26 de julio de 2023

Nueva edición: Rutas por los vestigios de la Guerra Civil. Campaña de Teruel.

La primera edición fue publicada a finales de 2020. 

Manteniendo las rutas de la primera edición, esta segunda edición es fruto de un estudio minucioso de la documentación histórica que se conserva en los archivos militares, lo que ha permitido corregir algunos errores en las síntesis históricas incluidas en la edición anterior, que por su parte, recogían información procedente de fuentes secundarias.

También se actualizan algunos mapas, que suministran una información más completa y proporcionan coherencia al conjunto.


24 de junio de 2023

Historias olvidadas.

Durante el XX Congreso de la Asociación Aragonesa de Escritores (AAE), celebrado el día 24 de junio de 2023, en Daroca, se ha presentado el número 28 de la revista IMÁN. Su equipo directivo ha tenido a bien incluir un artículo mío con algunos retazos de historias de la Historia común de Báguena y Daroca.

     








Revista Imán / Historias olvidadas





5 de junio de 2023

General Mariano García Esteban.

 Efemérides.

Cinco de junio de 2023. Tal día como hoy, hace cien años, se produjo el hecho de armas por el que Mariano García Esteban fue condecorado con la Medalla Militar individual (recompensa al valor por hechos y servicios muy notorios y distinguidos, realizados frente al enemigo) y con la Cruz de la Real y Militar Orden de San Fernando (conocida popularmente como Laureada de San Fernando, la más preciada condecoración militar del Ejército español), convirtiéndose en el primer carrista español en lograr tal distinción.


Biografía.

Mariano García Esteban a los 29 años. 

Mariano García Esteban nació en Báguena (Teruel) el 17 de octubre de 1894 y falleció en Teruel el 14 de agosto de 1971. De origen humilde, procedía de una familia de labradores, consiguió por su valor acceder a todos los empleos militares, desde soldado hasta general de brigada.

Ingresó en el mes de marzo de 1915 en el Ejército, sentando plaza como soldado voluntario en el Regimiento de Infantería de Mahón, en el que al año siguiente obtuvo el empleo de cabo y en julio de 1917, el de sargento por elección. En marzo de 1922 se incorporó a la Escuela Central de Tiro, en Madrid, para el servicio de ametralladoras de los carros ligeros de asalto, incorporándose al campamento de Carabanchel en donde realizó el correspondiente curso de instrucción como tirador. En abril de ese año se incorporó a la 2.ª sección de la Compañía de Carros de Asalto destacada en el campamento de Dar Drius, sector de Melilla, comenzando de inmediato a prestar servicio de campaña y participando, en calidad de jefe de carro y ametrallador, en diversas acciones de guerra, generalmente en misiones de reconocimiento de pistas y en vanguardia de los dispositivos de protección de convoyes a las posiciones avanzadas, siendo citado en varias ocasiones como distinguido en las respectivas ordenes de operaciones de su unidad, particularmente tras las operaciones de ocupación de Buhafora, Tafersit y Tizzi Aza. Tras varias jornadas de intensos combates, el 31 de mayo combatió en el barranco de Buhafora, siendo de nuevo citado como distinguido en la relación unida al parte dado de la operación. El 5 de junio de 1923 intervino con su Compañía de Carros de Asalto en la protección de un convoy organizado en Dar Drius para abastecer las posiciones avanzadas de Tizzi Aza y Benítez.

La real orden de concesión de la Cruz de la Real y Militar Orden de San Fernando narra los hechos que le hicieron acreedor a tan alta distinción: «Resultando que el mencionado día el carro de asalto de Infantería número 9, del que era jefe, avanzó en virtud de órdenes recibidas sobre las trincheras enemigas, siendo recibido con nutridísimo fuego, consiguiendo no obstante desalojarlas y causar numerosas bajas. Que una vez alcanzado el objetivo propuesto y ya rebasada la línea de trincheras, ordenó al conductor que hiciese alto con el doble objeto de evitar consumo y hacer fuego con mayor precisión, sobre un grupo de moros que descubrió parapetados en un morabito a su izquierda, pero apenas iniciado el fuego, un proyectil disparado a muy corta distancia, penetró por la mirilla de la torre desde la que observaba al enemigo, produciéndole heridas que le causaron instantáneamente la pérdida del ojo derecho y grave lesión en el izquierdo con pérdida total de la vista. Que sobreponiéndose al intenso dolor producido por las heridas conservando la imagen y situación del enemigo y demostrando una fortaleza de espíritu y una abnegación difícilmente igualada continuó haciendo fuego por ráfagas, hasta consumir el último cartucho de la cinta que tenía puesta en la ametralladora, con objeto de evitar el efecto moral que hubiera producido en el enemigo si no se continuaba disparando desde el carro, regresando finalmente a la segunda línea desde la que fue evacuado».

Mariano García Esteban herido.

Distinciones.

En recompensa a su heroica acción le fue concedida la Medalla Militar individual por real orden de 22 de noviembre de 1923, siendo al mes siguiente ascendido al empleo de suboficial por méritos de guerra. Cinco años más tarde, por circular de 27 de noviembre de 1928 (Diario Oficial del Ministerio del Ejército núm. 262, de 28 de noviembre de 1928), se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando. Ambas condecoraciones le serían impuestas por Alfonso XIII en un solemne acto celebrado en el parque del Retiro de Madrid.

En junio de 1924, tras una larga y dolorosa convalecencia, fue excluido del servicio por pérdida total de visión, fijando su residencia en Teruel y pasando en noviembre al Cuerpo de Inválidos, en el que llegó a alcanzar el empleo de general brigada, con antigüedad de 1960, como caballero mutilado absoluto.


