16 de noviembre de 2020

Microrelatos.

Un microrelato es un mensaje dirigido a lectores sutiles por parte de un escritor perspicaz.

Retorno.
Me siento mal desde hace unos días. Cuando acabe el funeral, iré al médico para que me dé algo para este dolor en el pecho. Estoy aquí por compromiso, era un compañero del trabajo. Departía con él mucho, pero siempre de trabajo, nunca de cuestiones personales.

Cambio de opinión. Siento una necesidad irresistible, casi angustiosa, de dar un beso a mi mujer. Cruzo la puerta de mi casa y la veo sentada en el salón, al fondo del pasillo. Está vestida de negro –luto riguroso–, sus lágrimas caen sobre la fotografía de nuestra boda, que abraza sobre su pecho.


Toda una vida.
Sentados al sol. Componen una pareja adorable. Cincuenta años juntos. Uno de ellos, la mirada brillante, cara luminosa por los recuerdos felices, pregunta: “¿Todavía me quieres?” El otro, la cara de medio lado, boca apretada, los ojos duros, susurra: “¡Todavía no!”


En pocas palabras.
Mi vida es una ironía. De niño, prisa por alcanzar la libertad que suponía ser adulto. Después, añoranza de la infancia: independencia sin responsabilidades. Antes de casarnos tuvimos que esperar varios años: acabar la universidad, preparar oposiciones, conseguir plaza en Zaragoza, ahorrar para el piso. Llegamos cansados al matrimonio. El hastío surgió pronto. Duró poco.

Ahora mato las tardes en el centro cívico. Hacemos solitarios, cada uno con su propia baraja. Apenas hablamos. Después de cenar juego al dominó online con personas lejanas con seudónimos graciosos. Chateamos sobre cómo nos ha ido el día.

La vida es un sarcasmo.


Fusión. (Microrelato metaliterato)
Lo leí después de muerto –yo, no él
. Me gustó. Maté al autor para poder decírselo. Muchos muertos utilizan el tiempo entre dos mundos para lamentarse, algunos intentan inútilmente aferrarse a seres y lugares queridos. Pero yo fui concebido como un personaje de acción.

Se entusiasmó, no por mis alabanzas –un simple personaje de su creación–, sino por mi carácter e iniciativa. Dijo que me resucitaría en su último libro –ya póstumo–, bastarían unos párrafos.

Ahora se lo agradezco interpretando mi papel lo mejor posible. Soy lo que convierte su trama en sublime. He conseguido incluirle en el corto elenco de escritores inmortales.


Zaragoza 16 noviembre 2020.

16 de octubre de 2020

Ucronía con Rosa.

¡Muerte al tirano!, con ese grito terminó la reunión en la que un reducido grupo de patriotas ultimó los detalles del atentado.

Tendría lugar el 15 de agosto de 1811, cumpleaños de Napoleón. José I Bonaparte, después de la celebración oficial de la onomástica en la casa de Correos, se dirigiría al Palacio Real por la calle Mayor, como hacía habitualmente. Salustiano Dalp, subteniente de Artillería, sería el encargado de lanzar la bomba desde el balcón del tercer piso del número 88, la casa de su cuñada. Después, el resto intentarían provocar un levantamiento popular contra el ocupante francés como el que había tenido lugar tres años antes.

La situación era desesperada. Tras la derrota del Cuarto Ejército del duque de Alburquerque en Cádiz el año anterior, la toma de la ciudad y el ajusticiamiento de los cinco miembros del Consejo de Regencia, y de muchas de las figuras más destacadas del reino que habían constituido las Cortes que elaboraban la primera Constitución española, Fernando VII -el rey deseado- y su familia habían muerto en su residencia de Valençay, al sur de París. Un trágico incendio decían desde el bando afrancesado, pero todos sabían que la larga mano de Napoleón estaba detrás.

La resistencia en España había acabado. José Bonaparte reinaba con mano de hierro. Con la retaguardia cubierta, su hermano, el emperador, había desembarcado en Inglaterra y sometido Londres y Cardiff. Europa era francesa. Rusia tendría que aceptarlo y firmar la paz con Napoleón, quién había reconsiderado su idea de invadirla: ya no sería necesario.

Salustiano era el único que podía ejecutar la acción. Mientras estuvo destinado en el Parque de Artillería de Monteleón a las órdenes de Luis Daoiz, había ideado una bomba de mano rodeada de resaltes de fulminato de mercurio que explotaban por impacto. Tenía un par de bombas que disimularía en un ramo de flores y arrojaría al paso de la comitiva real.

Durante los últimos meses se había entregado en cuerpo y alma a conspirar contra los ocupantes y aquellos que les apoyaban a cambio de honores y prebendas. Salía y entraba en casa sin avisar, se encerraba en el sótano para preparar las bombas, sin prestar atención a Rosa, con quién se había casado tres años antes. Además, tenía que cuidar a Clara, la mujer de su hermano, fusilado en la montaña de Príncipe Pio los primeros días de mayo de 1808. Clara había tenido un hijo póstumo de su hermano y se encontraba sola, su único sostén era Salustiano.

Rosa, se sentía sola, ni siquiera tenía un bebé al que cuidar. Era lo que más deseaba. Aunque cuando lo pensaba bien, lo que más deseaba era que su marido la tratase como lo hacía al principio, que no pasase tanto tiempo con Clara. ¿Habría algo entre ellos? No quería pensarlo, pero la duda le corroía el alma.

La mañana del 15 de agosto, Salustiano salió de casa y dio varias vueltas, yendo y volviendo, para asegurarse de que no le seguían. Ya había detectado que en ocasiones le ponían vigilancia. Recogió el ramo de flores con las bombas en una portería cercana a la casa de Clara, tal como habían planeado, y se dirigió hacia allí. Había avisado a Clara para que ese día cogiese a su hijo y se fueran a casa de una amiga.

Cuando entró en el portal vio una silueta junto a la garita del portero. Pensó que era la policía, que le habían delatado y lo iban a detener. Vendería cara su vida: usaría las bombas que llevaba. Respiró aliviado cuando vio que la pequeña figura que salía de la sombra era la de Rosa:

-- Rosa, ¿qué haces aquí?

-- No aguantaba más. Quería saber si es verdad que me traicionas con Clara. Ya veo que a ella le traes flores, mientras que conmigo ni siquiera hablas –dijo.

Rosa sacó del bolso la pequeña pistola que él le había dado para defenderse en caso necesario, y perturbada por los celos disparó, alcanzando a Salustiano en el vientre.

-- Rosa, ¡me has matado! Ahora ayúdame. Sube conmigo y ayúdame a abrir la puerta de la casa. Abre el balcón y vete. Mi muerte no será inútil, voy a hacer lo que vine a hacer.

En la calle ya se oían los cascos de los caballos de los húsares de escolta. Salustiano vio que el carruaje real se acercaba. Dio un beso a Rosa. Le dijo: “Eres la única mujer que he amado”. Y saltó por el balcón con el ramo de flores en la mano.



Báguena, 16 Octubre 2020.

1 de octubre de 2020

Vida de velador.

Lo veo cada vez que salgo de casa. Sentado en la terraza de la Carbonera, el bar que está junto al portal. Es alto, hombros anchos, voz potente que se oye a varios metros de distancia. Está siempre allí, desde que abren a las nueve de la mañana hasta las ocho o las nueve de la tarde, menos el rato de la comida. Siempre con una cerveza a medias –excepto a primera hora, que toma café– y un cigarrillo humeante entre los dedos. No es muy mayor, pero debe estar prejubilado o tener alguna pensión por invalidez.

Cada vez que voy a por el pan o tengo que ir a las tiendas del barrio alcanzó a escuchar algo de lo que dice. Habla con cualquiera que se siente en las mesas de al lado, o con los camareros. A veces, alguno de los conocidos que ha hecho durante las largas horas de velador se sienta con él. Hablan del tiempo: “Mañana empieza el cierzo y tendremos que entrar dentro”; de política: “Yo voto a los del P… –el ruido del autobús que acaba de llegar a la parada no me permite escuchar más–…roban menos, pero son todos iguales”, o de cualquier tema de actualidad: “Qué follón ayer con los del Gran Hermano”; “El coronavirus viene de China”… Otras veces –voz grave–, habla por el móvil: “Aquí estoy, pasando el verano, cogiendo moreno de Carbonera”.

Y así he ido conociendo su vida. El día que pasó un muchacho con una camiseta del Asador el Sarmiento: “Pues anda que no he preparado yo caracoles en el Sarmiento”. Otro día, a la camarera: “Toda la vida trabajando, sábados y domingos incluidos, muchos días más de diez horas, y después te queda una pensión de miseria”.

Un día lo veo serio, sentado con un joven que es su propia imagen con cuarenta años menos. Ralentizo el paso, saco el móvil y hago como que lo miro:

-- Sois unos cabrones. Desde que murió vuestra madre no venís por casa. Claro, como ya no está para haceros la comida. Voy a vender el piso y me lo gasto en cervezas. No vais a ver un euro.

Conmigo también charla:

-- Te veo muchos días por aquí.

-- Es que vivo en el portal de al lado –digo.

-- ¡Joder que suerte! Ya me gustaría a mí. Cuando quieras echamos unas cañas –me contesta.

Con la llegada del invierno, los días en que se monta la terraza son cada vez más escasos. Lo he visto algún día: más flaco, menos dicharachero, mirando fijamente como se consume el cigarrillo. Finalmente dejo de verlo. Tengo que preguntar a su hijo –pienso.

Zaragoza, 1 de octubre 2020.

25 de septiembre de 2020

La Campaña de Teruel. Resumen.


1.- Comienza la Campaña. Conquista republicana de Teruel.

• El 15 de diciembre de 1937, el Ejército de Levante republicano ‒bajo el mando del coronel Hernández Saravia‒, reforzado por el Ejército de Maniobra, con un total de tres cuerpos de ejército (siete divisiones en línea y cuatro más en reserva, 300 piezas de artillería, 104 tanques, dos compañías de vehículos blindados y 130 aviones), a las órdenes del general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central, se lanza a la conquista del saliente en el frente que formaba la ciudad de Teruel, cortando sus comunicaciones con Zaragoza a la altura de Concud y San Blas.

• El día 22, el CE. XX ocupa la ciudad desde el sur, sitiando los reductos de Comandancia y Seminario donde resisten unos 4000 hombres y numerosa población civil, bajo el mando del coronel Rey d’Harcourt. Se desarrollan dos batallas concéntricas: por un lado, en el interior de la ciudad, el asedio republicano a los reductos; por otro, las tropas nacionales de los generales Aranda y Varela que intentan liberar a los sitiados, creando situaciones difíciles a los republicanos, pero sin conseguir sus objetivos.

• El 7 de enero de 1938, después de veinticuatro días de defensa y la destrucción de gran parte de la ciudad, el coronel Rey d´Harcourt rinde el reducto de la Comandancia. Al día siguiente lo hace el coronel Barba en el Seminario.


2.- Contraofensiva nacional.

