Hace algún tiempo que en mi cabeza da vueltas la idea de poner, negro sobre blanco, en papel, mis pensamientos sobre el uso torticero de la lengua española al que asistimos de un tiempo a esta parte, y ese artículo ha sido el detonante para ello.
Claro que yo no soy un escritor, no ya reconocido como el por muchos años académico de la lengua Pérez-Reverte, sino siquiera conocido –este artículo no será leído por más allá de varias docenas de lectores, a los que agradezco esos minutos de su tiempo que me dedican–. La editorial Planeta jamás me llamará para decirme que el próximo año me corresponde el premio que patrocina, que escriba algo acorde con los tiempos que vivimos y ellos se encargarán del resto. Pero somos muchos, miles o, tal vez, cientos de miles, las personas que nos gusta escribir, simplemente como prurito personal. Y, a los que afecta la situación descrita en el artículo y sus consecuencias, que –adelanto–, en mi opinión, mediatizan nuestra libertad de expresión.
Por ello, no me siento obligado a exponer aquí razones sesudas y experimentadas como las de don Arturo. Las mías son más de andar por casa, más de “soldado de trinchera”, usando una expresión que creo que él aprobaría.
También, la politización del lenguaje promovida por «quienes desde el interés partidista intentan contaminar la lengua o adaptarla a sus intereses» y aceptada mansamente por una mayoría que no quiere verse tildada con alguna de esas etiquetas como facha, reaccionario o negacionista, que convierten a quien la recibe en un moderno apestado, alguien a quien hay que apartar de la sociedad y cuya opinión no cuenta, un paria. El lenguaje inclusivo es el ejemplo paradigmático de lo dicho anteriormente. El galimatías verbal y escrito, las inconsistencias e incoherencias en las que incurren los adeptos a la corrección política serían cómicas si no fuera porque el fondo del asunto tiene muy poca gracia: una auténtica dictadura lingüística.
Igualmente grave me parece que nos hayan privado de nombres españoles como: Gerona, La Coruña, Lérida… ¿Por qué un catalán puede decir Saragossa y un aragonés no puede decir Lérida? Digo españoles y no castellanos porque los andaluces, aragoneses, extremeños, castellanos nuevos y etc. hablamos español, no castellano. La historia ya viene de atrás, el primer gol nos lo colaron con la propia Constitución, donde no se reconoce el español como el idioma de España; algo realmente curioso. También cambiable.
Hemos caído en muchas trampas: el lenguaje no sólo expresa sino que conforma el pensamiento. ¿Por qué las izquierdas son progresistas y las derechas conservadoras/reaccionarias? ¿Por qué el machismo –supremacía del hombre– es malo y el feminismo –supremacía de la mujer– es bueno? ¿No habría que hablar de igualitarismo: el hombre y la mujer en igualdad de derechos y obligaciones? Seguro que el lector avispado encontrará otros ejemplos.
Volviendo al artículo anterior, antes de acabar querría citar también una sentencia que pienso que describe correctamente la situación actual: «una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas»; como ejemplo: el uso opcional de tildes y mayúsculas.
No puedo dejar de mencionar mi experiencia con la correctora ortotipográfica de uno de mis libros, en el que yo mencionaba un nombre toponímico de la provincia de Teruel: el Alto de Celadas, y que ella insistía en que según las normas actuales de la RAE sería el alto de Celadas, porque un alto (punto elevado del terreno) es genérico y sólo Celadas es nombre propio. En fin… aquello me llevó a declararme insumiso lingüístico.
Francisco Javier Aguirre Azaña.

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