Memoria histórica.
Báguena.
En su lugar de nacimiento, Báguena, le fue dedicada una calle con el nombre de García Esteban y, asimismo, le fue levantado un busto en la plaza de la Iglesia, en el que aparece con gafas oscuras, que siempre llevaba puestas, y luciendo sobre el uniforme la Cruz Laureada y la Medalla Militar individual. 
Teruel.


Y, la ciudad de Teruel dio el nombre de Laureado García Esteban a una de sus calles.


La Compañía de Carros de la Academia de Infantería de Toledo adoptó para su designación el nombre de «García Esteban», como primer militar español que se hizo acreedor a la cruz laureada combatiendo en unidades de carros de combate.


Con ocasión del centenario de la creación del arma acorazada, en el año 2022, el Centro de Formación de Tropa n.º 2 (San Fernando, Cádiz), bautizó uno de los dos carros de combate M60 cedidos por el TEAR (Tercio de Armada) para ornamentación, con el nombre del sargento de infantería, Cruz Laureada de San Fernando, Mariano García Esteban, para rememorar al héroe de la campaña de Melilla en 1923.

Carro de combate y placa dedicados a Mariano García Esteban.


El día 25 de noviembre de 2023, el Regimiento Acorazado Alcázar de Toledo nº 61 (Madrid) realizó, en Báguena, un acto homenaje en conmemoración del centenario de la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando al sargento Mariano García Esteban.

Carteles acto militar, 25 noviembre 2023






                 Video acto militar                                                                        Video declaraciones


Publicación militar


Enlaces.

Real Academia de Historia. Biografía de Mariano García Esteban.


Diario Oficial del Ministerio del Ejército núm. 262, de 28 de noviembre de 1928. Concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a Mariano García Esteban.


Recordatorio de Mariano García Esteban.


31 de mayo de 2023

Un estudio de la Escuela de Estado Mayor: El dilema de Teruel (Diciembre 1937): razones para aceptar-rechazar un enfrentamiento decisivo.

ESFAS
Tengo el privilegio, y el honor, de formar parte del elenco de profesores asociados de la Escuela Superior de la Fuerzas Armadas (ESFAS), para la tutorización de los trabajos de fin de curso del Curso de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. Y, en esa calidad, he tenido la oportunidad de dirigir la investigación realizada por el comandante Pablo Francisco Pérez (alumno del XXIV Curso) sobre la Campaña de Teruel, durante la guerra civil española. Es ese un tema al que he dedicado bastante tiempo en lecturas e investigación, sobre el que he publicado y conferenciado; y por ello me ha resultado una experiencia muy estimulante.

El comandante Pablo Francisco ha elaborado un magnífico estudio que responde al siguiente título: El dilema de Teruel (Diciembre 1937): razones para aceptar-rechazar un enfrentamiento decisivo. Constatación satisfactoria de que academias y escuelas militares continúan prestando atención a la historia militar, y que de ella se pueden seguir sacando enseñanzas útiles para el futuro; pues la guerra, a pesar del desarrollo tecnológico, sigue rigiéndose por principios inmutables a lo largo del tiempo.

Más allá de una mera descripción de las operaciones de nivel táctico, el autor realiza un análisis de las estrategias enfrentadas de los bandos contendientes, de la situación de partida en los aspectos social, económico, político y diplomático, y por supuesto militar, y de los objetivos que pretendían alcanzar cada una de las partes con el enfrentamiento. También analiza el desarrollo operacional (materialización del denominado arte operacional) de las cadenas de mando republicana y franquista, a la luz de los principios de la doctrina para el empleo de fuerzas armadas y escritores militares como Jomini, Clausewitz o Liddell Hart, quienes han sentado las bases del pensamiento militar moderno.

Es decir, el tipo de estudio que se espera de una escuela y un curso de Estado Mayor. Y todo ello, desde una aproximación exquisitamente neutral y objetiva, basada en documentación histórica. Algo que fue reconocido y apreciado por el tribunal examinador del trabajo, compuesto por profesores de la Universidad Complutense (UCM) y de la ESFAS.

Por ello, considerando que este texto es un valioso complemento a otros trabajos recogidos en el blog de FJA2, aquí se incluye tanto el texto completo como un resumen.

CESEDEN


El dilema de Teruel (Diciembre 1937): razones para aceptar-rechazar un enfrentamiento decisivo.


Artículo-Resumen: El dilema de Teruel (Diciembre 1937).


30 de abril de 2023

Comandante (carlista) Pedro Calvo Fuertes. Caballero de la lealtad.

Comandante Pedro Calvo Fuertes con uniforme carlista, 1875.

Pedro Calvo Fuertes era el quinto de ocho hermanos, nacido en el seno de una familia profundamente religiosa y tradicionalista. Su partida de bautismo, que se conserva en el Archivo Histórico Diocesano de Teruel, dice literalmente:

«En la iglesia parroquial de Báguena a veintinueve de diciembre de mil ochocientos cuarenta y ocho, yo el infrascrito Cura párroco de la misma bauticé solemnemente un niño. Nació en este pueblo a las diez de la noche próxima antecedente, hijo legítimo de D. Joaquín Calvo natural de Hinojosa y Dª Josefa Fuertes de Santa Eulalia, Diócesis de Teruel, vecinos de este pueblo, y legítimos cónyuges. Llamase Pedro Tomás. Fue su padrino D. Pedro Mateo, natural de Muel y vecino de Calamocha, al que declaré el parentesco espiritual que contrajo y obligación que tenía de enseñarle la Doctrina cristiana en falta de sus padres. Es el quinto de este matrimonio. Abuelos paternos D. Agustín Calvo de Hinojosa y Dª Antonia Doñero de Ybdes, Diócesis de Tarazona, maternos D. Francisco Fuertes de Santa Eulalia y Dª Nicolasa Vázquez, Diócesis de Sigüenza en Molina.
Y para que conste lo firmo en el expresado día, mes y año.
José Guitarte – Cura».

