13 de enero de 2026

Insumisión lingüística.

 
Leyendo el diario El Mundo del día 12 de enero de 2026, me encuentro con un artículo de opinión de Arturo Pérez-Reverte sobre la Real Academia Española (RAE) en el que dice que la RAE ya ni limpia, ni fija, ni da esplendor. No puedo estar más de acuerdo; también cuando dice: «Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales».

Hace algún tiempo que en mi cabeza da vueltas la idea de poner, negro sobre blanco, en papel, mis pensamientos sobre el uso torticero de la lengua española al que asistimos de un tiempo a esta parte, y ese artículo ha sido el detonante para ello.

Claro que yo no soy un escritor, no ya reconocido como el por muchos años académico de la lengua Pérez-Reverte, sino siquiera conocido –este artículo no será leído por más allá de varias docenas de lectores, a los que agradezco esos minutos de su tiempo que me dedican–. La editorial Planeta jamás me llamará para decirme que el próximo año me corresponde el premio que patrocina, que escriba algo acorde con los tiempos que vivimos y ellos se encargarán del resto. Pero somos muchos, miles o, tal vez, cientos de miles, las personas que nos gusta escribir, simplemente como prurito personal. Y, a los que afecta la situación descrita en el artículo y sus consecuencias, que –adelanto–, en mi opinión, mediatizan nuestra libertad de expresión.

Por ello, no me siento obligado a exponer aquí razones sesudas y experimentadas como las de don Arturo. Las mías son más de andar por casa, más de “soldado de trinchera”, usando una expresión que creo que él aprobaría.

Una de las cosas que más me enerva es el uso de anglicismos, la sustitución de palabras españolas por inglesas, cuando normalmente se pueden encontrar varias palabras en español por cada una inglesa. Observo, con sorpresa, como va en aumento esa atracción por utilizar nombres y expresiones foráneas, esa fascinación esnob por lo extranjero y desprecio de lo propio, propia del paleto ignorante que quiere disimular su cortedad y simplicidad.

También, la politización del lenguaje promovida por «quienes desde el interés partidista intentan contaminar la lengua o adaptarla a sus intereses» y aceptada mansamente por una mayoría que no quiere verse tildada con alguna de esas etiquetas como facha, reaccionario o negacionista, que convierten a quien la recibe en un moderno apestado, alguien a quien hay que apartar de la sociedad y cuya opinión no cuenta, un paria. El lenguaje inclusivo es el ejemplo paradigmático de lo dicho anteriormente. El galimatías verbal y escrito, las inconsistencias e incoherencias en las que incurren los adeptos a la corrección política serían cómicas si no fuera porque el fondo del asunto tiene muy poca gracia: una auténtica dictadura lingüística.

Igualmente grave me parece que nos hayan privado de nombres españoles como: Gerona, La Coruña, Lérida… ¿Por qué un catalán puede decir Saragossa y un aragonés no puede decir Lérida? Digo españoles y no castellanos porque los andaluces, aragoneses, extremeños, castellanos nuevos y etc. hablamos español, no castellano. La historia ya viene de atrás, el primer gol nos lo colaron con la propia Constitución, donde no se reconoce el español como el idioma de España; algo realmente curioso. También cambiable.

Hemos caído en muchas trampas: el lenguaje no sólo expresa sino que conforma el pensamiento. ¿Por qué las izquierdas son progresistas y las derechas conservadoras/reaccionarias? ¿Por qué el machismo –supremacía del hombre– es malo y el feminismo –supremacía de la mujer– es bueno? ¿No habría que hablar de igualitarismo: el hombre y la mujer en igualdad de derechos y obligaciones? Seguro que el lector avispado encontrará otros ejemplos.

En la misma línea, aunque en un contexto diferente, tengo que mencionar la ley de memoria histórica. Una ley memorizida –en el sentido de que pretende liquidar lo que dice proteger– que intenta imponer un relato sectario de la guerra civil española, que sabemos es falso, distorsionando unos hechos, ocultando otros, y todo bajo el velo ideológico de algunos partidos políticos que contribuyeron con ahínco a que la guerra se iniciase y cometieron algunos de los desmanes que se silencian y, además, de la mano de un partido filo-terrorista. Para los que tratamos el tema –desde el punto de vista de la historia militar, en mi caso– con una perspectiva objetiva y neutral, de investigación de los hechos acaecidos y búsqueda de las causas por las que tuvieron lugar, el resultado es que –de nuevo– la corrección política de editoriales y publicaciones silencia a algunos y potencia a otros, quienes, muchas veces, su mayor mérito es el de seguir la tendencia dominante.