• El día 29 de diciembre comienza la contraofensiva nacional que tiene por objeto romper el cerco y enlazar con la resistencia en el interior de la ciudad. El Cuerpo de Ejército del Norte del Turia (general Aranda), al norte del río Guadalaviar (Turia), avanza por la carretera de Zaragoza, en dirección Concud y Santa Bárbara, para alcanzar la línea Alto de Celadas – El Muletón y posteriormente envolver Teruel por el norte y noreste, protegiendo el flanco del Cuerpo de Ejército del Sur del Turia, pero encuentra una resistencia muy dura. Al sur, el Cuerpo de Ejército del Sur del Turia (general Varela), más potente, avanza desde la Sierra de Albarracín con la misión de liberar Teruel después de ocupar la meseta de La Muela.

• El día 30, el Cuerpo de Ejército del Norte del Turia alcanza la carretera de Celadas (División 150) y por la noche llegan a Concud (División 62). El Cuerpo de Ejército del Sur del Turia ocupa Sierra de los Morrones (División 61), Meseta de Las Pedrizas (División 1 de Navarra), los cruces de carreteras que conducen a Teruel (División 81) y El Campillo (División 82). Las fuerzas republicanas retroceden hasta la línea: Caudé, San Blas, Los Morrones, El Campillo y Villastar.

• El 31 por la mañana los nacionales ocupan Concud (División 62) y San Blas (División 81). La 62 se frena tras entrar en Concud debido a la climatología. La División 150 tampoco puede avanzar frente al Alto de las Celadas y El Muletón, donde los republicanos están bien fortificados. En el sur, la 1ª División de Navarra, después de fuertes combates, se apodera de La Muela, llegando al casco urbano de Teruel, aunque frenan su avance en el puente de hierro sobre el Turia. Las unidades republicanas procedentes de los Llanos de Caudé, Concud y La Muela, ante la potencia de fuego y el empuje de las fuerzas nacionales, huyen en desbandada, arrastrando consigo buena parte de las que se encuentran por el camino. A media tarde miles de hombres confluyen en la carretera de Sagunto. El jefe de la División 40, encargada de sitiar y tomar los reductos nacionales dentro de la capital con las Brigadas 84 y 87, se deja llevar por el pánico y ordena la retirada, aunque el repliegue no es advertido por los nacionales. La 40ª vuelve a ocupar sus posiciones en Teruel por la noche. A partir de las 17 horas cae una intensa nevada que paraliza las operaciones. El temporal y la noche frenaron el avance nacional en la línea que iba desde el sur del Cedrillar, Concud, San Blas, La Muela y diversas alturas al suroeste de Teruel en un arco a poco más de dos kilómetros de Villaespesa y la vega del Turia. Por la noche continúo nevando y la temperatura descendió hasta alcanzar los 18º bajo cero.

• A partir del 1 de enero los republicanos contraatacan con sus reservas: la 47ª División obliga a la 1ª División de Navarra a retroceder en el sector de La Muela, después de encarnizados combates con muchas bajas en ambos lados. La Muela pasaría a ser un sector estable hasta la ofensiva final del 17 de febrero. Desde el norte de la ciudad, la 35ª División Internacional ataca furiosamente al Cuerpo de Ejército del Norte del Turia, entre el 2 y el 9 de enero. Las posiciones republicanas de las estribaciones de Sierra Palomera, Alto de Celadas y Muletón dominan la dirección de avance del Cuerpo de Ejército del Norte del Turia, impidiendo su libertad de movimientos. El temporal paraliza las operaciones entre el 6 y el 16 de enero. Las unidades perfeccionan sus organizaciones defensivas.


2b.- Segunda fase de la contraofensiva nacional.

• Desaparecido el apremio del socorro a las fuerzas sitiadas en la ciudad y vista la dificultad del Cuerpo de Ejército del Norte del Turia de avanzar por el ala izquierda, el general Dávila (jefe del ejército de operaciones nacional) ordena la conquista de las posiciones republicanas en el Alto de Celadas y Muletón. Se concentran cerca de 400 piezas de artillería y más de 100 aviones. El día 17 de enero, el Cuerpo de Ejército del Norte del Turia del general Aranda (de norte a sur: Divisiones 13, 150, 5 y 84, 85 en reserva) asalta la línea de posiciones del Alto de Celadas al Muletón, defendida por la Divisiones 39, 67 y la 35 Internacional. Los combates terrestres son acompañados por combates aéreos entre los cazas italianos y los aviones rusos republicanos. La 5ª División de Navarra ocupa el Alto de Celadas y parte de El Muletón. El 18, la División 35 lanza contrataques infructuosos, acusando grandes pérdidas. A partir del día 19, desecha la resistencia republicana, los nacionales completan la operación: ocupan El Muletón, el día 20, y Las Pedrizas, el día 21, descendiendo de los altos para alcanzar la orilla derecha del río Alfambra.


3.- Asalto de Singra y reacción republicana.

• Entre el 25 y el 30 de enero las tropas republicanas lanzan el asalto de Singra (División 27), desde sus posiciones en el Campo de Visiedo. Con ello pretendían cortar las comunicaciones nacionales, seccionando el valle del Jiloca y forzando su repliegue. La 27 consigue tomar la localidad de Singra, llegando a cortar la carretera Teruel-Zaragoza, pero no puede llegar hasta la vía del ferrocarril. Los nacionales, a punto de quedar embolsados, gracias sobre todo al ataque masivo de la aviación, logran recuperar las posiciones en Singra. El dia 26 reciben refuerzos desde Villafranca y Monreal del Campo, y el 29 los republicanos se retiran hacia sus posiciones iniciales. 

• Mientras tanto, el día 27, también se recrudecen los combates en la zona del Alto de Celadas. Las Divisiones 46 y 66 republicanas lanzan una contraofensiva para recuperar las posiciones perdidas unos días antes. La 46ª División del Campesino tenía como misión recuperar el Alto de Celadas y la cota 1.204, tres kilómetros al norte, partiendo desde La Losilla, para descender después hasta El Muletón; maniobra que recibiría el apoyo de la 66, cuyas fuerzas debían fijar por el fuego a las fuerzas nacionales en sus posiciones del Alto de Celadas. La División 13 frena los ataques republicanos durante los tres días que duraron.


4.- Batalla del Alfambra.

 Entre el 5 y el 7 de febrero tiene lugar la batalla del Alfambra, en el triángulo formado por Vivel del Río, Singra y Teruel. Ataque de flanco a las tropas republicanas en el Campo de Visiedo (CE. XIII), con objeto de desalojar su presencia en Sierra Palomera -desde donde se amenazaba los movimientos por el valle del Jiloca, y la carretera y el ferrocarril que unen Zaragoza y Teruel-, y llevar el frente al río Alfambra para despues recuperar la ciudad de Teruel.

• El Cuerpo de Ejército Marroquí del general Yagüe con tres divisiones en primera línea (de este a oeste: 4, 1 y 82) avanza desde el norte (Portalrubio – Cosa – Bañón) hacia Perales de Alfambra. La Agrupación de Enlace (5ª División Navarra y 1ª División Caballería) al mando del general Monasterio, parte de Rubielos de la Cérida. La 5ª rompe el frente republicano el primer día, abriendo un corredor a la División de Caballería que el día 6, con apoyo de artillería y aviación, realiza cargas sobre el flanco republicano en Argente y Visiedo, provocando desbandadas en las posiciones republicanas. Este hecho se considera como la última gran carga de caballería en combate de la historia militar de España. Al sur, el Cuerpo de Ejército Galicia (anteriormente del Norte del Turia) del general Aranda, partiendo de Villarquemado y norte de Celadas (Divisiones 83 y 84 respectivamente) dirige su ataque en dirección Alfambra, encontrando resistencia menos numerosa, inexperta y desmoralizada. Al día siguiente, la División 13 se une al ataque en dirección norte desde el Alto de Celadas. El día 7 confluyen todas las fuerzas nacionales en Perales de Alfambra.

• La República pierde 14 poblaciones con más de 700 kilómetros cuadrados; 6000 hombres son hechos prisioneros al quedar embolsados en la zona sierra Palomera y unos 10 0000 son bajas de distinto tipo. La 42ª División republicana es la que sufre mayores bajas.

5.- Reconquista nacional de Teruel.

• El 17 de febrero el Cuerpo de Ejército Galicia del general Aranda despliega en los 5 kilómetros que van desde las proximidades de Teruel (Los Baños) al pueblo de Villalba Baja. Se constituyen dos grupos: el de la izquierda (Divisiones 13 y 84) que debe comenzar a pasar el río Alfambra antes de que amanezca, entre Villalba Baja y Tortajada, para avanzar hasta Valdecebro y envolver El Mansueto; y el grupo de la derecha (Divisiones 150 y 83) que partiendo, más tarde, de Las Pedrizas, tras la preparación de artillería y aviación, debe cruzar el río al sur del anterior y ejercer el esfuerzo principal para ocupar Sierra Gorda y El Mansueto, y avanzar hasta la carretera de Sagunto. Al norte, la División 85 cubre la línea del río hasta Alfambra.

• La División 13 pasa el río por el molino de Villalba Baja consiguiendo una penetración de tres kilómetros por la sierra. La División 150, que trataba pasar el río frente al Muletón es rechazada por la 67ª División republicana; consigue atravesar el río, en un ataque nocturno, por Tortajada. El progreso de la División 13 consigue introducir una cuña en el dispositivo republicano que trata de reducirla por medio de contraataques lanzados a lo largo de la madrugada. La reducción de la presión defensiva sobre la orilla del río permite el cruce de unidades de la 83ª División, así como del resto de la 150ª División, más al norte. Al final de la jornada del 18 de febrero las fuerzas nacionales consiguen cortar la carretera de Corbalán. La División 13, en defensiva desde Villalba Baja hasta la carretera de Corbalán, protege al resto de divisiones de posibles contrataques desde el exterior (noreste). La 84ª División toma los altos de El Tocón, El Chopo y La Torana. La 83ª División controla la cota 1077, sobre la carretera de Corbalán. Entre ellas, la 150 consigue consolidar Sierra Gorda. Se constata que la resistencia republicana ha disminuido de forma muy notable.

• En la noche del día 19 el cerco exterior sobre Teruel se cierra cuando la División 1 de Navarra (en misión de enlace entre el Cuerpo de Ejército Galicia y el Cuerpo de Ejército Castilla) ocupa Santa Bárbara y combate en el Cementerio y el Mansueto (este de Teruel). El día 20, tras un fuerte bombardeo, las fuerzas de la 101ª Brigada Mixta que defendían El Mansueto son hechas prisioneras por la División 83.

• Al sur, el CE Castilla (anteriormente del Sur del Turia) del general Varela fija al enemigo en todo su frente (noroeste de Teruel). Una vez ocupado el Cementerio y Santa Bárbara por la División 1 de Navarra, avanza para desbordar la ciudad por el norte y por el sur, y cortar la carretera de Valencia, aislando a la 46ª División republicana, que era la encargada de defender una ciudad vacía y en ruinas en que se había convertido Teruel. La División 81 cruza el río Alfambra y desborda Teruel por el norte y este y progresa hacia el sur, llevando el esfuerzo principal hasta el vértice Castellar (Castralvo); la División 61 pasa el río Turia al sur de Teruel para proseguir el avance hacia el sur, ocupa las cotas en las inmediaciones del Vértice Galiana y enlaza con la 81. La División 54 protege el flanco oeste de la 61. Los nacionales realizan un movimiento envolvente, similar al efectuado en diciembre por los republicanos, a varios kilómetros de la ciudad, pero esta vez en dirección opuesta.