Cursó estudios en los Escolapios de Daroca. Con 16 años, decidió optar por la carrera militar. El 28 de junio de 1865, la Dirección General de Infantería le concedía la real gracia de aspirante supernumerario para hacer el examen de acceso al Colegio de Infantería de Toledo. La noticia le fue remitida a su propia casa con poco margen de tiempo para prepararse como correspondía el examen de ingreso, pues fue recibida el 13 de julio y se le indicaba que debía presentarse el 19 en Toledo, para hacer el examen. Concurrió el joven Calvo, teniendo la mala fortuna de no aprobar. La suerte hizo que la Dirección otorgara gracia especial de segundo examen a los no aprobados en el primero. Finalmente, fue admitido sentando plaza como cadete el 7 de septiembre de 1865. El 4 de febrero de 1866 prestó juramento de fidelidad a la bandera. Pero no fue el joven Calvo el cadete que podía desearse. El 23 de marzo fue castigado con doce días de arresto en la sala de corrección, y a finales de septiembre fue expulsado por disposición del Director General de Infantería como autor de los acontecimientos que tuvieron lugar en la noche del día 12 de dicho mes y año, aunque el expediente no recoge lo sucedido.

Perico, como así lo llamaban en su familia y en su círculo íntimo de amigos fue un hombre al que de joven le costó sentar la cabeza, valiente y audaz, exigente con los compromisos adquiridos, tanto suyos como de los demás, y de una incuestionable rectitud.

Su vida entre el alzamiento tradicionalista del 9 de octubre de 1873, llevado a cabo en Luco de Jiloca (Teruel), durante la tercera guerra carlista, hasta el fracaso de la toma de Teruel (3 de julio de 1874), está unida a la del general Manuel Marco y Rodrigo, conocido como Marco de Bello. Producido el alzamiento carlista en la noche del 8 al 9 de octubre de 1873, poco a poco fueron presentándose en Luco todos los comprometidos con las gentes que pudieron reunir. Entre ellos los hermanos Pedro y Joaquín Calvo Fuertes, con una veintena de voluntarios de Báguena y Burbáguena. Pedro, el mayor, desde el primer momento se incorporó al cuartel general con carácter de ayudante del general Marco, quien lo cita frecuentemente en su correspondencia. En una carta a su hermano decía: «Perico Calvo, mi ayudante, vale muchísimo más de lo que yo creía; es completo, en toda la extensión de la palabra». También fueron sus ayudantes los hermanos Florentino y Manuel Polo y Peyrolón.

El general Marco de Bello logró organizar un ejército carlista en Aragón, que partiendo de la nada llegó a contar con 4000 hombres; fundó un colegio de cadetes en Cantavieja y organizó la administración y el cobro de las contribuciones (impuesto anual con el que se sufragaba la causa). Al parecer era mejor administrador que táctico ‒no era militar profesional‒, achacándosele pasividad en las operaciones militares. La biografía de Marco de Bello se puede encontrar entre las de la Real Academia de la Historia (https://dbe.rah.es/biografias/16736/manuel-marco-y-rodrigo) y en varias publicaciones como en la Revista Xiloca, núm. 8, de noviembre 1991. Por lo que conociendo los sucesos vividos por él en ese periodo, podemos conocer igualmente los de su ayudante Pedro Calvo.

Hecho destacable es la acción dirigida por el comandante Pedro Calvo el 12 de abril de 1874, con la que se hizo por sorpresa con Daroca, plaza que conocía bien por haber estudiado en ella. Manuel Polo y Peyrolón ‒escritor y parlamentario, católico y carlista‒ la relata en las páginas 180 a 183 de su novela El guerrillero, «Novela tejida con retazos de la historia militar carlista». En nota a pie de página escribe: 

«Refiere Pirala [Antonio Pirala, político e historiador] esta sorpresa, en el fondo, tal como acaeció, pero omitiendo detalles y quitándole importancia. Tal como relatada queda la llevó a feliz término D. Pedro Calvo, ayudante de Marco, tan prestigioso y conocedor del país como valiente y sereno que reside actualmente en Báguena»

Además, Manuel Polo y Peyrolón escribe en una dedicatoria: «Recuerdo afectuoso del autor a su querido amigo y correligionario D. Pedro Calvo, verdadero director de la sorpresa de Daroca». La versión de los defensores (Guardia Civil y Voluntarios, al servicio del gobierno republicano) sostiene que estos mantuvieron los fuertes (Puerta Alta y Colegio de Escolapios), desde los que se defendieron produciendo algunos muertos y heridos a los carlistas, aunque coinciden en que pactaron con los carlistas su entrada en la ciudad para cobrar la contribución, llevándose aquellos 4000 duros y 36 caballos de la Guardia Civil.

Las dos últimas acciones protagonizadas por el general Marco y su ayudante Pedro Calvo son la de La Pobleta (Valencia) y Teruel. El general Marco tomó posiciones en las alturas denominadas de la Cogulla que dominan el desfiladero de La Pobleta sobre la carretera de Alcañiz a Morella. El día 21 de junio de 1874, a las cinco de la mañana, las fuerzas gubernamentales del capitán general Romualdo Palacio, compuestas por doce batallones, 500 guardiaciviles y 600 jinetes, con 18 cañones, tomaron contacto con las fuerzas carlistas, trabándose un enconado combate en el que durante cinco horas y media los carlistas lograron resistir el fuego incesante de la artillería y la fusilería republicana sin ceder terreno. Finalmente, las fuerzas de Marco se retiraron, aunque con orden, sin que les hicieran prisioneros, ni siquiera heridos. Según el parte dado por el capitán general, las pérdidas carlistas ascendieron a 44 muertos y numerosos heridos; las republicanas consistieron en 8 muertos, 15 heridos, varios soldados contusos y un oficial herido levemente. En la relación de hechos mandada por el general Marco, este dice que hubo de retirarse al no recibir el refuerzo del general Palacios, a quien el infante Don Alfonso (general en jefe del ejército de operaciones carlista y hermano menor del pretendiente al trono, Don Carlos de Borbón) había dado la orden de ponerse a disposición de Marco con dos batallones, para oponerse al enemigo en el punto que conviniese.