Volviendo al artículo anterior, antes de acabar querría citar también una sentencia que pienso que describe correctamente la situación actual: «una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas»; como ejemplo: el uso opcional de tildes y mayúsculas.

No puedo dejar de mencionar mi experiencia con la correctora ortotipográfica de uno de mis libros, en el que yo mencionaba un nombre toponímico de la provincia de Teruel: el Alto de Celadas, y que ella insistía en que según las normas actuales de la RAE sería el alto de Celadas, porque un alto (punto elevado del terreno) es genérico y sólo Celadas es nombre propio. En fin… aquello me llevó a declararme insumiso lingüístico.

Y, creo, por todo lo dicho anteriormente, que esa puede ser una respuesta adecuada: reivindicar la legitimidad, levantar la bandera de la insumisión lingüística, ante una situación de hechos consumados a la que nos han llevado sibilinamente, o a la que nos hemos dejado conducir por desidia e inacción. Oposición lingüística, pacífica pero tenaz y continuada, a las imposiciones de un poder que busca perpetuarse en el mismo utilizando todas las herramientas a su alcance, incluida la manipulación del lenguaje.


Zaragoza, 13 enero 2026.

Francisco Javier Aguirre Azaña.


3 de enero de 2026

Nueva edición: La Campaña de Teruel (diciembre 1937-febrero1938). La historia completa.




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© Francisco Javier Aguirre Azaña. 
Tercera edición, Enero 2026.




La segunda edición (año 2025) ampliaba y corrigia a la primera (año 2024), modificando parcialmente algunos textos y mapas correspondientes al Asalto de Singra y la Batalla del Alfambra y las cifras correspondientes a piezas de artillería ‒incluyendo artillería antiaérea y contra-carro‒ y aviones a disposición ­de los dos bandos, recogidas en el Anexo 2 y el Anexo 3, respectivamente.

En esta tercera edición (año 2026) se continúa el proceso de ampliar y corregir las ediciones anteriores con nueva información obtenida por el autor. En particular, se actualiza texto y mapas correspondientes al Asalto de Singra y se revisa el Anexo 2 en lo relativo a cuantías en piezas de artillería en ambos bandos y características de algunas de ellas; pudiéndose afirmar, que a pesar de la imposibilidad de ofrecer números exactos ­‒dadas las múltiples divergencias existentes entre las numerosas fuentes consultadas‒, la información ahora presentada es rigurosa y fiel en un porcentaje extremadamente alto y cercano al cien por ciento.


1 de enero de 2026

Año nuevo, misma realidad: La luz de los tiempos.

Un día, casualmente, entré en la página web de la Fundación Extended Arms, presa del aburrimiento más que de la curiosidad. Me llamó la atención porque la página presentaba una estética muy cuidada y atrayente –al menos para mí– y ofrecía una mezcla de contenidos curiosos: historia, filosofía, literatura, cultura y viajes… Cómo es habitual, había que introducir el correo electrónico para acceder a algunos de ellos. No suelo hacerlo, pero, a veces, no hay más remedio si te interesa continuar leyendo. Siempre está la opción de bloquear los correos electrónicos no queridos.

Después, me he preguntado si me topé con esa página realmente por casualidad, si no me estaba esperando, ofreciéndose repetidamente en las búsquedas de Google, buscando el momento apropiado de aparecer y captar mi atención, que aquel día era difusa e indeterminada.

A los pocos días, recibí un correo informando de que la Fundación impartía una conferencia de presentación en la sala de un hotel de mi ciudad y estaba invitado a asistir. No tenía nada mejor que hacer, así es que allí fui. Pocos concurrentes, mujeres y hombres desenvueltos, cada uno peculiar en sus gestos y en su forma de vestir, nada estridente o llamativo, aunque. –decididamente– distinto, fuera de lo ordinario. Pero, todos compartían un aire común, un espíritu de pertenencia a una clase exclusiva, de la que yo no formaba parte. En algunos momentos sentí la sensación de estar asistiendo a una representación teatral. 

Quién me cautivó fue el conferenciante, una de esas personas que te hacen sentir bien. Aún recuerdo la primera impresión que me causó cuando le conocí: maduro de edad indeterminada y aspecto juvenil. Estatura media, ni alto ni bajo, y complexión atlética, algo ensanchada por mor de la edad. Cabello, moreno pero ya con tintes grisáceos, y algún rizo rebelde. Camisa y corbata combinadas con gusto y chaqueta casual. Su carácter: extrovertido y dicharachero con todos, pero que en el trato personal te hacía sentir único en su estima; alguien con quien era fácil establecer un vínculo personal. Su conferencia fue amena y estimulante, pero no recuerdo que su contenido fuese sustancial.