• El día 21 Teruel queda cercado con un doble anillo: Divisiones 1, 150 y 81,con un frente interior hacia la ciudad y Divisiones 13, 84, 83 y 61, en el frente exterior, a 6 – 10 kilómetros de distancia. Las tropas republicanas quedan sitiadas sin suministros. El Campesino, jefe de la División 46, encargada de la defensa de la ciudad, ordena que su división abandone la plaza y evacue sus fuerzas. El día 21 por la noche, los soldados republicanos que pueden andar abandonan la ciudad siguiendo el curso inferior del río Turia, aguas abajo de la estación de ferrocarril, donde las líneas nacionales formadas por puestos aislados son más débiles. De los 2000 que salen de Teruel, 1300 logran pasar y llegar a las líneas republicanas de Villaespesa. La mañana del 22 los nacionales entran en Teruel sin apenas encontrar resistencia.


La Campaña de Teruel. Resumen -gráfico.


Imagen de elaboración propia, sobre la base de un mapa del Servicio Histórico Militar, a su vez basado en el mapa de la batalla de Alfambra de Manuel Tuñón de Lara (La batalla de Teruel, 1986).

21 de septiembre de 2020

Vidas "online".

Ormón_triplecero estaba anhelante. Sentado en su oscuro sillón ergonómico, enfrente de una gran mesa blanca de líneas nórdicas. Sobre la mesa: dos pantallas, el ratón y el teclado del ordenador. Había recogido los restos de comida preparada, la botella de Coca-Cola y los cubiertos que habitualmente quedaban sobre ella entre comida y comida. Hoy es un día especial. Se ha vestido con camisa salmón, pañuelo a juego y chaqueta oscura de brillantes solapas. El pantalón de pijama y las zapatillas de loneta no se verían en la transmisión.


En pocos minutos dará comienzo su boda telemática con Pikuka99. Habían contratado una agencia de eventos online que se ocupa de todo: la conexión de varios cientos de invitados, suma de las agendas de las redes sociales de los dos; la breve ceremonia del juzgado; y la celebración posterior, con efectos acústicos y ópticos que alimentarán sofisticados equipos individuales de hasta seis pantallas con presentaciones diferentes.


Sólo habían tenido ocasión de verse personalmente en tres ocasiones. Su relación había sido a través del móvil y el ordenador. Algo habitual debido a las restricciones que provocaban las sucesivas pandemias. Al coronavirus-19 habían seguido el virus-21, el virus-23 y los posteriores. Se habían suprimido los nombres propios de los virus, lo significativo eran los años. Normalmente cada dos años surgía uno nuevo que atacaba particularmente a un sector de la población. Las autoridades decretaban nuevas medidas y finalmente anunciaban la aparición de una vacuna, pero al poco un nuevo virus volvía a aparecer.


La gente se había vuelto desconfiada, solitaria, triste y resignada. Pero los jóvenes seguían uniéndose para vivir juntos. El ansia humana de compañía todavía perduraba. Y, además, aunque los simuladores sensoriales y los conectores táctiles a distancia eran realmente sofisticados, el sexo virtual no podía sustituir al contacto físico. La pantalla parpadea, entra un mensaje de la agencia: “Lo sentimos, Pikuka99 comunica que no se siente preparada para casarse. Ha cortado la conexión. No le dé mayor importancia. Esta reacción es más habitual de lo que pueda parecer. Deseamos que vuelva a confiar en nosotros en sus próximos eventos. Cargaremos en su tarjeta el coste previsto en el contrato para este tipo de situaciones. Tenga un buen día”.


Báguena, 21 de septiembre 2020.

1 de junio de 2020

La mujer pelirroja.

Esta relato -el segundo de Chele- y su título quedaron anidados en mi mente mientras recorría el Camino entre Logroño y Burgos, después de encontrarme con una exótica peregrina de largo cabello pelirrojo. Catorce meses después conseguí finalizarlo.

La mujer pelirroja. *

7 de abril de 2020

Asesinato perfecto.

Yo había sido feliz en mi matrimonio, hasta que asesiné a mi mujer. Cuando me dijo que quería divorciarse tuve que decidirme rápidamente. La situación creada por la pandemia del covid-19 no iba a durar siempre. La posibilidad de enmascarar una muerte entre los miles de casos de enfermedad que se computaban cada día fue lo que me decidió.

Habíamos sido una pareja feliz, incluso apasionada al principio. Después nos fuimos distanciando. Primero llegó la indiferencia, en seguida la antipatía mutua. Últimamente, casi no nos hablábamos, dejamos de compartir la cama. Ella comenzó a utilizar el wasap a todas horas. Activó el acceso de su teléfono con huella digital, por lo que me era imposible saber con quién se comunicaba.

En mitad del confinamiento durante la pandemia, me dijo que se divorciaría cuando terminase el aislamiento, que tendría que irme de la casa, que hablaríamos de la pensión, del reparto de todo. Le pregunté si tenía un amante –su actitud de los últimos meses la delataba–. Me contestó evasivamente: “¡No!, pero eso sería lo de menos. Ya no te soporto, ni tú a mí. Es lo mejor para los dos”. Supe que me mentía. Tras más de diez años como inspector de policía sé cuando me mienten.

Esa misma noche la asfixié con la almohada mientras dormía. Al día siguiente llamé al servicio de atención a enfermos con coronavirus para comunicar que mi mujer estaba enferma. Me dijeron que permaneciese en casa, que llamarían para conocer su evolución. Sabía lo que tenía que hacer: describir un empeoramiento gradual que le llevaría a una muerte súbita a los pocos días. Vendrían a recoger el cuerpo, no habría autopsia, no habría demasiadas preguntas, un caso desgraciado más.

Mi preocupación era su amante, sus conversaciones a través del teléfono móvil. Lo desbloqueé utilizando su dedo ya inerte. Utilizaban nombres supuestos: Isabel y Diego –me pareció patético que a su edad jugasen a ser los amantes de Teruel–. Yo no tenía nombre, simplemente era “él”. Durante esos días tenía que prestar atención al wasap a todas horas, incluso en el trabajo. Fui espaciando los mensajes de Isabel, enfriando el tono apasionado que usaba, relatando los síntomas de la enfermedad que avanzaba día a día. El agravamiento llegó parejo con los remordimientos. En su último mensaje Isabel abandonaba a Diego, sólo quería superar la enfermedad y volver con su marido al que, ahora se daba cuenta, había amado siempre.

Después de ese último mensaje me sentía francamente bien. Había ejecutado el crimen perfecto, de una forma hábil e inteligente. Y había humillado al amante de mi mujer, a ese Diego Marcilla de pacotilla.

Al día siguiente me mostré desconsolado en la Jefatura: acababan de llevarse el cuerpo de mi mujer, fallecida por la infección. Estaba desecho, pero continuaría trabajando en estos momentos en que éramos más necesarios que nunca.

El que se mostró más conmovido fue mi compañero. Por un lado era normal que se interesase, habíamos sido amigos desde la Academia y llevábamos años trabajando juntos. Pero, por otra parte, comencé a sospechar ante su insistencia en preguntar y repreguntar: parecía que utilizaba la técnica que usamos con los criminales para que se contradigan. Sin embargo, estaba tranquilo; siempre había sido más inteligente que él. Y además, él también tenía algo que ocultar: su traición a un amigo.

Dos días después me encuentro trabajando en mi mesa de despacho. Veo a mi compañero que se dirige hacía mi flanqueado por dos policías de uniforme. En la mano lleva un papel de la compañía telefónica. Como un rayo mi cerebro se abre: ha comprobado que los mensajes de wasap fueron enviados desde la Jefatura, que no pudo enviarlos mi mujer desde casa. Comprobarán el cadáver. ¡Me van a detener!

Zaragoza, 7 de abril de 2020

22 de marzo de 2020

El gato.

Mi editor me pide un nuevo libro. Otro relato de terror. Lo que comenzó como un pasatiempo se ha convertido en un lucrativo negocio. Me parece irónico que alguien que se toma a broma las historias de terror se haya convertido en uno de los escritores más popular del género. Pero, tal vez por esa falta de motivación, mi imaginación está seca. Por eso, he venido a esta casa aislada en la montaña, en la que cuentan que, hace años, apareció una pareja muerta, comida por sus perros. 

Busco soledad para escribir e inspiración para mis relatos. Los ruidos nocturnos: el viento en las viejas ventanas, los crujidos de las vigas de madera, esos sonidos de pisadas en el desván, no me producen desazón, sé que son propios de una casa vieja. No son el revulsivo que busco para mi imaginación, estancada como una negra ciénaga. Lo único que llego a escribir es mi diario. Y, cuando me aburro, acaricio mi gato. 

Mi gato era un pequeño gato gris con unas tenues rayas oscuras que le daban un bonito aspecto atigrado. Cariñoso y apacible, emitía unos maullidos suaves, nada estridentes. Imperceptiblemente al principio, con cambios apreciables de un día para otro después, se fue transformando en un gato grande y fuerte. Las rayas de color gris oscuro progresivamente empezaron a extenderse y ennegrecer hasta transformarlo en un gato de color negro intenso y brillante, como el azabache. Sus ojos también han cambiado desde que estamos en esta casa. Ahora son de color verde frío, me miran interrogadoramente, incluso amenazadoramente cuando me atrevo a tocarlo. Su maullido se ha vuelto ronco, imperioso, como avisándome de que debo hacer su voluntad. Cada día es más hosco y, a veces, agresivo. Muestra sus cada vez más afilados dientes si intento tocar su comida y en alguna ocasión me ha arañado cuando le hago bajar de mi silla. 

Por las noches, especialmente esas noches en que las tormentas descargan lluvia, relámpagos y truenos sobre la vieja casa, cuando más nítidamente se oyen las pisadas en el desván, el gato se coloca junto al último tramo de escalera y maúlla con su voz ronca. Me mira fijamente, como retándome, como diciéndome: ¡sube! 


Empiezo a odiar a este gato. Ya no es un meloso compañero. Se ha convertido en un carcelero que tutela mi vida. Empiezo a maquinar como deshacerme de él. Pero reconozco que me intimidan sus miradas verdes, secas, calculadoras.

Una noche me decido a subir al desván. Meto la libreta en que escribo en el bolsillo y abro la puerta. El gato deja de maullar y desaparece en la oscuridad de la estancia. Enciendo el interruptor. No hay luz. En unos segundos mis ojos son capaces de captar la tenue luminosidad marfileña que la luna arroja sobre el interior a través de un pequeño ventanuco al fondo de la pieza. La contraventana de madera, batida por el viento, produce ese sonido como de pisadas. Doy media vuelta y me dispongo a bajar. Mis pies se enredan con un bulto negro ¡el gato! que se ha interpuesto en mi camino. Pierdo el equilibrio. Caigo por la empinada escalera y oigo un crujido seco. Es mi columna que se ha roto. No siento las piernas ni el brazo izquierdo. No me duele nada, pero no me puedo mover.

