fue complicado manipular los frenos durante la noche, en el garaje. No hay cámaras. Nadie baja a esas horas. La prensa local dio la noticia: exceso de velocidad, un problema mecánico, el joven que viajaba sólo muerto. Me sentí aliviado al saber que no iba con su novia ¡no soy un monstruo! De nuevo, una mala acción castigada: no se debe sobrepasar el límite de velocidad, es peligroso.

Y, ahora, estoy preparando mi próximo acto. Mi cabeza dice que debo ampliar el radio de acción, no limitarme a los que tengo próximos, sino extenderlo, que pueda ser cualquiera, incluso un desconocido. Habrá que buscar alguien más. Puede ser cualquiera que se cruce con un amable y considerado jubilado en la calle o en el autobús, en la panadería o en el centro comercial, en el cine o en el museo… Un accidente, una intoxicación alimentaria o una equivocación con las medicinas es algo que le puede suceder a cualquiera.

© Francisco Javier Aguirre Azaña



3 de octubre de 2025

Sorpresa en la Catedral de Tarazona.

Cuando hace unos días tuve la ocasión de visitar la Catedral de Tarazona (Zaragoza) me llevé una gran sorpresa. Allá por el año 2021 publiqué un libro titulado Tratado sobre sibilas y en aquel momento fui incapaz de encontrar iconografía sibilina en Aragón, ya sea en edificios religiosos o civiles. Las sibilas más próximas se encuentran en la sacristía de la Catedral de Calahorra (La Rioja). Y, hete aquí que Tarazona cuenta con un grupo de sibilas pintado en la bóveda de la capilla mayor de su catedral.

La Catedral de Tarazona estuvo cerrada durante tres décadas debido a los graves problemas estructurales que presentaba. Después de varios años de restauración fue abierta al público en abril de 2011 y hoy es conocida como la Capilla Sixtina del Renacimiento Aragonés, por su decoración mural renacentista inspirada en la Capilla Sixtina del Vaticano pintada por Miguel Ángel.

Alonso González la renovó a mediados del siglo XVI, adoptando la estética renacentista y pintando profetas, patriarcas y otros personajes del Antiguo Testamento, y también sibilas paganas. Están Adán y Eva, el arcángel Rafael y Tobías, Baco, David y Hércules, Apolo y Venus, Dido y Eneas... No hay ninguna otra catedral que tenga representadas figuras humanas con una desnudez tan elocuente. El artista realizó las imágenes del cimborrio entre 1546 y 1549 y las de las bóvedas de la capilla mayor, entre 1562 y 1563. En la bóveda de la capilla mayor, situada sobre el lugar destinado a la celebración diaria de la eucaristía, hay un total de 25 espacios. Los 16 espacios entre las diagonales y los terceletes se rellenaron con figuras de sibilas, profetisas y adivinadoras del mundo clásico asociadas al anuncio a los paganos de la venida del Salvador.

Bóveda de la capilla mayor con sibilas. Catedral de Tarazona.

También es sorprendente como han llegado hasta nuestros días. El Concilio de Trento que, con interrupciones, se celebró entre 1545 y 1563 aprobó un Decreto sobre las imágenes, en el que se establecían las características que debían tener las imágenes y la función que debían cumplir. Las sibilas de hermosos pechos desnudos que había pintado Alonso González estaban absolutamente fuera de lugar y en toda Europa cayeron súbitamente en desuso y se acabaron prohibiendo. En 1547 había sido nombrado obispo de Tarazona Juan González de Munébrega, hombre cultísimo y con otros cargos en la Iglesia, quien intentó aplicar las disposiciones de Trento, pero sobre todo se empeñó en el sometimiento de los canónigos a su autoridad. Se enfrentó totalmente con el Cabildo (acabó excomulgando a varios de sus miembros) y, mientras se libraba esa batalla, las pinturas siguieron allá arriba. No fue hasta el siglo XIX cuando, por razones meramente estéticas, se renovó la catedral y se cubrió buena parte de las pinturas, ocultándolas con enlucidos. Descubiertas en 2004, fueron recuperadas y son las que podemos ver ahora.

Sibilas.

Naturalmente, este descubrimiento me ha obligado a actualizar el Tratado sobre sibilas, para incluir las de la Catedral de Tarazona, y aprovechando esta circunstancia, la edición actualizada también recoge nuevos detalles y fotografías de las catedrales de Pisa (Italia), Ulm (Alemania), Zamora, Auch (Francia), Salamanca, Murcia, Calahorra (La Rioja) e Iglesia de Santa María sopra Minerva (Roma) y Sacra Capilla El Salvador de Úbeda (Jaén). El libro ya está disponible en Amazon.







          Tratado sobre sibilas