Acabo de asistir al funeral de un amigo, editor y escritor, poeta; sus hijas han recordado sus vivencias infantiles con él y lo han llorado; todos han destacado su bonhomía. Ha sido una ceremonia conmovedora, con música de piano, canciones de un reducido coro y lectura de poemas.
Y yo, desde mi soledad de última fila, con varios años de jubilación a la espalda… o mejor dicho, mi cabeza… ha comenzado a pensar por sí sola. Es algo que sucede últimamente, cada vez con mayor frecuencia. No soy capaz de embridar mi raciocinio y someterlo al cauce de los patrones generalmente aceptados y considerados normales por la sociedad.
Y mi mente pedía explicaciones a… ¿quién?, ¿a un Ser Supremo?, de por qué no me concedió ningún don. Porque yo no soy capaz de tocar un instrumento musical –ni siquiera el más sencillo–, cantar una canción o pintar un cuadro. No tengo el más mínimo sentido de la melodía o el ritmo, ni oído musical, incluso los idiomas se me dan mal; soy incapaz de conjugar los colores o hacer un trazo grácil con el lápiz. Incluso las plantas que cuido con mis manos languidecen y se mueren. Tampoco mi cuerpo, siquiera cuando era joven, destacaba en la práctica deportiva o atlética. Sí que, al parecer, mi cabeza es buena para el razonamiento matemático y científico, pero ¿de qué me ha servido? He desperdiciado mi tiempo en aprender tantas cosas inútiles, al menos para mí, que no he sido capaz de producir nada original. Las lagunas de memoria me impiden aportar los datos que aprendí cuando quiero utilizarlos en las discusiones que, por supuesto, quiero ganar desarmando –y, a poder ser, ridiculizando– los argumentos contrarios de mis interlocutores.
Y, tomando el relevo a esa mente que pide explicaciones a un Dios –a todas luces imperfecto o, al menos, descuidado con sus obras–, mientras camino abandonando el cementerio, yo continuó pensando que en mi funeral no habrá música ni poemas, nadie los asociará a mi persona. Mis hijos no recordarán a un padre afable y cercano, porque no lo fui. Mis amigos asistirán y me recordarán ese día, pero me olvidarán rápidamente porque nunca he sido simpático o gracioso, más bien anodino e insustancial. No habrá viuda, porque mi mujer, la única persona en esta vida que se aproximó a mí, me abandonó después de cuarenta años de matrimonio; siempre me he preguntado porque tardó tanto en darse cuenta de que no merecía la pena desperdiciar un tiempo inmisericordemente menguante con alguien que la hacía infeliz.
Y sé que es tarde para cambiar. Pero, en realidad, no quiero cambiar. He sido capaz de superar mis limitaciones físicas y mentales, y he desarrollado una carrera profesional que muchos considerarían exitosa. Sin embargo, ya nadie se acuerda, no hay reconocimiento ni agradecimiento por los servicios prestados, sólo olvido e indiferencia.
Recuerdo que mi primera víctima fue mi asistenta. Era una mujer laboriosa, venía de no recuerdo que país y quería trabajar, cuanto más mejor, para ganar dinero y sacar adelante a su familia. Era eficiente y yo, de vez en cuando, la recompensaba con alguna gratificación extraordinaria; además, no quería que se fuera con alguien que le pagase más. Cuando sisaba alguna moneda de las que yo siempre dejo en el mueble de la entrada, yo me hacía el tonto, no me importaba. Pero había un detalle que no soportaba: se bebía mi yogur líquido; después de hacer la limpieza y ordenar la cocina, abría la puerta del frigorífico y se echaba un trago rápido, ávido, largo, de la botella blanca que nunca faltaba, pero cuyo contenido disminuía a un ritmo más rápido del que yo tenía establecido como adecuado, porque una botella tiene que durar tres días exactos.
Así es que comencé a pergeñar un plan, estudié las alternativas, pros y contras de cada opción; una vez establecida la línea de acción estudié la mejor forma de ejecutarla. Es sorprendente lo útil que puede ser Google y ChatGPT para preparar un asesinato. Me decidí por el matarratas, uno con sabor afrutado me pareció el más idóneo para mezclarlo con el yogur líquido.
En vista del éxito obtenido en esa primera operación, mi cabeza me animaba a buscar otro objetivo, un nuevo reto, otro problema a plantear y resolver. Como ya he dicho, creo que va por libre, divaga, y no puedo –tal vez es que realmente no quiero– someterla al estrecho margen de actuación que está socialmente admitido. Los recuerdos de los casos posteriores se difuminan un poco en mi memoria, tendría que hacer un esfuerzo mental para ponerlos en orden y no tengo ganas, en este momento, de hacerlo.
Sí que recuerdo perfectamente mi último caso, del que estoy particularmente orgulloso. Era un joven, vecino del portal, buen mozo, atlético, simpático y educado; siempre me saludaba alegremente y me cedía el paso, yo se lo agradecía cordialmente. Era todo lo que yo no soy ni he sido nunca. Tenía una moto y, los fines de semana, le gustaba salir a la carretera en ella, habitualmente acompañado por su novia, una guapa muchacha. Tuve que aprender mecánica; en esta ocasión YouTube me resultó muy útil. Después, no fue complicado manipular los frenos durante la noche, en el garaje. No hay cámaras. Nadie baja a esas horas. La prensa local dio la noticia: exceso de velocidad, un problema mecánico, el joven que viajaba sólo muerto. Me sentí aliviado al saber que no iba con su novia ¡no soy un monstruo! De nuevo, una mala acción castigada: no se debe sobrepasar el límite de velocidad, es peligroso.
© Francisco Javier Aguirre Azaña

No hay comentarios:
Publicar un comentario