El gato me mira con aire orgulloso, su mirada dura es ahora de satisfacción. Sé lo que está pensando: ¡me va a comer! Aunque le cueste semanas, me comerá poco a poco, y cuando muera continuará con su macabra tarea.

Zaragoza, 22 de marzo de 2020.


28 de febrero de 2020

Predestinados.

La Naturaleza es una diosa caprichosa que a veces se divierte haciendo extraños emparejamientos.

Emiliano es un hombre ambicioso, egoísta y permanentemente insatisfecho, nada es suficiente para él. Proviene de una familia humilde. Su padre, un apocado empleado de ferrocarriles, que lo único bueno que hizo en su vida –pensaba Emiliano– fue costear a su hijo, a él, los estudios en una buena universidad. A pesar de su madre: “que se sacase la oposición de auxiliar administrativo”, decía ella.

Por eso, Emiliano quiere, por encima de todo, éxito, poder y dinero, ¡sin límites! Y lo estaba consiguiendo: premio fin de carrera, el economista más prometedor de Madrid, ofertas de conservadores y progresistas para entrar en política. Y lo iba a hacer. Era la forma más rápida de alcanzar su meta. Tan sólo debía decidir con quién, pero sabía que eso daba lo mismo.

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María había tenido una infancia feliz, unos padres sencillos, trabajadores, que se preocupaban por ella. Tenía una vena artística que le llevaba a practicar cualquier rama del arte: música, pintura, escultura, dibujo… Quería tener hijos, educarlos, acompañarlos en sus vidas. Pero había tenido mala suerte hasta ahora. Se había casado muy joven, alocadamente, con un hombre mayor que ella. Resultó ser un resentido, calculador e ingrato, que nunca le dijo una palabra bonita. Sólo críticas a sus “boberías bohemias”. Se divorciaron al poco.
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Emiliano también tiene que tomar otra decisión: su mujer. Sabe que no es la persona apropiada para acompañarle en el camino que se ha fijado. Cuando pensaba en ella, se acordaba de la canción de Sabina: “la falda corta y la lengua larga”. ¡Si! le gustaban sus piernas, pero no la veía desenvolviéndose en el mundo de los poderosos. No entendía que lo principal era la victoria, a cualquier precio, aunque hubiese que sacrificar el orgullo, los amigos, la familia. El mundo era así, inmisericorde con los pobres de espíritu. Ella era tan despreocupada, sus ideas tan errantes…
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María ha vuelto a ser feliz. Se volvió a casar, esta vez con el hombre adecuado 
piensa ella–. Serio y trabajador, pero que busca su compañía, le habla cariñosamente, la valora, le deja hacer a su antojo. Con él se siente mujer, sabe que le gusta mucho, sobre todo cuando se arregla un poco. Y sabe que será un buen padre, preocupado y generoso. Sale de la relojería donde ha entrado para cambiar la pila del reloj y se dirige a su encuentro. Van a comer juntos.
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Es la hora, Emiliano sale de su despacho. Mientras camina, cavila que él necesita otra cosa, una mujer entregada, sumisa, que comparta sus aspiraciones. ¡En fin, ya lo verá! Llega a la puerta del restaurante y ve aproximarse a su mujer. Tiene que reconocer que está guapa con ese vestido nuevo. “Espero que no se haya olvidado de cambiar la pila al reloj” –piensa.

Zaragoza, 28 de febrero de 2020.

24 de febrero de 2020

Tras los pasos de Mariano Gil de Bernabé

Tras los pasos de Mariano Gil de Bernabé, olvidado artillero baguenense, innovador y patriota.

Museo del Ejército (Toledo)
Mariano Gil de Bernabé es una de las figuras históricas más relevantes oriunda de Báguena. Coronel de Artillería, fundador de la Academia Militar de Sevilla en 1810, posteriormente trasladada a la Isla de León (actual San Fernando, Cádiz), cuyo objeto era preparar oficiales para integrarse en los ejércitos de operaciones que combatían al invasor francés durante la Guerra de Independencia. Prácticamente desconocido en su propio pueblo y comarca (del Jiloca). Fue un innovador, primer precedente del modelo de enseñanza general militar que proporciona una formación común (inter-armas) a las distintas armas o especialidades del ejército: infantería, caballería, artillería, ingenieros y, posteriormente, a las que fueron apareciendo. También fue un gran patriota que no sólo consagró su vida a la Patria y la entregó tempranamente sin cejar en su extenuante actividad - algo que como militar que era, entra dentro de lo esperable -, sino que también hizo uso de su propio peculio para sufragar su proyecto. Cuando murió no dejó patrimonio.




Homenaje de la Academia General Militar al Coronel Mariano Gil de Bernabé, realizado en Báguena el 18 de mayo de 2008.





20 de febrero de 2020

Angustia.


María dejó el bebé en la cama y se dispuso a abrir las dos cartas que había recogido del buzón. Con manos temblorosas abrió la del Servicio de Salud, el corazón se le disparó y las lágrimas saltaron de sus ojos. Confirmaba lo que, sin saber como, ya sabía: parálisis cerebral. Tenían que hacerle más pruebas, pero nunca llegaría a valerse por sí mismo.

Ella lo sabía desde que se lo entregaron después del parto: tan callado, tan inmóvil. Y sabía que todo había ido mal desde que se puso de parto aquel nefasto jueves, inicio de puente. En el hospital le pusieron una inyección y la mandaron a casa, que volviera el lunes le dijeron. Y ella, ¿qué podía hacer?, nada, hacer caso. Su novio, tan encantador, tan amoroso, se había ido convirtiendo en una persona hosca, hostil, incluso agresiva, durante el embarazo. No quería un hijo. Acabó no queriéndola a ella. Desapareció el mismo día del nacimiento, cuando ella le contó sus temores al ver a su hijo.

Le entró una desazón que no había experimentado nunca. Cuidaría a su hijo, la necesitaba. Trabajaría en lo que fuese. No podía contar con nadie más. Su madre, divorciada, subsistía con trabajos basura, y tenía bastante con su hijo pequeño: dieciséis años, no quería estudiar, enredado con una pandilla de pequeños delincuentes, navajas, peleas, robos, dos veces ante el juez de menores.

Abrió la segunda carta, del ayuntamiento. El contrato de alquiler barato terminaba en dos meses. Una empresa extranjera había comprado el bloque de viviendas sociales y ofrecía a los actuales inquilinos prorrogar los alquileres, pero a precio de mercado, más del doble. María buscó la cartilla del banco. Estaba allí, él no se la había llevado. Novecientos veintisiete euros.

No lloraba, no se quejaba, no se movía, pero chupaba con fruición cuando le daba de mamar. María no tenía mucha leche, le tendría que dar un preparado para lactantes, pero era tan caro…

Si el bebé estuviera bien lo abandonaría en un hospital, en una comisaría o en una iglesia. Tal vez, después, se tiraría desde el puente de la autovía. Pero, ahora su hijo la necesitaba. Su mente volaba sin encontrar una solución.

Zaragoza, 20 de febrero de 2020.

8 de febrero de 2020

Felice.

Felice es teniente coronel del cuerpo de Carabinieri, moreno, alto y fornido. Un observador menos benévolo lo podría describir como gordo. No es muy inteligente, o mejor dicho, utiliza su inteligencia únicamente en aquello que le reporta un beneficio personal, tal como elucubrar maneras de disfrutar más días de permiso, o atribuirse un buen trabajo de sus subordinados, o como ensalzarse él mismo criticando a los demás.


A primera hora, Felice da novedades a su jefe:

- Da su permiso Comandante.

- Pase, Felice, siéntese. Ya le he dicho varias veces que no hace falta que se cuadre como si fuese un cadete.

- Se lo agradezco Comandante. Tantos años en este benemérito Cuerpo dejan su impronta en uno.

Felice se sienta y comienza su informe:

- Ayer se produjo una seria violación de seguridad en este acuartelamiento. La cónyuge del marichalo Sorrino entró sin autorización en un área restringida y tuvo acceso a información sensible.

- Ya lo sé, me lo han contado. La pobre chica buscaba a su marido porque tenía al bebé con fiebre y como no conoce Nápoles no sabía donde ir. Sólo vio unas fotos de camorristas de baja estofa de Secondigliano.

- Copiado, si el Comandante como superior inmediato decide cerrar el caso, yo acato la orden. Simplemente cumplía mi deber, como hago siempre, en observancia de la ordenanza que nos obliga a todos a seguir con lealtad las órdenes de la superioridad, y como el Prefecto está tan preocupado por la seguridad física de las instalaciones…

- Bien Felice, no dudo de sus motivaciones. Lo que sí me preocupa es el tiroteo de ayer en el Rione Sanitá, pudo haber muertos. Eso si entra dentro de sus competencias como jefe de operaciones.

- Comandante, después de encarcelar a los capos de la camorra, los jóvenes delincuentes están sin control. Lo de ayer fue una pelea entre bandas que quieren controlar la zona. Por cierto, yo estaba de permiso. Como me quedan tantos días, tengo que cogerlos antes de que acabe el año. Además de mi servicio a la Patria debo cuidar mi matrimonio.

- Felice, lo que debe hacer es controlar el comercio ilegal de armas. Después de todos los años que lleva en Nápoles tiene que conocer a los vendedores.

- A sus órdenes Comandante, con su permiso voy a impartir las directrices oportunas al maggiore Vincenzo. Yo mañana tengo reconocimiento médico, la semana que viene tengo el curso de actualización y después unos días de permiso.

Felice, satisfecho de sí mismo, sale del despacho y se dirige al bar, a tomar su café ristreto de todas las mañanas.

Zaragoza, 8 de febrero de 2020.

31 de diciembre de 2019

Blanca doble.

Arsenio es un hombre maduro, de estatura mediana y complexión normal, ni gordo ni delgado. Le quedan pocos años para cumplir los cincuenta, pero parece más joven. Su pelo moreno, rizado, largo y bien cuidado le da un aspecto juvenil. Han comenzado a aparecer algunas canas, pero en su caso le proporcionan un aire distinguido.

Al comienzo de este relato, Arsenio era un hombre anodino, reservado y en ocasiones inseguro. Profesor de derecho mercantil en la universidad, le gustaba la vida monótona. Se sentía cómodo en la rutina de clases por la mañana y tardes hogareñas, preparando las clases, leyendo y escuchando música clásica. Después, todo eso cambió.

Su mujer es su única pasión. Después de años de soledad, cuando la conoció, se enamoró perdidamente y ahora no podría vivir sin ella. María Espúñez era divorciada y tenía un hijo pequeño.

La cómoda rutina en que estaba instalado Arsenio se tambaleó una noche cuando recibió un extraño mensaje a través del chat con el que la Facultad de Derecho le obligaba a atender a sus alumnos. Vanesa, una estudiante desconocida hasta entonces, en un mensaje con tintes apasionados, le decía que a pesar de estar matriculada en otra carrera, seguía sus clases, que le gustaban mucho y quería preguntarle alguna cosa, en la cafetería de la universidad, al día siguiente ¿podía ser? Arsenio, le contestó que bien, que a las once tenía un rato. Al fin y al cabo formaba parte de sus obligaciones atender a los alumnos.