Cuando, antes de abandonar el local, me acerqué para saludarle y agradecerle la invitación, me vi envuelto en la conversación que mantenía con dos o tres de los asistentes. No sé cómo, él –Lucio– y yo acabamos, pocos minutos después, tomando un café en la cafetería del hotel, hablando del mundo y sus moradores. Me preguntó a que me dedicaba y le conté que me encontraba un poco a la deriva, con más vida por detrás que por delante, sin objetivos, matando el tiempo con un curso de escritura narrativa. Y entonces, sin ser consciente de cómo se produjo la transición en la conversación, me encontré escuchando una propuesta fantástica. Debería haberme levantado e irme, pero no lo hice. Me atraen demasiado las excentricidades.

La Fundación trabaja con personas como yo, con formación y experiencia, y también un potencial creativo que la sociedad perdería si no es encauzado adecuadamente. Mantiene una red de personas que se ayudan unas a otras y se ocupan de reforzarla. En mi caso, cercano a la jubilación, habría que prolongar la vida laboral. No es problema, me pueden proporcionar un carnet de identidad con diez años menos, no es una falsificación, se trata de alterar –“corregir” fue la palabra empleada– el registro civil y, a partir de ahí, todos los documentos personales. Mis títulos universitarios, licenciatura y masters, tampoco parecen el currículo más conveniente para un escritor, porque lo mejor es que sea escritor, un escritor reconocido, conferenciante, profesor…; se pueden encontrar universidades de prestigio que realicen convalidaciones exprés y, de esta manera, pueda mostrar un currículo más coherente con mi actividad futura. Igualmente, las editoras de renombre publicarán mis textos –hay escritores mucho más mediocres que obtienen premios importantes y son considerados el no va más de la cultura, simplemente porque alguien decide publicar y publicitar su obra–, las universidades, las academias, las asociaciones de relumbrón  me llamarán para que imparta conferencias, cursos… Los miembros de la red pueden hacer eso y mucho más. A cambio, yo pasaré a formar parte de esa red, colaboraré con la Fundación, apoyaré a sus miembros.

Como le sucede a todo el mundo, me encanta que halaguen mi vanidad. La adulación es la mejor forma de obtener mi simpatía. Así es que acepté.

Todo ha sido como dijo Lucio. Comencé a vivir una nueva vida: mis libros publicados por una editorial importante, traducidos a varios idiomas, vendidos por millones, premios nacionales e internacionales, conferencias, entrevistas de prensa, radio y televisión, casas en distintas ciudades europeas y americanas, boda con una artista famosa… Y tan sólo, de vez en cuando, a requerimiento de Lucio, tuve que prestar algún favor a otras personas también relevantes socialmente –alguien con una ética más crítica y coherente que la mía se habría sonrojado en ocasiones–. Él seguía ayudándome, cuando mi imaginación como escritor se agotaba, me proporcionaba nuevos textos con los que seguir escribiendo y publicando, impulsaba mi carrera cuando esta parecía amainar.

Alcancé el hastío. Me convertí en una cascara hueca. He llegado a la conclusión de que yo no soy yo, soy la Galatea de Pigmalión, un mero plagio de la auténtica Afrodita; el amoral Dorian Grey que ocultaba su retrato vil e indigno, representación de su alma auténtica; el Fausto de Goethe. Lucio es mi Mefistófeles.

Los años han pasado y el aspecto de Lucio no cambia, jovial y vital como el día que le conocí. En una ocasión le pregunté de donde venía su nombre. No me habló de sus padres, simplemente me dijo que es un nombre latino, proveniente de la palabra “lux”; es “el que trae la luz”. Le dije: “También Lucifer es el portador de la luz”. Me lanzó una mirada acerada, una media sonrisa sardónica, maquiavélica; sus ojos chispotearon gélidos durante un segundo, pero rápidamente cambió el tema de conversación.

Y, ahora, Lucio –mi Lucifer– me dice que no hay vuelta atrás, el pacto que hicimos no se puede romper, a no ser que quiera caer a lo más bajo en la consideración social que tanto me preocupa, convertirme en alguien despreciable cuando se conozcan las falsedades de las que me valí, los plagios en mis obras, mi ruindad. Además, me ha asignado un nuevo cometido. Se acercan elecciones nacionales y europeas. Tengo que utilizar mi prestigio para apoyar activamente a aquellos que abogan por una nueva sociedad, igualitarista y uniformizante, sin libertades individuales, desestructurada, con recursos menguantes, sin apego a sus tradiciones y valores seculares, tutelada por una élite plutocrática, de la que, por supuesto, formaremos parte sus promotores. Otros lo hacen. ¿Seré capaz de cumplir mi parte?


© Francisco Javier Aguirre Azaña