1 de enero de 2026

Año nuevo, misma realidad: La luz de los tiempos.

Un día, casualmente, entré en la página web de la Fundación Extended Arms, presa del aburrimiento más que de la curiosidad. Me llamó la atención porque la página presentaba una estética muy cuidada y atrayente –al menos para mí– y ofrecía una mezcla de contenidos curiosos: historia, filosofía, literatura, cultura y viajes… Cómo es habitual, había que introducir el correo electrónico para acceder a algunos de ellos. No suelo hacerlo, pero, a veces, no hay más remedio si te interesa continuar leyendo. Siempre está la opción de bloquear los correos electrónicos no queridos.

Después, me he preguntado si me topé con esa página realmente por casualidad, si no me estaba esperando, ofreciéndose repetidamente en las búsquedas de Google, buscando el momento apropiado de aparecer y captar mi atención, que aquel día era difusa e indeterminada.

A los pocos días, recibí un correo informando de que la Fundación impartía una conferencia de presentación en la sala de un hotel de mi ciudad y estaba invitado a asistir. No tenía nada mejor que hacer, así es que allí fui. Pocos concurrentes, mujeres y hombres desenvueltos, cada uno peculiar en sus gestos y en su forma de vestir, nada estridente o llamativo, aunque. –decididamente– distinto, fuera de lo ordinario. Pero, todos compartían un aire común, un espíritu de pertenencia a una clase exclusiva, de la que yo no formaba parte. En algunos momentos sentí la sensación de estar asistiendo a una representación teatral. 

Quién me cautivó fue el conferenciante, una de esas personas que te hacen sentir bien. Aún recuerdo la primera impresión que me causó cuando le conocí: maduro de edad indeterminada y aspecto juvenil. Estatura media, ni alto ni bajo, y complexión atlética, algo ensanchada por mor de la edad. Cabello, moreno pero ya con tintes grisáceos, y algún rizo rebelde. Camisa y corbata combinadas con gusto y chaqueta casual. Su carácter: extrovertido y dicharachero con todos, pero que en el trato personal te hacía sentir único en su estima; alguien con quien era fácil establecer un vínculo personal. Su conferencia fue amena y estimulante, pero no recuerdo que su contenido fuese sustancial.

Cuando, antes de abandonar el local, me acerqué para saludarle y agradecerle la invitación, me vi envuelto en la conversación que mantenía con dos o tres de los asistentes. No sé cómo, él –Lucio– y yo acabamos, pocos minutos después, tomando un café en la cafetería del hotel, hablando del mundo y sus moradores. Me preguntó a que me dedicaba y le conté que me encontraba un poco a la deriva, con más vida por detrás que por delante, sin objetivos, matando el tiempo con un curso de escritura narrativa. Y entonces, sin ser consciente de cómo se produjo la transición en la conversación, me encontré escuchando una propuesta fantástica. Debería haberme levantado e irme, pero no lo hice. Me atraen demasiado las excentricidades.

La Fundación trabaja con personas como yo, con formación y experiencia, y también un potencial creativo que la sociedad perdería si no es encauzado adecuadamente. Mantiene una red de personas que se ayudan unas a otras y se ocupan de reforzarla. En mi caso, cercano a la jubilación, habría que prolongar la vida laboral. No es problema, me pueden proporcionar un carnet de identidad con diez años menos, no es una falsificación, se trata de alterar –“corregir” fue la palabra empleada– el registro civil y, a partir de ahí, todos los documentos personales. Mis títulos universitarios, licenciatura y masters, tampoco parecen el currículo más conveniente para un escritor, porque lo mejor es que sea escritor, un escritor reconocido, conferenciante, profesor…; se pueden encontrar universidades de prestigio que realicen convalidaciones exprés y, de esta manera, pueda mostrar un currículo más coherente con mi actividad futura. Igualmente, las editoras de renombre publicarán mis textos –hay escritores mucho más mediocres que obtienen premios importantes y son considerados el no va más de la cultura, simplemente porque alguien decide publicar y publicitar su obra–, las universidades, las academias, las asociaciones de relumbrón  me llamarán para que imparta conferencias, cursos… Los miembros de la red pueden hacer eso y mucho más. A cambio, yo pasaré a formar parte de esa red, colaboraré con la Fundación, apoyaré a sus miembros.

Como le sucede a todo el mundo, me encanta que halaguen mi vanidad. La adulación es la mejor forma de obtener mi simpatía. Así es que acepté.

Todo ha sido como dijo Lucio. Comencé a vivir una nueva vida: mis libros publicados por una editorial importante, traducidos a varios idiomas, vendidos por millones, premios nacionales e internacionales, conferencias, entrevistas de prensa, radio y televisión, casas en distintas ciudades europeas y americanas, boda con una artista famosa… Y tan sólo, de vez en cuando, a requerimiento de Lucio, tuve que prestar algún favor a otras personas también relevantes socialmente –alguien con una ética más crítica y coherente que la mía se habría sonrojado en ocasiones–. Él seguía ayudándome, cuando mi imaginación como escritor se agotaba, me proporcionaba nuevos textos con los que seguir escribiendo y publicando, impulsaba mi carrera cuando esta parecía amainar.

Alcancé el hastío. Me convertí en una cascara hueca. He llegado a la conclusión de que yo no soy yo, soy la Galatea de Pigmalión, un mero plagio de la auténtica Afrodita; el amoral Dorian Grey que ocultaba su retrato vil e indigno, representación de su alma auténtica; el Fausto de Goethe. Lucio es mi Mefistófeles.

Los años han pasado y el aspecto de Lucio no cambia, jovial y vital como el día que le conocí. En una ocasión le pregunté de donde venía su nombre. No me habló de sus padres, simplemente me dijo que es un nombre latino, proveniente de la palabra “lux”; es “el que trae la luz”. Le dije: “También Lucifer es el portador de la luz”. Me lanzó una mirada acerada, una media sonrisa sardónica, maquiavélica; sus ojos chispotearon gélidos durante un segundo, pero rápidamente cambió el tema de conversación.

Y, ahora, Lucio –mi Lucifer– me dice que no hay vuelta atrás, el pacto que hicimos no se puede romper, a no ser que quiera caer a lo más bajo en la consideración social que tanto me preocupa, convertirme en alguien despreciable cuando se conozcan las falsedades de las que me valí, los plagios en mis obras, mi ruindad. Además, me ha asignado un nuevo cometido. Se acercan elecciones nacionales y europeas. Tengo que utilizar mi prestigio para apoyar activamente a aquellos que abogan por una nueva sociedad, igualitarista y uniformizante, sin libertades individuales, desestructurada, con recursos menguantes, sin apego a sus tradiciones y valores seculares, tutelada por una élite plutocrática, de la que, por supuesto, formaremos parte sus promotores. Otros lo hacen. ¿Seré capaz de cumplir mi parte?


© Francisco Javier Aguirre Azaña

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