Al día siguiente, Arsenio, vestido como siempre: pantalón tipo vaquero, camisa sin marca y jersey de punto, se sorprendió al ver a Vanesa. Una joven escultural que hacía volver la cabeza a todos los hombres y algunas mujeres para mirarla. Pelo rubio, largo hasta la espalda, un jersey apretado que hacía resaltar un busto perfecto, falda a mitad de muslo y zapatos de tacón. Cuando le vio, Vanesa se dirigió a él, le dio un beso en la mejilla, rozó con sus labios exquisitamente pintados los de él en su camino a la otra mejilla y lo cogió de la mano para llevarlo a una mesa libre. Se sentaron. Vanesa no paró de hablar: estaba encantada de conocerlo personalmente, le admiraba muchísimo, era el mejor profesor que había conocido, explicaba estupendamente, tenía prisa y le gustaría volver a hablar con él con más calma. Todo ello mientras le mantenía cogida una mano con las suyas, encima de la mesa, acercando su cara y su pecho hasta casi rozarle. El torbellino terminó tan rápidamente como había empezado. Vanesa se levantó, le dio un nuevo beso cerca de los labios y desapareció de la cafetería. Arsenio apenas había tenido tiempo de decir nada, de preguntarle si quería un café o una caña. Pensó que Vanesa era una joven alocada y no le dio más importancia.

Al otro día, Arsenio recibió un correo electrónico anónimo, con un video de su entrevista con Vanesa. Desde luego no parecía una entrevista profesor-alumna, sino más bien una cita entre dos personas que tenían una relación, podría decirse incluso que intima, con tanto beso y tanta cercanía corporal. Y Arsenio empezó a preocuparse ¿qué querrían de él: el próximo examen, una buena nota?

Durante los días siguientes, Arsenio recibía un mensaje cada noche. Siempre la misma amenaza: se lo mandaré a María. Estaba desesperado, no sabía que hacer. El video era tan comprometedor. ¿Decírselo a su mujer? ¿Y si no le creía?

Un compañero, que le había visto con Vanesa en la cafetería de la universidad, le hacía bromas. Le dijo que la tal Vanesa trabajaba en el “Crazy” un conocido lugar de copas y alterne. Aquella misma noche Arsenio fue al Crazy, pero Vanesa no estaba. Regresó la siguiente, y otra más, hasta que la encontró detrás de la barra:

- Vanesa, quiero hablar contigo.

- Hombre, mi profesor favorito ¿qué te pongo, guapo? Por cierto, lo de Vanesa como te puedes imaginar es mi nombre profesional. –contestó ella.

- ¿Por qué me chantajeas?

Ella dejó de servir copas y se volvió hacía él, mirándolo:

- No sé de qué me hablas. Lo del otro día fue una “performance” que me pagaron bien. Yo soy una “escort” profesional.

Arsenio pensó rápidamente y le dijo:

- Como profesional que eres te pagaré 500 euros si me dices quién te hizo el encargo.

- Bueno. ¡Total!, me voy a Madrid, aquí no hay negocio. ¡Que más me da! Se llama Clara Espúñez ¿la conoces?

Arsenio no respondió, sacó los billetes de la cartera y los puso encima de la barra. Salió del local.

Tenía que haberlo imaginado: su cuñada, la hermana pequeña de María. Le odiaba, disfrutaba haciéndole daño. Ella, solitaria y retraída, que nunca había salido con un hombre, estaba prendada del primer marido de su hermana, quién se la había ganado con su charlatanería superficial y sus agasajos simulados. Le decía a su hermana que tenía que volver con él, que lo mejor para el niño era crecer junto a su padre.

Cogió unos guantes que tenía en el coche y se dirigió a casa de Clara. A esas horas volvía de su carrera diaria por el parque. La esperó en el callejón junto a la entrada de la casa. Al poco la vio, menuda, fibrosa, con su pelo rubio, corto y sudado, y tomó una decisión. Desapasionada y fríamente, pero con la firme convicción de que era la única forma de salvar su matrimonio, estranguló su pequeño cuello hasta que dejó de respirar.

Después, siguió el periodo más feliz de su vida. Su mujer, agradecida por el mimo con que la había tratado después del trágico asesinato de su hermana en un callejón oscuro, se mostraba más enamorada que nunca. Además, no le disgustaba que Arsenio hubiera salido por la noche de vez en cuando, que no fuera tan muermo.

Un tiempo después, Arsenio vuelve a recibir un correo electrónico: Soy Vanesa. He vuelto a Zaragoza. Sé lo de tu cuñada. Necesito dinero. Mañana en el Crazy. Arsenio está vez no siente temor. Incluso se siente risueño. Sabe lo que tiene que hacer. Iría a coger los guantes del coche…

Zaragoza, 31 de diciembre de 2019.

22 de noviembre de 2019

Un viajero insólito.

Estoy llegando a León. Ayer pasé por el centro geográfico del Camino de Santiago Francés. Como no puedo permitirme pagar tres euros, en el Santuario de Santa María la Peregrina de Sahagún no me dieron la media compostelana que acredita haber alcanzado la mitad del camino.

Gracias a un peregrino que me pagó el albergue en el Burgo Ranero –como indica su nombre, un pequeño pueblo que sólo cuenta con lagunas llenas de ranas–, por la tarde pude darme una ducha y dormir en cama. No quiero ser desagradecido, pero mejor me hubiera venido una cerveza y un filete con patatas fritas –como añoro un buen entrecot–. Con las monedas que me dio –todo lo que llevaba en el bolsillo, dijo– sólo alcanzaba para un café. A dormir al raso ya me he acostumbrado.

Hoy creo que tengo fiebre. He parado en Mansilla de las Mulas y voy a pasar la noche bajo el puente sobre el rio Esla. Me han dado un bocadillo de chorizo y una manzana. Y, ¡agua de la fuente! Llega octubre y las noches empiezan a ser frías.

Algunos hacen el Camino embargados por un sentimiento religioso, otros con espíritu deportivo o como una aventura cultural, o siguiendo los pasos de la historia en busca de sí mismos. Pero mi caso tal vez sea único, yo viajo porque no tengo nada más que hacer. Iré a darle un abrazo a la imagen del apóstol Santiago y luego desandaré el camino y volveré de nuevo a Santiago, y luego… ¿quién sabe?

Quedan cinco meses para que alcance la edad de jubilación y me empiecen a pasar la pensión. Hasta entonces, no tengo nada. Lo puesto, y una mochila con dos mudas y un chaquetón. También guardo, doblada con mucho cuidado, una copia plastificada de la entrevista, a doble página, que me hizo El País cuando era profesor de Sociología en la Universidad de Deusto. Muestro con orgullo, a todo aquel que me quiere escuchar, mi fotografía a color en la segunda página. Un atisbo de mi vida pasada. Un recuerdo de lo que fui y de lo que perdí después de enfrentarme con un decano arrogante con sus subordinados pero sumiso con los poderosos, y de un divorcio desgraciado en el que mi altivez desdeñosa fue castigada por el juez con una orden de alejamiento.

Ahora, tengo frío. La fiebre sube. Dejo de escribir. No sé si voy a resistir el invierno. No sé si llegaré a cumplir los sesenta y cinco.

Zaragoza, 22 de noviembre de 2019.

25 de octubre de 2019

Ellos.

Coges la maleta y abandonas la casa. Has tomado la decisión después de la llamada de Andrea diciéndote que tiene cena de empresa. Has metido tu ropa en la maleta y has salido a la calle. Te sientas en una cafetería, pides una tónica e intentas poner en orden tus ideas.

Piensas que tu matrimonio se ha convertido en una farsa. Cuando os conocisteis, te gustaba mucho, con su porte desenvuelto, su pelo oscuro rizado, su forma elegante de vestir. Os casasteis muy jóvenes. Cuando supiste que Andrea no podía tener hijos no le diste demasiada importancia, pero ahora se te van los ojos cuando ves un bebé. Te gustaría tener hijos. Poco a poco, el trabajo se ha convertido en tu única razón de vivir. Tienes éxito en tu profesión, pero necesitas libertad para salir al extranjero y continuar ascendiendo. Sin embargo, Andrea no quiere renunciar a su modesto empleo. Has tenido alguna aventura ocasional e imaginas que Andrea, con ese carácter tan extrovertido, también. No le quieres dar mayor importancia. Os habéis convertido en una pareja que comparte silencios y soledades. Los dos necesitáis un cambio. Por eso te sientas en esa cafetería, con la maleta junto a ti, pensando que hacer. Puedes ir a casa de tu madre. Es muy mayor y la reciente muerte de tu padre le ha afectado mucho. Esto sería un duro golpe para ella. Quizás no pueda soportarlo.

Miras el reloj. Son las nueve, han pasado casi dos horas. Tu impulso inicial de romper con todo se diluye. El cansancio provocado por la tensión y una larga jornada de trabajo se apodera de ti. Coges la maleta, cruzas la calle y vuelves a casa. Andrea no se enterará de tu arrebato.

Al poco llega Andrea, te besa distraídamente y te habla con ese acento italiano que no ha perdido a pesar de los años:

- ‘Ciao bella’. He venido en cuanto he podido. Me pareció que no te hacía gracia lo de la cena. Tienes razón, son unos pesados y para lo que me pagan no sé porque tengo que echar tantas horas.

Zaragoza, 25 de octubre de 2019.

23 de octubre de 2019

Democracia+

Democracia mejorada.

Soy de los que opinan que la Democracia es un sistema político imperfecto, fácilmente manipulable por demagogos que lo utilizan en su propio beneficio. Pero también creo que el resto de sistemas políticos conocidos son aún más imperfectos y más fácilmente doblegables por el interés particular de unos pocos frente al interés general.

Pienso, también, que una de las fortalezas de la Democracia es su flexibilidad, su capacidad de adaptarse a los cambios sociales y a las necesidades de cada época. Y, es por ello, por lo que escribo estas líneas, para exponer algunas ideas personales sobre como se podrían corregir algunas de las, a mi juicio, imperfecciones de los regímenes democráticos actuales.

¿Un hombre / Una mujer, un voto?
Siempre me ha producido cierta desazón intelectual este principio. ¿Tiene el mismo valor a la hora de elegir a los gobernantes –y por lo tanto el gobierno del interés común– la opinión de un joven inexperto de 18 años que la de una persona madura, formada, y que ha demostrado ser un buen ciudadano a lo largo de su vida? ¿Es igual el voto de un delincuente o un ser antisocial que el de una persona respetuosa con los demás y cumplidora de las leyes? ¿No hay distinción entre quién no se esfuerza, no estudia, no acepta responsabilidades personales ni familiares, huye del trabajo y vive de subvenciones, y quién acepta compromisos, se forma, progresa en su profesión, dedica tiempo y esfuerzo a ayudar a los demás implicándose en tareas sociales, o asume responsabilidades de gestión pública, o arriesga su vida en defensa del interés común en los ejércitos o en los cuerpos de seguridad y emergencias?