El día 28 de junio, Don Alfonso comunicó a Marco que tenía que hacer algo que proporcionase recursos y armas, por lo que era necesario tomar Teruel capital, la población más republicana de la provincia. Las autoridades de Teruel, desde hacía tiempo, no descartaban un ataque a la población y se habían preparado para ello; realizando obras de fortificación en diciembre de 1873 y adiestrando a la guarnición con ejercicios de fusil y artillería (disponían de cuatro piezas). El general Marco intentó hacer comprender al infante la dificultad y riesgo de tomar Teruel sin conocer la ciudad, sin haber tenido tiempo de preparar un plan y con escasas fuerzas. Ante la obcecada resolución de Don Alfonso, pidió que se retrasara el ataque de ocho a quince días para reconocer el lugar y esperar a tres cañones (sólo tenía uno) que habían pasado de Cataluña y tardarían varios días en llegar. Tan sólo accedió el infante a retrasar la salida que estaba prevista para el 30 de junio al 2 de julio.

Ataque carlista a Teruel, 3 de julio de 1874. The ilustrated London News.

La noche del 3 de julio se presentaron las fuerzas carlistas en las cercanías de Teruel. El dispositivo de ataque era el siguiente: el batallón de Cuenca y la única pieza de artillería, al mando del brigadier Villalaín (general con el que Marco mantenía serias discrepancias, pero que gozaba de las simpatías de Don Alfonso), atacarían la puerta del Tozal (Portal de la Traición), la más vulnerable y de más fácil acceso por ser el terreno más llano; el primer batallón de Aragón atacaría por la derecha (camino de Alcañiz); y el segundo batallón de Aragón por la izquierda (Ollerías), con la finalidad de atraer las fuerzas de los defensores facilitando el ataque del primer batallón. Hacía las diez y media de la noche comenzó el ataque. Los carlistas lograron horadar por tres sitios diferentes el lienzo de la muralla sobre el camino de Alcañiz, por donde penetraron y se hicieron dueños del Arrabal. El general Marco puso a disposición de su ayudante, Pedro Calvo, un destacamento y lo envió a observar la parte del barranco de los Arcos, enviando con otro a Florentino Polo, para proteger el Puente de la Reina, que salva el mismo barranco, único punto por el que podían pasar los carlistas al asalto. El ataque de Villalaín por el Tozal no comenzó hasta aproximadamente las doce, que sonó el primer disparo de cañón y nutrido fuego de fusilería, pero cesó a los pocos minutos; después de tres cuartos de hora se hizo otro disparo de cañón y el último fuego de fusilería. Villalaín mando retirar el cañón, cuyo capitán declararía que no pudo hacer más disparos porque la pieza no fue protegida por ninguna fuerza. Viendo que por el Tozal no se atacaba, los defensores concentraron sus fuerzas sobre el puente, impidiendo a los atacantes, que habían reforzado el ataque con una compañía de reserva, cruzarlo. Allí había caído muerto el comandante Aparicio. Ante la pasividad de Villalaín, Marco fue a informar personalmente al infante Don Alfonso que mandó abortar el ataque, quemar las casas del Arrabal y emprender la retirada, pues pronto iba a salir la luna y los soldados carlistas se convertirían en un blanco fácil. Los soldados carlistas que habían penetrado por la muralla se hicieron fuertes en algunas casas del barrio de San Miguel y seguían combatiendo al aclarar el día; pero cuando los defensores consiguieron emplazar un cañón en las tortuosas calles inmediatas e hicieron dos disparos que provocaron destrozos en algunas casas, los carlistas allí parapetados (unos 150 hombres) se rindieron. Casi la práctica totalidad de las bajas fueron de las fuerzas aragonesas, ya que el batallón de Cuenca sólo tuvo seis heridos al no entrar prácticamente en acción por orden del brigadier Villalaín, quien se retiró sin orden del general Marco, ni tampoco dio aviso. Según la versión de los defensores, los carlistas tuvieron un número elevado de muertos, entre ellos un comandante, bastantes heridos y alrededor de 200 prisioneros, entre ellos dos capitanes, diez oficiales y quince sargentos. Los republicanos tuvieron diez muertos, entre ellos un capitán, y trece heridos.

Después de la retirada de Teruel, el general Marco recibió orden de dirigirse, sin fuerza, a Alcalá de la Selva y allí presentarse al infante Don Alfonso. Así lo hizo, acompañado de su ayudante Pedro Calvo. El infante le comunicó que quedaba preso, a la espera del correspondiente consejo de guerra y, lo más humillante de todo, a las órdenes del brigadier Villalaín. Ángel Casimiro Villalaín había encontrado el momento más adecuado para vengar antiguas afrentas, envidias y rencores con el ya viejo general Marco de Bello, desfigurando los hechos del intento de toma de Teruel.

