7 de julio de 2026

Crème brûlée en Sarrance.

Este año (junio 2026) he vuelto al Camino de Santiago, aunque con algunas variaciones con respecto a salidas anteriores, que hacía en solitario y por España. Esta vez ha sido con la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Zaragoza y por el Chemin de Saint Jacques francés (Vía de Arlés), los últimos ciento treinta kilómetros que desembocan en el puerto de Somport, entrada al Camino Aragonés. Mi ingreso en la Asociación es reciente y sólo había caminado con ellos una jornada antes de esta salida.

Era un grupo de hombres y mujeres no muy numeroso; cohesionado, puesto que la gran mayoría de sus componentes ya habían salido juntos en numerosas ocasiones anteriores, compartían su afición por el Camino, así como años de pertenencia a la Asociación y, por tanto, se conocían bien unos a otros. Pero, también heterogéneo. Algunos se limitaban a caminar pequeñas distancias -no más de diez kilómetros al día- y después visitaban los pueblos del Camino, sus iglesias y edificios históricos, ligados al peregrinaje jacobeo; otros procuraban completar las etapas marcadas, aunque recortando las más largas o penosas. El autobús de apoyo con el que contábamos, lo permitía.

Nos alojamos en un pequeño hotel de carretera en Lons, en las afueras de Pau; sencillo, aunque funcional y que cubría sobradamente las necesidades de un peregrino jacobeo. A partir de ahí, nos desplazábamos con el autobús cada día al punto de partida de la andada. Las cenas, en restaurantes cercanos, nos permitieron degustar no sólo la cocina francesa, sino también la italiana y la portuguesa, que fue la más apreciada y se hizo merecedora de cuatro repeticiones.

Hay que señalar que yo era uno de los más jóvenes y que, en realidad, sólo dos personas completamos el recorrido. Mi compañera peregrina era incansable, siempre quería seguir un poco más; inasequible al desaliento, incluso bajo un sol ardiente y con una temperatura de casi cuarenta grados centígrados. Cuando yo desfallecía, ella mantenía el paso y yo la seguía. Sin su tenacidad yo no habría encontrado la motivación necesaria para completar el recorrido y, seguramente, habría sucumbido a la flexibilidad indulgente del resto de compañeros.

Cada uno de los diecisiete miembros de la expedición teníamos nuestras peculiaridades, nuestra propia mochila de experiencias y circunstancias personales diversas, pero la armonía y el respeto mutuo fueron la tónica durante esos siete días. Uno de ellos destacaba por su apariencia; parecía un personaje de Valle Inclán con su aspecto un tanto estrafalario: barba de legionario, ya cana, y permanente sombrero sobre un pelo, ambos también de color blanco, el sombrero adornado con diversos aditamentos entre los que destaca una pluma multicolor; tres cordones al cuello: una cruz de Santiago de madera, una figura tallada en un gran hueso de aguacate y otra figura chinesca esculpida en hueso, todo ello artesanalmente fabricado por él mismo, al igual que el bastón o gayata que porta permanentemente, para aliviar su cojera -él recorre el Camino en el autobús y se encarga de ir sellando en los distintos lugares las credenciales de peregrino del resto-; para completar esta descripción hay que mencionar los vistosos anillos metálicos que lleva en cada uno de los dedos de sus manos y decir que en contraposición con esa imagen extravagante, sus ideas eran muy claras.

Las caminatas -seis- fueron duras, no ya por el terreno -puro Pirineos en las últimas etapas- sino, principalmente, por el calor asfixiante provocado por una ola de calor extraordinaria que nos abrasó los primeros días. El penúltimo también tuvimos ocasión de mojarnos: dos chubascos mañaneros y una fuerte tormenta vespertina, aunque esa ya no nos pilló caminando.

Hora es, después de contar generalidades, de aclarar el porqué del título. Esa frase fue lo primero que me vino a la mente, surgió en mi cabeza y con ella la necesidad de escribir algo que le diera contexto. Sarrance es un bonito pueblo francés del Chemin de Saint Jacques -sede de un afamado convento-, punto final de la cuarta jornada que iniciamos en Oloron Saint Marie -aunque finalmente decidimos prolongarla cuatro kilómetros más, hasta Pont Suzon-. El grupo de cuatro caminantes que marchábamos en cabeza paramos a comer en una brasserie que, dada la hora ya tardía, tenía la cocina cerrada, pero nos sirvió bebidas y permitió comer en el local lo que llevábamos en las mochilas. Uno de los compañeros, pastelero jacetano jubilado, buen conocedor de la gastronomía dulce de la zona, pidió crèmes brûlée para todos y, además de encomiarlas vivamente, nos invitó. Ni que decir tiene que eran extraordinarias: una crema fría, densa y suave, recubierta de una fina capa de cristal de crujiente de caramelo; pero lo más portentoso fueron sus efectos -al menos, en mi caso-, aparte de la natural recarga energética corporal, hizo desaparecer el dolor que sentía en la rodilla izquierda, como un tirón, probablemente producido por pisar inadecuadamente, a su vez consecuencia de las rozaduras que tenía en el pie. Fue como el quijotesco bálsamo de Fierabrás, aunque en este caso ingerido, no untado, que repuso mis cansadas y un punto doloridas piernas al instante. Y, reconociendo que el hecho es intranscendente en el contexto del conocimiento universal -que debe ocuparse de cuestiones de mayor enjundia-, tampoco quiero que pase desapercibido y, por ello, se me ocurrió escribir estas líneas.

No puedo acabar este texto sin referirme a la última andada: la subida al puerto de Somport -1640 metros- por parte de los cuatro de Sarrance. Fue corta, unos ocho kilómetros tan sólo, debido al poco tiempo disponible, pero intensa: quinientos metros de desnivel. Las previsiones no eran buenas: lluvia -me prestaron un paraguas, por si acaso-, la guía del Camino mencionaba una pendiente muy fuerte, un camino malo, un “pedregal” en el que se perdían las marcas de señalización… El jacetano la había hecho hace años y no recordaba tales dificultades, así es que decidimos acometer la empresa. Efectivamente, no se cumplió ninguno de los siniestros augurios. Muy al contrario, la marcha fue gratificante; un buen camino, perfectamente señalizado que ganaba altura de manera constante. Si hay que citar algún aspecto menos positivo, es que la persistente bruma impidió apreciar la majestuosidad del paisaje en toda su plenitud. A la llegada a Somport, final de esta aventura, experimenté la sensación -repetida en situaciones similares- de satisfacción interior por haber sido capaz de cumplir el plan trazado, un programa que no dejaba de ser exigente y que se hizo más dificultoso debido a la extrema ola de calor que tuvimos que afrontar sobre todo en las primeras jornadas.


Francisco Javier Aguirre Azaña. 

Viaje en tren al castillo templario de Ponferrada, 6 de julio de 2026.


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