Por otro lado, hay que señalar a los dogmáticos que se escandalicen al leer esto, que, de hecho, el principio de un hombre un voto no se sigue en España (ni en muchos –si no en todos– los países democráticos), ya que la ley D´Hondt otorga un valor o peso diferente al voto en circunscripciones distintas. No vale lo mismo el voto de un madrileño, o un habitante de Washington en el caso de Estados Unidos, que el de un leridano, o el de un habitante de California.

Creo que el estado actual del desarrollo tecnológico permitiría, manteniendo el viejo axioma de un ciudadano, un voto, hacer más equitativo el peso del voto de cada ciudadano en función –precisamente– de su grado demostrado de civismo.

Partiendo de la base de que cualquier ciudadano, simplemente por el hecho de ser mayor de edad, tiene un voto que puede utilizar libremente, el ciudadano tendría la posibilidad de que su voto ganara peso conforme a un baremo de ciudadanía. En primer lugar, habría que determinar cual es el máximo peso posible. No parece descabellado pensar que una persona madura, con educación superior, que ha desempeñado un trabajo o profesión en el que ha ido asumiendo mayores responsabilidades, que a su vez ha criado y educado unos hijos, que ha realizado trabajos en beneficio de la sociedad, ha asumido responsabilidades de gestión social, que ha arriesgado su seguridad en profesiones de riesgo, tuviera un voto con un valor doble (por ejemplo) al de otra persona que simplemente acredite ser mayor de edad. Habría que analizar en profundidad cual es el valor máximo a otorgar, seguramente recurriendo al análisis matemático/estadístico de los efectos de tal innovación.

Cada ciudadano, a lo largo de su vida, estaría sujeto a un baremo de ciudadanía. Ese baremo se incrementaría de acuerdo con el propio desarrollo personal. Los títulos educativos, los años trabajados, el desempeño de tareas de interés para la sociedad (voluntariado, gestión pública, ciertas profesiones de riesgo…), la asunción de responsabilidades familiares, mecenazgo, etc. supondrían adiciones a ese baremo. Por otro lado, las acciones antisociales como los delitos sentenciados por la autoridad judicial, infracciones administrativas de especial gravedad o la evasión de impuestos supondrían sustracciones a ese baremo personal. Una persona comenzaría con un valor de 1 e idealmente iría obteniendo valores superiores a la vez que se desarrolla como persona y ciudadano: 1,1; 1,2…1,5… Cabría la posibilidad de que en algunos casos el baremo obtenido fuera inferior a 1, pero en estos casos el valor mínimo efectivo siempre sería 1.

La tecnología permite la instauración de un registro con esas características. Obviamente la gestión de dicho registro, la preservación de su integridad y confidencialidad es un asunto de vital importancia, pero en cualquier caso factible.

Se puede argüir que ese sistema podría entrar en colisión con algunos derechos individuales básicos, como la confidencialidad de los datos personales, y contra el carácter secreto del voto. Creo que, de nuevo, el desarrollo tecnológico permitirá minimizar o incluso obviar esos problemas. No obstante, inicialmente el sistema podría tener carácter voluntario. Cada cual debería ser libre de acogerse o no a él, después de sopesar las ventajas e inconvenientes que para él o ella ofrece el nuevo sistema. Quién no se acoja, mantendría su derecho tal como hasta el momento: un hombre/una mujer, un voto. También a quien se acoge y tiene un baremo por debajo de 1, se le reconocería ese derecho. Quien acepte, deberá asumir que sus datos personales –que ya actualmente están en manos de administraciones e instituciones públicas y privadas– van a estar reunidos en un nuevo registro cívico con objeto de aplicar el correspondiente baremo. Un adecuado tratamiento automatizado y confidencial de los datos obviaría gran parte de las reservas.

En definitiva, esta propuesta consiste en cambiar el 
actual sesgo territorial del voto por otro con el que se potencie la “excelencia ciudadana”. 

Responsabilidad personal versus responsabilidad pública. 

En nuestros días, los políticos gozan de una prerrogativa que no tienen el resto de ciudadanos. Las consecuencias perjudiciales para el bien común de decisiones que se toman en el ejercicio de un cargo electo quedan exoneradas aplicando el principio de responsabilidad política. Los errores cometidos por los políticos, y que en ocasiones son altamente lesivos para el interés general, son condonados con su dimisión o su renuncia a la actividad política. Mientras que el resto de ciudadanos son susceptibles de responder ante la administración de justicia o la administración civil de todas sus acciones tanto en su vida personal como profesional. Ello supone, en la práctica, un estímulo a la irresponsabilidad, una red de seguridad en la toma espuria de decisiones que favorecen el interés de grupos particulares frente al interés general. Particularmente en el ámbito económico, estamos acostumbrados a ver como algunos políticos asumen –involuntariamente o a sabiendas– compromisos económicos, en ocasiones fuera de los más elementales criterios de racionalidad, cuyas consecuencias adversas afloran tiempo después, muchas veces cuando ya han abandonado el cargo. Consecuencias negativas para la sociedad en su conjunto, pero no para ellos, cuyos errores son penados, como mucho, con su alejamiento de la vida pública.

Mi propuesta es asimilar al político con el resto de profesionales. Por supuesto que el político está sujeto al principio de responsabilidad política, pero además debería estar sujeto a un principio de responsabilidad personal por sus acciones profesionales (como político), al igual que lo puede estar un médico, un militar, un piloto, un arquitecto… quienes pueden ser llamados a responder no sólo profesionalmente sino personalmente –con su libertad y/o patrimonio– de sus errores graves. No es venganza lo que se busca con ello, si no la disuasión en ese tipo de comportamientos contrarios al interés general.

Gobierno de la mayoría con respeto a las minorías.
El concepto originario de Democracia es el de gobierno del pueblo (de los ciudadanos) en que las decisiones se toman por mayoría. En una democracia representativa los ciudadanos delegan las funciones de gobierno en unos representantes que son elegidos por ellos mismos. Sin embargo, en muchas ocasiones, observamos que el sistema ha evolucionado de manera que representantes de grupos minoritarios son los que a la postre –mediante coaliciones y estrategias de “lobby”– resuelven que leyes se aprueban, imponiendo sus criterios a unas mayorías silenciosas. La necesaria protección de grupos minoritarios ha derivado en sobrerrepresentación de los mismos, patrocinio de sus postulados y discriminaciones positivas que llegan a invertir los términos de la ecuación, provocando, en ocasiones, una tiranía en que el sentir mayoritario de una sociedad se ve sometido al poder de unas minorías que saben utilizar los resortes que el sistema político dedica a su protección.

Hay muchas formas de corregir esos efectos indeseables, aunque su correcta utilización es tarea delicada, pues a su vez pueden provocar otros efectos igualmente indeseables. Son los expertos los llamados a diseñar su aplicación. Algunas podrían ser: umbral electoral o número mínimo de votos para ser tenido en cuenta, preponderancia de las listas más votadas, sesgo mayoritario en la atribución de escaños, revocación de mandato para que los ciudadanos puedan deponer al representante electo que se desvía del mandato que le han otorgado sus electores…

Contrato “político”.
Otra medida que, a la vista de los incumplimientos flagrantes de promesas que hemos tenido ocasión de ver (y padecer) en los últimos años, parece necesaria, es la instauración de un “contrato político” entre el elegido y los electores, por el cual se exigiría al cargo electo que cumpla los compromisos asumidos en su campaña electoral, y en base a los cuales es elegido. Si los rompe, por acción u omisión, tomando decisiones que van en contra de sus promesas, se consideraría que el contrato ha sido roto y el incumplidor cesado de su cargo fulminantemente.

Esto exigiría responsabilidad tanto al político a la hora de prometer como a sus votantes a la hora de entregar su mandato. El político debería exponer claramente los planes y plazos de ejecución con las que concurre a la elección en temas clave. Ejemplos claros de incumplimiento de un contrato político son: subir impuestos cuando se ha prometido bajarlos, pactar con otra fuerza política cuando se ha dicho que no se haría, no modificar una ley que se ha prometido cambiar o viceversa.

Zaragoza, 23 de octubre de 2019.


Francisco Javier Aguirre Azaña.




25 de septiembre de 2019

Diario del Camino. De Burgos a León.

Diario del Camino de Santiago. De Burgos a León.

Caminar y contarlo.


Francisco Javier Aguirre Azaña

18 y 19 Septiembre 2019. (Burgos y Hontanas)
De nuevo en el Camino. Dispuesto a caminar de Burgos a León durante seis jornadas -cuatro de ellas de 30 kilómetros-. Caminar por las mañanas y escribir por las tardes.
El miércoles -18 de septiembre, 2019- tomo el autobús de la tarde, que desde Zaragoza me lleva a Burgos vía Logroño. Desde Logroño la carretera discurre prácticamente paralela al Camino, que hice la vez anterior. Sentado en la primera fila el autobús veo discurrir los mismos paisajes que recorrí. El autobús para en todos los sitios en que hice noche, excepto en el último: Atapuerca. Todo ello me hace rememorar aquella agradable experiencia.
Recibo una llamada. Mi hermana en Urgencias, otra vez su dolencia recurrente. Una vez en el hotel, en Burgos, consigo hablar con ella. Parece que todo está bajo control, al menos de momento. Iniciaré la travesía tal como tenía planeado -muchas reservas están cerradas y pagadas-.

Paseo los alrededores de la catedral iluminada -ya cerrada- e identifico las calles que llevan al paseo junto al río Arlanzón. Siguiendo el río, hacia el oeste, mañana encontraré el Camino, aunque hoy no he visto ninguna marca en la ciudad. Ceno una pizza en un local detrás de la catedral, en una calle detrás del ábside. No estoy de humor para buscar algún sitio con buena comida local.

Catedral Burgos
Duermo mal y me levanto antes de que suene la alarma del despertador. Después de desayunar en el hotel -hotel Cordón: económico, pero muy céntrico y que proporciona todo lo que un humilde caminante precisa-, me pongo en camino. Aún no son las ocho y la catedral sólo tiene abierta a la oración una capilla a la derecha de la entrada principal. No puedo sellar la credencial del peregrino, tal como tenía pensado. Aunque tengo el sello de la catedral de cuando llegué a Burgos en marzo pasado.
En el puente sobre el río Arlanzón encuentro las señales del Camino y comienzo a seguirlas. Multitud de peregrinos -la mayor parte extranjeros- ya están sobre el Camino. La temperatura es fresca, agradable para el caminante. Será un día soleado, despejado, pero la temperatura máxima no sobrepasará los 25 grados.