La orden general carlista dada en Alcalá de la Selva el día 5 de julio de 1874 decía lo siguiente:


«…Cuando por vuestro valor y heroísmo ya se habían apoderado nuestras armas de parte de la población, y a las pocas horas debía ser nuestra dicha capital, contra mis órdenes terminantes, y abandonando los que ya había dentro, se retiró vergonzosamente el general Marco encargado de la operación, y para no sacrificar al brigadier Villalaín, que con el primer batallón de Cuenca atacaba el centro, mandé retirar a dicho brigadier.
Como general en jefe, y usando de las facultades de que me hallo revestido por S.M. el rey, mi augusto hermano, vengo en destituir al general Marco del cargo de comandante general interino de Aragón, cuyo puesto vendrá a ocupar en breve el brigadier Gamundi, y al mismo tiempo encargo interinamente del mando de la división de Aragón al coronel Pallés.
El general Marco queda preso y sujeto a un consejo de guerra. Igualmente se procederá con los jefes y oficiales que no se han mostrado dignos de la causa que defienden.
El infante general en jefe, Alfonso de Borbón y Austria».

Don Alfonso volvió a intentar tomar Teruel un mes más tarde, alentado por la toma de Cuenca por Villalaín el día 15 de julio (aunque tuvieron que abandonar la ciudad el día 19 porque una columna republicana se aprestaba a liberarla). Así, al anochecer del día 3 de agosto de 1874, acechaban la plaza trece batallones carlistas, 300 caballos y cuatro piezas de artillería. Al amanecer se rompió el fuego de cañón y fusilería, ocupando los carlistas, de nuevo, el Arrabal. Sobre las seis de la tarde, cesó el fuego de fusilería y el lanzamiento de granadas, y se intimó a los defensores a su rendición. Ante su negativa, se procedió, ya de noche, con escalas y picos, a penetrar en la ciudad. Un despiste del guía que debía conducirlos en las murallas retrasó la operación, lo que unido a la proximidad de una columna liberal mandada por Iriarte obligó a suspender definitivamente el ataque y la retirada a Cedrillas y Alcalá de la Selva. Así pues, Villalaín fracasó de nuevo donde había fracasado Marco, aunque esta vez con una fuerza mucho mayor procedente de Valencia y el Maestrazgo. La ciudad de Teruel añadió a su escudo el título de «Heroica» por la defensa del 4 de julio, y el día 4 de agosto añadió a los que ya ostentaba: «Muy noble, Fidelísima, Vencedora y Heroica», el título de «Siempre heroica».

Ataque carlista a Teruel, 4 de agosto de 1874. La Ilustración Española y Americana.

Por su parte, el general Marco logró depurar la verdad y reestablecer su honra y honor. Así la orden general de 1 de marzo de 1875 declaró que en el proceso instruido al general Marco «no podía afectar en lo más mínimo a su honra y reputación militar, ni servir de nota desfavorable en su hoja de servicios». Pero con su destitución y prisión también fueron destituidos y prendidos los hombres más cercanos y leales al general. Tres días después de la prisión de Marco, el brigadier Herranz dio orden de fusilar a cinco o seis personas de acrisolada lealtad al carlismo. El descontento de la tropa aragonesa fue casi general y no se aceptó la nueva jefatura del coronel Pallés, ni aun del propio infante por haber tomado partido por Villalaín. Numerosos voluntarios decidieron desertar y regresar a sus casas y gran parte de los oficiales presentaron su dimisión, quedando la división de Aragón muy mermada.

Pedro Calvo también fue apartado de su empleo y, ante la infamia perpetrada contra su general, decidió separarse del ejército carlista, al que hasta entonces había estado dispuesto a dar la vida. Los hermanos Pedro y Joaquín Calvo se presentaron el 7 de julio ante el alcalde (republicano) de Hinojosa de Jarque, manifestando su deseo de abandonar las fuerzas carlistas y pedir el indulto. Ante la imposibilidad de comunicación con las autoridades gubernamentales, por estar el territorio dominado por los carlistas, permanecieron ocultos en el pueblo, para no ser descubiertos por ellos, que fueron a buscarlos a Báguena. A finales de agosto se trasladaron a una masía perteneciente a la familia en Montalbán, donde el 7 de septiembre fueron hechos prisioneros por los Voluntarios de Calanda, como carlistas en armas. Conducidos a Zaragoza, ingresaron en el depósito de prisioneros de la Aljafería, donde permanecieron hasta el 4 de agosto de 1875, siendo llevados posteriormente a Cádiz (castillo de Santa Catalina), donde se concentraban los prisioneros que iban a ser deportados a las colonias de ultramar (Cuba o Fernando Poo). Allí permanecieron casi un año, estando finalmente previsto su embarque con destino a Cuba el día 30 de agosto.

Los hermanos Calvo eran acreedores a la gracia del indulto que el gobierno concedía por haberse presentado voluntariamente al alcalde de Hinojosa. Sin embargo, no lo habían gestionado ante la autoridad competente y, además, tenían otra cuenta pendiente al no haberse presentado cuando les tocó la suerte de soldado: el primero por el pueblo de Báguena, en un llamamiento extraordinario de 125 000 hombres y el segundo, en el reemplazo de 1872, por el pueblo de Hinojosa. Los jefes carlistas no quisieron incluirlos en los canjes de prisioneros que se realizaban con el gobierno legítimo y el general Marco, que quería a Pedro como a un hijo, no tuvo la suficiente influencia para poder hacerlo.

Desde el conocimiento de las deportaciones, Pedro insistió a su padre y hermanos para que hicieran lo que pudieran para liberarlos. No habían recurrido antes a las autoridades competentes para pedir su libertad, probablemente porque mientras se dirimía el proceso de Marco de Bello no querían servir a las órdenes de otros mandos carlistas, ni correr el riesgo de ser detenidos por estos. Por fortuna para los hermanos Calvo, el embarque quedó en suspenso. Su padre, Joaquín Calvo, con fecha 14 de octubre de 1875, enviaba una súplica al rey (Alfonso XII inició su reinado el 29 de diciembre de 1874) para que se aprobase el indulto y se les diese la gracia de redimir la suerte de soldado a metálico. Finalmente, con fecha 1 de noviembre, el rey confirmaba el indulto concedido por el alcalde de Hinojosa a los hermanos Calvo y concedía, como gracia especial, la redención a metálico.