El paisaje a lo largo de 30 kilómetros es monótono, suavemente ondulado. Campos de cereal recolectado, de color verde grisáceo, que ni siquiera el sol radiante consigue iluminar. El camino, ancho, blanco o rojizo, serpentea subiendo y bajando levemente, sin una sombra que alivie al caminante.
Hago un alto -un café- en Tardajos, a once kilómetros de Burgos, y otro más -una coca cola y unas avellanas- en Hornillos del Camino, diez kilómetros más allá. Al cabo de seis horas de caminar llego a mi destino del día: Hontanas. Un pequeño pueblo metido en un barranco que desde la Edad Media mantiene su vocación de servicio -bien remunerado, también es cierto- a los peregrinos. Leo que pertenecía al obispo de Burgos y que su razón de existir es precisamente el Camino De Santiago. Muchas casas abandonadas, con techos y muros derruidos. Pero también media docena de albergues, con sus correspondientes bares y restaurantes, que acogen gran cantidad de peregrinos, en su mayoría angloparlantes. Lo que más llama la atención es la iglesia, con sus puertas abiertas de par en par. Al fondo, la imagen habitual de una pequeña iglesia católica, con su torre medieval rehabilitada y preparada como sala de exposiciones. La zona de las puertas es un espacio multicultural, multilingüe y multireligioso, a la vez que comercial: mercadillo de objetos religiosos y buenos deseos laicos en diferentes idiomas, limonada fresca y té caliente, que hay que pagar echando las monedas en unos platillos. En el lateral izquierdo un mural multiétnico y poli confesional: santa Teresa de Jesus y la madre Teresa de Calcuta, Gandhi y Martin Luther King, una activista de derechos civiles africana cuyo nombre no recuerdo y otros personajes religiosos y profanos. Además, velas y una cruz ortodoxas. Delante de la cruz, una mujer joven sentada sobre una alfombra roja en posición de yoga. Una estantería con biblias en más de una docena de idiomas, marcadas con sus correspondientes banderas identificativas. Pienso que el párroco debe ser un personaje curioso y que el escaso número de feligreses del pueblo se le debe quedar corto.
Hontanas

Ceno en el albergue, que cuenta con unas instalaciones modernas y bien cuidadas. En el exterior, una gran explanada elevada, con sombrillas, mesas y sillas, desde la que se puede ver la puesta de sol con el pueblo y la torre de la Iglesia en primer plano.

Hontanas, 19 de septiembre de 2019.



20 Septiembre 2019. (Boadilla del Camino)
Después de una noche de sueño inquieto y un frugal desayuno -café con leche y una tostada de pan con más agujeros que miga-, me pongo en camino poco antes de las ocho. Todavía entre las sombras nocturnas, algunos peregrinos van abandonando los albergues y tomando la calle Real de Hontanas, por la que discurre el Camino. La fresca bruma matinal desaparece conforme el sol se levanta lentamente a la espalda del caminante. 
Tras cuatro kilómetros, el camino que discurría paralelo a la carretera, se junta con ella. Hay que caminar por asfalto un buen trecho. Al poco, paso entre las impresionantes ruinas del convento de San Antón. Fundado en 1146 por Alfonso VII y en el que los monjes antoninos trataban a los peregrinos y lugareños de una enfermedad conocida como “el fuego de San Antón”. 


Convento de S. Antón

Al cabo de ocho kilómetros llego a Castrojeriz. Primer alto, café, agua y chaqueta a la mochila. La temperatura ya ha subido, aunque es agradable. El cielo encapotado. Antes de abandonar el pueblo comienza a lloviznar. Continúo. La lluvia empieza a ser más densa. A la salida de Castrojeriz tengo que parar y ponerme la capa de lluvia. Enseguida deja de llover y vuelve de nuevo el sol, unos instantes. Me quito la capa para afrontar la subida del Alto de Mostelares, unos cien metros de desnivel desde el valle del Río Odra. Este tramo acelera el ritmo cardíaco.

En la Fuente del Piojo, donde hay árboles, mesas y bancos de cemento, hago el segundo alto. Quedan unos diez kilómetros. Me quito las botas. Bebo agua y como unas avellanas antes de afrontar el último tramo de la jornada. Quiero llegar sobre las dos, hora a partir de la cual hay previsión de tormentas.
Poco después llego a Puente Fitero, sobre el río Pisuerga. Allí mismo comienza la provincia de Palencia y su Tierra de Campos. 
Poco a poco, el Camino deja atrás cada vez más territorios y se aproxima a su ecuador.
El paisaje es parecido al de ayer. Algo más ondulado. Los campos de girasol -listos para su cosecha- se alternan con los de cereal ya recogido. Los colores, verdes y grises, son más vivos y el verde de los árboles salpica con mayor profusión el horizonte. Aunque el Camino sigue discurriendo sin el amparo de una sombra. Afortunadamente la temperatura no pasa de 25 grados, a pesar de que las nubes ahora han desaparecido y el sol luce radiante pronto a alcanzar su cenit. La marcha se hace más pesada y monótona, fatigosa bajo un sol cada vez más intenso.

Las casas de Boadilla del Camino se ven a lo lejos, pero aún faltan unos kilómetros. Dos mujeres canadienses, con las que me he ido cruzando toda la mañana, aceleran el paso y me sobrepasan. Yo también incremento el ritmo y no dejo que ganen distancia, para finalmente pasarlas en la entrada del pueblo y llegar primero al albergue. 
El albergue “El Camino” está lleno de gente. Todos hablan inglés, unos con más acierto que otros. Me alegro de haber reservado previamente una habitación individual. Se encuentra en un edificio al otro lado de la calle. Una especie de hotelito rural con instalaciones modernas y limpias. Libre de la aglomeración del albergue. Recojo la mochila grande que ya ha llegado y voy a la habitación. Me quito botas y calcetines y me calzo las sandalias que permiten expandirse a unos píes que ya notan los 60 kilómetros de los dos últimos días.  Vuelvo al albergue y pido un bocadillo de tortilla de atún y una gran jarra de cerveza -creo que me la he ganado-. Todas las mesas del patio están llenas, así es que me lo tomo sentado a la mesa donde el hospedero va atendiendo a los peregrinos: ingleses, franceses, alemanes, chinos, taiwaneses, japoneses ¿Pero es que no hay españoles en este Camino de Santiago? Parece que pocos. Está mañana sólo he encontrado a dos hombres mayores en su última jornada antes de regresar a Barcelona. 
Boadilla del Camino

Boadilla del Camino tiene poco que ofrecer. Una iglesia del siglo XVI -que no puedo ver, puesto que está cerrada-. Lo más destacable es un rollo gótico -una magnífica columna muy decorada con motivos animales, jacobeos y ángeles- erigido junto a la iglesia en el siglo XV, como símbolo de la autonomía jurisdiccional que otorgó Enrique IV a la población.

Boadilla del Camino, 20 de septiembre de 2019.



21 Septiembre 2019. (Carrión de los Condes)
Hoy me levanto un poco más tarde -la distancia a recorrer es inferior que los días pasados-. Poco después de las ocho y media inicio la andada. Se pueden ver algunos charcos provocados por la lluvia nocturna, pero no son obstáculo para andar cómodamente. Una vez abandonado Boadilla del Camino, pronto se llega al Canal de Castilla. El Camino discurre pegado a su ancho cauce durante casi cuatro kilómetros. Es una caminata muy agradable, sintiendo el frescor matinal junto a los juncos y la vegetación de las orillas, bajo la doble hilera de árboles -una a cada lado- que bordean el canal.

Canal de Castilla
El Canal de Castilla es una impresionante obra de ingeniería hidráulica realizada entre mediados del siglo XVIII y el primer tercio del XIX. Iniciativa del Marqués de la Ensenada (ministro de Fernando VI) con objeto de permitir el transporte -mediante barcazas arrastradas por bestias de tiro- del trigo de Castilla hacia los puertos del Cantábrico y de allí a otros mercados. La llegada del ferrocarril lo dejó obsoleto. Posteriormente se utilizó para mover molinos de harina y batanes, y actualmente el principal uso es para riego.

S. Martín (Frómista)
Al llegar a Frómista se pueden admirar las cuatro esclusas del canal que sirven para salvar más de catorce metros de desnivel. También en Frómista es obligada la visita a la iglesia románica de San Martín (siglo XI). Me llama la atención la multitud de figuras, a modo de gárgolas, bajo los aleros de puertas y tejados, los capiteles de las columnas interiores y el cimborrio octogonal. Pero sobre todo, el ajedrezado jaques (propio de la catedral de Jaca y por ende del Pirineo aragonés) que hay bajo las cornisas exteriores y en el interior, a diversas alturas. Y que se repite en la Iglesia de Santiago del vecino Carrión de los Condes.

Después de tomar un café, continúo camino. De Frómista a Carrión de los Condes hay 19 kilómetros por un camino recto, llano y ancho, que discurre junto a la carretera y cruza hasta cuatro pequeños pueblos. La marcha se hace monótona. El paisaje se mantiene sin cambios: campos prácticamente llanos de cereal y algunos de girasoles. Árboles en el horizonte, sobre todo a lo largo de lo que deben ser canales de riego. Lo único que cambia son los hitos kilométricos de la carretera: 12, 11, 10, 9, 8, 7...
El cielo se va cubriendo de nubes grises que ocultan el sol y amenazan lluvia. Un viento suave, a pesar de soplar del Sur, refresca el ambiente. Camino solitario, junto a una extensa chopera. El viento mueve las largas ramas verticales de los árboles y agita sus hojas, que chocan entre sí produciendo un sonido coral magnífico.
Durante un alto en una zona de descanso consultó el móvil: previsión de lluvia a partir de las dos de la tarde. Tiempo justo para llegar a mi destino antes que la lluvia. Acelero la marcha: once minutos el kilómetro. Sin embargo unos kilómetros antes de llegar comienza a caer una lluvia fina que combinada con el viento empapan mi costado izquierdo, mientras el derecho permanece seco. Me resisto a protegerme con la capa de lluvia, empeñado en llegar cuanto antes. Pero finalmente, cuando quedan dos kilómetros, paro unos instantes para sacar la capa de la mochila y ponérmela. El viento dificulta la operación, pero cuando me la pongo agradezco el calorcito que proporciona.

Monasterio de S. Zoilo
Tengo que atravesar todo el pueblo para cruzar el río Carrión por el puente que se encuentra en el otro extremo. Llego al hotel, que se encuentra en el monasterio benedictino de San Zoilo. Un magnífico edificio del siglo XI que ahora acoge un hotel de cuatro estrellas, sin duda el mejor que he visitado a lo largo de todo el Camino. La habitación combina una decoración apropiada a semejante sitio histórico con las comodidades de un buen hotel. Desde las ventanas se ve uno de los claustros.

Después de una ducha caliente para deshacerme del frío, voy al comedor, donde como opíparamente. Durante la tarde hago una rápida visita a la población. Entro en la antigua Iglesia de Santiago, quemada durante la guerra de Independencia y que ahora es un pequeño museo de arte sacro. Lo más destacado, su fachada románica, y la portada con una interesante colección de oficios de la época, entre ellos: la famosa bailarina contorsionista, acuñación de moneda, la plañidera, músicos, etc. Los capiteles muestran la lucha entre el bien y el mal. 

Carrión de los Condes, 21 de septiembre de 2019.