Del libro de Roberto Marco Yus.
Archivo de María del Carmen Ena Lorente. 

Antes de alzarse en armas tomando partido por la causa carlista al lado del general Manuel Marco, Pedro Calvo se había prometido con María Teresa Valero Felipe, nacida el 10 de septiembre de 1848 en Mainar, hija única de Santos Valero Pérez, oficial del ejército de profundas convicciones liberales, y María Antonia Felipe Pétriz. Se habían conocido en Báguena, pues los ascendientes de la familia Pétriz se habían asentado en la localidad a finales del siglo XVIII. La contienda frustró los planes de boda y los enamorados tuvieron que esperar. Terminada la guerra y concedida la libertad a Pedro, contrajeron matrimonio el 14 de junio de 1876 en la iglesia de Mainar. En un primer momento, vivieron con los padres de María Teresa en Mainar, aunque no fue fácil la convivencia dadas la diferencias de ideas entre suegro y yerno, y el carácter impulsivo del último. En una carta de Santos Valero a Pedro Calvo viene a decir que este no aportó al matrimonio nada o muy poco, y puede interpretarse que o bien su padre tenía todavía los bienes embargados por el gobierno o no quiso dar dote a su hijo. Antes de finalizar el año se trasladaron a Báguena y pasaron a vivir en una casa situada en la calle Real (actualmente Italia). El matrimonio no tuvo mucha suerte con los hijos, pues de cinco sólo sobrevivió uno, falleciendo los demás con muy corta edad. Tomás, el único hijo sobreviviente, se casaría con María Ángela Lorente Bernal, fijando su residencia en casa de los padres de él, pero no tuvieron descendencia.

Finalizada la guerra, con la huida del pretendiente Don Carlos a Francia el 28 de febrero de 1876, el carlismo, aunque mantuvo el sentimiento, tuvo que buscar otras formas de luchar por sus objetivos. La familia Calvo, emparentada con numerosas familias de la oligarquía rural, mientras no resurgiese el carlismo en la región, no dudaron en apoyar candidaturas de signo político diferente, siempre que beneficiase a sus intereses, a la de los distritos en que mantenían posesiones o a parientes y amigos. Caciquismo común en las élites locales y provinciales durante el periodo de la Restauración borbónica, que se caracterizó por la alternancia en el poder de los partidos conservador y liberal. Pedro y Joaquín Calvo dijeron adiós a las armas. Los hermanos Calvo aprovecharon su popularidad y prestigio social: en las primeras elecciones municipales de 1876, Pedro Calvo fue regidor de su pueblo, haciéndose con la alcaldía su hermano Agustín en las de 1877. Posteriormente, la alcaldía de Báguena sería ostentada por los hermanos Calvo hasta en siete ocasiones, entre los años 1877 y 1905.

El carlismo resurgió de sus cenizas y se mostró activo con la organización de juntas por toda España. Los carlistas aragoneses constituyeron, en febrero de 1894, la junta carlista del distrito del Bajo Aragón y la local de Alcañiz, y en marzo la de Calanda. En el verano de 1895 se constituyeron juntas locales en: Bello, Calamocha, Daroca, Tornos y Val de San Martin, y en noviembre de 1896 en Rubielos de Mora. Pedro Calvo y el marqués de Cerralbo serían presidentes honorarios de la de Daroca.

El 5 de junio de 1904 se inauguró el Círculo Carlista de Daroca. Al acto acudieron representantes de la Juventud Carlista de Madrid, acompañados por ferrocarril desde Calatayud por numerosos carlistas de la ciudad bilbilitana. También acudieron diversas comisiones de otras poblaciones cercanas. Fueron recibidos en la estación de Daroca por los carlistas de la población, presididos por Pedro Calvo como presidente honorario y Fernando Castillo como presidente efectivo. Pedro Calvo también formaba parte de la presidencia en el multitudinario mitin inaugural (algunos cientos no pudieron entrar en el local del Círculo), y se contaba entre los oradores. Sus últimas palabras fueron: 

«¡Católicos, unión, que si un día se hoyan nuestros hogares y se ofenden nuestros sentimientos religiosos, sabremos convertir nuestras azadas en fusiles, nuestros arados en cañones y nuestras fortunas las ofreceremos en holocausto al Dios que nos crío!».

Desde Daroca, Pedro Calvo continuó apoyando la propagación del ideario carlista durante los años siguientes.

El 18 de julio de 1909 fallecía Don Carlos, sucediéndole su hijo Don Jaime de Borbón y Borbón Parma, y a partir de ese momento los carlistas pasaron a llamarse jaimistas. Don Jaime procedió a reorganizar el partido y entre las medidas adoptadas se encontraba la organización de los requetés como fuerza paramilitar. La organización militar estuvo a cargo del general Llorens, quien pondría al frente de las organizaciones regionales y provinciales a antiguos jefes y oficiales del ejército carlista. En Aragón fue nombrado Pedro Calvo como primer jefe de los requetés. En 1913, Pedro Calvo, además de jefe de los requetés aragoneses, era presidente honorífico del Círculo Jaimista de Daroca y vicepresidente de la Junta Provincial de Teruel.

El 5 de julio de 1920 falleció la esposa de Pedro Calvo, lo que supuso un duro golpe para el ya viejo veterano carlista. A pesar del paso inexorable del tiempo, Pedro Calvo nunca renegó de los valores tradicionalistas, manteniéndose siempre fiel a sus máximos representantes, primero Don Carlos y luego Don Jaime, convirtiéndose en un icono de los requetés aragoneses. Sus últimos años los pasó bajo el cuidado de su hijo, Tomás, y nuera, Angelita. Falleció en Báguena el 21 de marzo de 1937. A su funeral acudieron numerosas personalidades del carlismo, así como una banda de música requeté y una sección del requeté armado, que dio escolta al cadáver durante su conducción al cementerio. La capilla ardiente fue instalada en su propia casa y durante todo el tiempo estuvo escoltado por dos requetés armados con el fusil al hombro.