22 de Septiembre de 2019. (Terradillos de los Templarios)
Hoy también inicio la caminata algo más tarde, pasadas las ocho y media. Es domingo y tomo mi tiempo para desayunar abundantemente en el buffet del hotel. Hay charcos en el camino y hace fresco -10 grados-. El cielo está totalmente cubierto y sopla el viento, hoy de cara. Pero la previsión meteorológica es tiempo seco, así es que camino confiado. Hoy tengo por delante una etapa corta -25,5 kilómetros-, preludio de los 30 kilómetros de mañana y pasado. La ampolla del píe derecho, que atravesé con un hilo ayer, no me molesta. Espero no tener dificultad en completar todas las etapas y llegar a León.

Vía Aquitana
Entre Carrión de los Condes y Calzadilla de la Cueza median 17 kilómetros sin población alguna. Tan sólo un bar de circunstancias, aprovechando un contenedor, que a mitad de recorrido ha montado algún paisano emprendedor. Los últimos 12 kilómetros se hacen por una recta sobre el trazado original de una calzada romana -la Vía Aquitana- que unía Burdeos con Astorga. Hace más de 2000 años ya había caminantes que pisaban este mismo terreno. La Vía sigue siendo utilizada por vehículos y tractores, aunque afortunadamente son muy escasos.

El paisaje sigue siendo el castellano de Tierra de Campos, como los días anteriores. Si bien durante la primera parte del recorrido de hoy es más arbolado y verde. No paro en Calzadilla. Hay un bar con una gran terraza llena de gente. Quiero llegar pronto a mi destino, pues a pesar de haber reservado una habitación, no sé qué es lo que me voy a encontrar. Paro unos minutos a unos tres kilómetros.
De Calzadilla de la Cueza a Terradillos de los Templarios, el terreno es algo más abrupto. Un andadero paralelo a la carretera evita el asfalto de la N-120. Esta carretera es la que va siguiendo el Camino desde Logroño y con la que el peregrino se cruza una y otra vez.

Llego a Terradillos de los Templarios al cabo de cinco horas de andar. El albergue, de nombre pomposo, Jacques de Molay -último Gran Maestre de la Orden del Temple-, es el más sencillo en el que he estado hasta ahora. Una habitación con dos camas sin sábanas, una mesilla y una silla; baños comunitarios. El pueblo -antiguo señorío de la orden del Temple- tampoco tiene nada que ver. 

Alto Torbosillo
Dedico el tiempo a escribir y leer, y así descubro que según una leyenda la famosa gallina de los huevos de oro está enterrada en este pueblo: En el siglo XII había en las cercanías de Terradillos un hostal de peregrinos (hoy derruido) que llevaba el nombre de San Juan y que era protegido por los caballeros del Temple. Fue en este lugar donde los últimos templarios enterraron a la famosa gallina de los huevos de oro. Los vecinos han ubicado tradicionalmente en el Alto Torbosillo (al norte del pueblo) el emplazamiento donde se esconde el preciado animal. Según la leyenda, había en la localidad una parroquia, la de San Esteban (no se conserva en la actualidad), cuyo párroco llevaba cada año a Santiago un huevo de oro. Hasta que un día, el cabildo compostelano le dijo que no querían un solo huevo, que querían la gallina. Para que no se la pudiera llevar, los templarios la enterraron en el Alto de Torbosillo. La gallina está asociada desde tiempos inmemoriales con el preciado metal y también la Orden del Temple y su enriquecimiento, que algunos ligaban a su dominio del arte de la alquimia y, por tanto, la fabricación de cantidades ingentes de oro.

Terradillos de los Templarios, 22 de septiembre de 2019.


23 Septiembre 2019. (El Burgo Ranero)
Tras una noche en la que me ha sido difícil conciliar el sueño y después de tomar el tradicional desayuno del peregrino (café con leche, pan tostado con mantequilla y mermelada, y zumo de naranja), comienzo a caminar unos minutos antes de las ocho, todavía entre sombras. Me espera una larga andada -30,6 kilómetros-. A la salida de Terradillos de los Templarios encuentro el paisaje habitual de los últimos días: una pista que avanza entre campos de cereal y alguno de girasoles, no faltan árboles aquí o allá. Este paisaje me acompaña hasta el cercano Moratinos, que presume de bodegas excavadas en un montículo y casas de adobe (masa de barro mezclada a veces con paja). Observó que el adobe es muy empleado en las construcciones de toda la zona. Pasado Moratinos se encuentra San Nicolás del Real Camino -sonoros y grandes nombres para pueblos pequeños, como es frecuente en Castilla-, último pueblo del Camino de Santiago a su paso por Palencia. Me gusta caminar a estas primeras horas del día, solitario, en silencio. En el ambiente brumoso, la promesa de un nuevo día que aún no sabes que traerá.

Abandono la provincia de Palencia y entró en la de León -la provincia con más kilómetros de itinerario jacobeo-, aunque sorprendentemente no veo ningún cartel que lo señale. Parece que el paisaje también cambia poco a poco, el terreno se hace algo más movido, menos uniforme. Antes de entrar en Sahagún se encuentra el centro geométrico del Camino Francés, lo que significa que en dieciséis jornadas andarinas he cubierto la mitad del camino entre Roncesvalles y Santiago.

Santa María Peregrina
Al llegar a Sahagún hago el primer alto después de trece kilómetros. Un café y un poco de pudding mientras me descalzo las botas. Pregunto cómo llegar al Santuario de Santa María Peregrina y me dirijo allí. El Santuario, antiguo convento franciscano, es ahora un museo donde proporcionan al peregrino la acreditación de haber rebasado la mitad del Camino Francés. La “media Compostelana” como me dijeron en el albergue de Terradillos. Con el certificado en la mochila, procedo a iniciar la segunda mitad de la empresa.

Pasado Sahagún se llega a una bifurcación en la que se puede proseguir el Camino Real tradicional o desviarse por la Vía Trajana, a través de Calzada del Coto. El cruce está en una zona donde confluyen la N-120 y la autovía, y no debe estar muy bien señalizada. Yo me limito a seguir las marcas que me hacen cruzar la autovía por un puente de la carretera y me llevan al pueblo de Calzada. Atravieso el pueblo y encuentro otra bifurcación. El ramal de la izquierda, después de un trecho, vuelve a cruzar la autovía y conecta con el Camino Real. Aunque después de haber andado tres kilómetros más de los necesarios. Maldigo en mi fuero interno a los creadores de confusión que con malas artes hacen desviarse a los peregrinos para que pasen por delante de sus bares, restaurantes y tiendas. Es una picaresca que no es la primera vez que veo. Espero que Santiago les pida cuentas. Tampoco estaría de más que la Administración competente pusiese indicaciones claras para informar al peregrino de las opciones que se le presentan.
Una vez retomado el Camino, encuentro un sendero que discurre recto, paralelo a la carretera y bajo una hilera de plataneros de más de doce kilómetros, hasta El Burgo Ranero, mi destino de hoy. Aproximadamente a mitad de esa distancia se encuentra Bercianos del Real Camino, donde paro para comer una ración de morcilla de León (picado de morcilla a la plancha que se pone sobre pan tostado, como si fuera paté) y una cerveza. El alto para obtener la “media Compostelana” y el tiempo perdido en el rodeo involuntario hacen que hoy vaya con retraso y decida comer antes de llegar a mi destino, como hago normalmente. Finalmente, llego al albergue La Laguna a las cuatro de la tarde. A pesar de lo tardío de la hora no he pasado calor, la temperatura a esas horas era de 18 grados, atemperados por un viento fresco que hoy soplaba del suroeste.

El pueblo no tiene nada que ver. Una pequeña laguna con ranas, de ahí los nombres del albergue y del propio pueblo (Ranero). Un bar para cenar: sopa de cocido y bistec con patatas fritas. Se le han acabado los manteles de papel y la camarera me lo compensa poniéndome vino “del bueno”.

El Burgo Ranero, 23 de septiembre de 2019.

24 y 25 Septiembre 2019. (Arcahueja y León)
Antes de amanecer salgo del albergue y voy a desayunar al mismo bar de ayer. Me pongo en camino unos minutos antes de las ocho, hora en la que comienza a amanecer. Las calles están mojadas por la lluvia nocturna. El cielo preñado de nubes oscuras que presagian más lluvia. Sin embargo, el móvil dice que no lloverá hasta las dos de la tarde. Parece que hoy también tendré que apresurarme para llegar antes que lo haga la lluvia.
Retomo el Real Camino Francés. El paisaje hasta Mansilla de las Mulas es calcado al de ayer: una pista recta bajo una hilera de plataneros, paralela a la carretera -después de diez kilómetros, una única curva en el cruce con la vía del ferrocarril-. Extensas llanuras de cultivo con escasas ondulaciones y algunos árboles que se concentran en los cursos de los arroyos y canales de riego. El maíz comienza a ganar presencia y se hace mayoritario conforme avanzo. 

Como me espera otra larga etapa de 30 kilómetros, me digo que voy a seguir la rutina que me he fijado estos días: primera parada después de dos horas, algo más de diez kilómetros; me quito las botas durante diez minutos; un trago de agua. A continuación, otras dos horas de caminar. Nueva parada; botas fuera durante otros diez minutos; más agua para hidratarme bien; algo de comer: avellanas, almendras, chocolatinas... Hay que recuperar fuerzas para afrontar la última parte, siempre la más trabajosa, sobre todo cuando la temperatura ambiente se eleva al mediodía. En el último tercio de cada etapa hago paradas más frecuentes, no más de una hora seguida caminando. Bebo agua más frecuentemente y procuro mantener el ritmo de más de 5 kilómetros la hora. De esta manera hago los 30 kilómetros en algo menos de seis horas caminando, a lo que hay que sumar los altos: media hora aproximadamente. Llegada a las dos y media, buena hora para comer algo en el punto de destino.

En fin, es bueno hacer planes, pero hay que adaptarse a la realidad. Hoy, la realidad es que en el bar Gil de Reliegos hay buen café y buenos almuerzos, aunque yo sólo tomo bizcocho de manzana, excelente. Y en Mansilla de las Mulas hay mercado en la plaza: frutas y verduras, quesos y embutidos. No puedo dejar de echar un vistazo, aunque no esté dispuesto a cargar con más peso. Y en Puente Villarente, como su nombre indica, un soberbio puente de veinte ojos que hay que admirar desde la pasarela que acertadamente han construido para los peregrinos.

Puente Villarente
Pasado Mansilla de las Mulas, el Camino transcurre en su mayor parte pegado a la carretera N-601, obligando en muchas ocasiones a ir por asfalto. El paisaje se torna más urbano, anuncia la proximidad de la capital.

León
Después de un último alto cinco kilómetros antes de llegar, alcanzo mi destino: el hotel Camino Real de Arcahueja. Afortunadamente no se ha cumplido la predicción de lluvia y llego sin novedad a las dos y media. Ducha y comida en el hotel. Tarde de descanso; consulta de itinerario para mañana, de horarios de tren y autobús. Y tiempo para escribir estas líneas, como todos los días. Mañana completaré los siete kilómetros que me separan de la catedral de León, punto final de este viaje. E iré a coger el autobús o el tren de vuelta a Zaragoza. El resto del Camino, poco más de 300 kilómetros, me tendrá que esperar.

Arcahueja, 24 de septiembre de 2019.