En su lápida, en un nicho del cementerio de Báguena, puede leerse lo siguiente:


D. PEDRO CALVO FUERTES
AYUDANTE DEL GENERAL MARCO DE BELLO
CABALLERO DE LA LEALTAD
MURIÓ SANTAMENTE EN BÁGUENA SU PUEBLO NATAL
EL DÍA 21 DE MARZO DE 1937
A LOS 89 AÑOS DE EDAD
R.I.P.


Bibliografía:

Marco Yus, Roberto. (2022). El linaje de los caballeros de Hinojosa. Ilustración y carlismo. Zaragoza, Ediciones 94.

De Jaime Lorén, José María y De Jaime Gómez, José. (1992). Manuel Marco y Rodrigo. Marco de Bello. Calamocha, Centro de Estudios del Jiloca.


6 de febrero de 2023

La batalla del Alfambra (5 - 8 febrero 1938).

El asalto republicano a Singra (25 - 30 enero 1938) estuvo a punto de dejar aislado al Cuerpo de Ejército Galicia del general Aranda, que intentaba progresar hacía Teruel siguiendo el valle del Jiloca. Reestablecida la situación, gracias principalmente al uso masivo de la aviación, el mando nacional cuestionó la línea de acción de una contraofensiva frontal siguiendo el valle del Jiloca para recuperar la ciudad de Teruel. 

Las tropas republicanas en el Campo de Visiedo y Sierra Palomera constituían todo un peligro, por su capacidad de controlar los movimientos de tropas por el valle del Jiloca y la posibilidad de cortar la carretera y el ferrocarril que unían Teruel con Zaragoza y Calatayud. 

El general Franco optó por una estrategia envolvente, atacando a los republicanos en todo el frente entre Portalrubio y Celadas. Para ello, el general Dávila -jefe del Ejército del Norte- procede en los últimos días de enero a la reorganización de sus fuerzas con la formación de tres Cuerpos de Ejército (Marroquí, Galicia y Castilla) y una Agrupación de Divisiones (1ª División de Caballería y 5ª División de Navarra). Se inicia la batalla del Alfambra, como enfrentamiento previo para la recuperación de la ciudad de Teruel.


La batalla del Alfambra, texto. *

La batalla del Alfambra, video. *





25 de junio de 2022

La Campaña de Teruel - Ponencia XVIII Congreso AAE.


XVIII Congreso de la Asociación Aragonesa de Escritores en Albarracín, 25 junio 2022.


Guerra Civil en Teruel.

La Campaña de Teruel
(15 diciembre 1937 – 22 febrero 1938).




Ponencia. *         


Revista Imán.          


Diario de Teruel.          


12 de abril de 2022

Diario del Camino de Santiago. De Sarria a Santiago de Compostela (y epílogo en Muxía).

Diario del Camino de Santiago. De Sarria a Santiago de Compostela  
(y epílogo en Muxía).

Caminar y contarlo.

Francisco Javier Aguirre Azaña

3 Abril 2022. (Sarria)
De nuevo, marcho hacía el Camino. Con la determinación de llegar a Santiago, mañana, desde Sarria, emprenderé el quinto y último tramo de este viaje que inicié en Roncesvalles hace ya tiempo. La pandemia del maldito covid -que ya empezamos a sentir lejana- nos ha trastocado la vida a todos, y más a aquellos -muchos- que la han perdido, sin saber muy bien cómo, ni por qué. ¿Nos lo explicarán algún día? La pandemia también ha provocado el retraso en culminar mi viaje por el Camino (Francés) de Santiago.
De nuevo, en el tren -está vez con transbordo en Madrid; conforme me alejo de Zaragoza, las alternativas de transporte son cada vez más limitadas-, viendo pasar veloz el paisaje por la ventanilla: la sierra de Guadarrama, la llanura castellana, los montes zamoranos, Galicia ondulada y verde; debajo de un cielo de grandes nubes blancas, recortadas sobre un cielo azul, fresco, luminoso y brillante, que a veces se torna gris y brumoso, a pesar del tiempo vespertino y primaveral.
De nuevo, sensaciones reencontradas: unos días de soledad que permiten observar las cosas y las gentes desde fuera, sin preocupaciones, sin implicaciones personales; días de caminar y escribir, ...simplemente; con una única inquietud provocada por la duda sobre mi capacidad física -la de mis pies- de llevar a cabo el plan trazado: cuatro días de marcha hasta Santiago de Compostela -en lugar de los cinco que muchos peregrinos hacen-, lo que obliga a hacer tres etapas seguidas de algo más de treinta kilómetros cada una; después continuar hasta alcanzar, en tres días más, la costa. Pero, si no culmino este tramo de “propina” no me preocupa. Lo importante es llegar a Santiago.

Llego a Sarria en autobús, desde Monforte de Lemos; debido a obras en la vía del tren. La mayoría de pasajeros del repleto autobús son peregrinos que, como yo, inician el Camino en esta localidad, a 115 kilómetros de Santiago. Distancia suficiente para obtener la “Compostela”, que certifica el haber realizado la peregrinación. Observo que son ya muchas las personas en el Camino, a pesar de que la temporada -con la apertura de albergues y servicios de transporte de mochilas- acaba de comenzar hace apenas unos días, y que estamos en medio de una ola de frío -con mínimas por debajo de cero-, inusual en estas fechas.
Me alojo en una pensión junto a la “rua maior”, sobre el propio Camino. La habitación es sencilla, iluminada y caldeada por el sol de tarde que entra por la ventana. Cuenta tan sólo con una pequeña mesa, una silla y un perchero; carece de calefacción, pero la cama es amplia y cómoda -pongo una segunda manta sobre ella- y el servicio nuevo y limpio, todo lo que un peregrino necesita. Ceno en el restaurante Roma, junto a la estación del ferrocarril, que ya conozco de mi anterior estancia en el pueblo, cuando terminé aquí la caminata desde León. A pesar de no haber hecho nada para merecerlo, como opíparamente: pulpo a la gallega -con sus cachelos, regado generosamente con aceite y pimentón, y a lo que yo añado un Ribeiro fresco y oloroso- y tortilla de bonito. Mañana quemaré el exceso de calorías ingeridas.
Cruceiro de Sarria
Sarria, 3 de abril de 2022.


4 Abril 2022. (Sarria - Gonzar)
Comienzo a caminar a las ocho, con una temperatura de cero grados. El día, aunque soleado, se mantiene fresco debido al viento frío que corre tanto por la mañana como por la tarde. Aunque yo, personalmente, prefiero caminar con frío antes que con calor y no me disgusta sentir el viento en la cara en mitad del campo.

Ya en la pensión, a la hora del escueto desayuno -café con leche y pan tostado con mantequilla y mermelada-, y en la calle mayor de Sarria, encuentro gran cantidad de peregrinos. “Buen Camino”, la tradicional fórmula de saludo se repite varias veces. Pienso que el día de hoy -es lunes- es un buen día para iniciar la marcha y llegar a Santiago el viernes, y tal vez aprovechar el fin de semana allí.
Durante los diez primeros kilómetros, hasta que hago el primer alto, sobrepaso unos cincuenta peregrinos -entre ellos un grupo de veinte escolares, que cada poco tiempo rompen el silencio campestre con unos gritos que demuestran su pertenencia a una escuela en la que el respeto no forma parte de sus valores-. 
Mirador de Brea
A las dos horas hago un alto: café, me quito las botas y disfruto durante unos minutos de la vista del paisaje gallego desde el Mirador de Brea: vegetación verde y ondulante, como un mar con olas congeladas. También veo pasar a algunos de los sobrepasados, a los que volveré a rebasar más adelante. Pero ahora ya no continúo con la cuenta de los peregrinos con los que me cruzo. Al poco, otro grupo numeroso de adolescentes vociferantes -treinta o más- que colapsan el camino a lo ancho y a lo largo, delante de una tienda de “merchandising” jacobeo. “Esto no es lo que yo busco en el Camino de Santiago” pienso, aparto -mal encarado- a alguno de esos displicentes mozalbetes y continúo andando, deseando dejar atrás todas estas manadas de turistas -endiablado turismo de masas-. Más adelante, parece que he logrado mi objetivo; ya sólo de vez en cuando me cruzo con otros peregrinos. También, con una mujer de no menos de setenta años que pastorea un par de vacas en dirección contraria a mi marcha, seguramente en busca de un prado de hierba jugosa. La presencia de vacas -y el olor de sus granjas- es continúa en esta región.

Río Miño (Portomarín)
La llegada a Portomarín, en el kilómetro 22, tiene su dificultad: una bajada pronunciada, encajonada entre muros, y con suelo de piedras con las que hay que tener cuidado para no resbalar. Un camino complementario evita el paso por la zona; está convenientemente señalizado, al igual que otras alternativas que se pueden encontrar por este itinerario. Aunque yo eligió siempre el camino principal. A continuación, hay que cruzar el río Miño por el andadero acondicionado en el moderno puente que sustituye al primitivo puente romano -ya desaparecido-. El río, embalsado a los pies de la población, presenta gran anchura, y cruzarlo expone al peregrino a los embates del fuerte viento, en un día como hoy. Decido dejar Portomarín a la derecha, sin entrar en él -aún quedan ocho kilómetros para finalizar la jornada de marcha- y continúo por el Camino que discurre durante un tramo paralelo al Miño. Busco un lugar para parar y descansar un rato -ya lo debería haber hecho hace un par de kilómetros, pero he esperado dado la proximidad de Portomarín-, pero no lo encuentro. Pienso que un poco más adelante quizá encuentre un bar -es buena hora para comer algo ligero y después continuar-, pero los kilómetros van cayendo y ese lugar de descanso deseado no aparece. Finalmente, cuando ya quedan menos de cinco kilómetros para llegar al destino del día, hago un alto aprovechando un colector de aguas pluviales para sentarme y quitarme de nuevo las botas por unos minutos. Espero que el haber retrasado tanto el alto no pase factura a mis pies, ya que los dos próximos días me esperan etapas muy exigentes.

Después, en algo menos de seis horas de caminar con un ritmo de once minutos y medio por kilómetro -en gran parte del recorrido por asfalto, aunque afortunadamente con pocos vehículos- llego a mi destino en la Hostería de Gonzar, que cuenta con unas instalaciones modernas y funcionales. Alrededor, tan sólo hay unas cuantas casas rodeando una pequeña iglesia y alguna granja. A la hora de la cena coincidimos los que nos hemos aventurado a progresar más: ocho personas (tres mujeres y cinco hombres, franceses y españoles); supongo que la inmensa mayoría se han quedado en Portomarín. Y de menú, el habitual del peregrino en Galicia: sempiterno caldo gallego y chuleta de ternera gallega, con patatas fritas -supongo que también de la tierra.

Gonzar, 4 de abril de 2022.


5 Abril 2022. (Gonzar - Melide)
Etapa muy similar a la anterior. Frío en el inicio de la jornada -menos dos grados a las ocho, hora a la que amanece-, y ascenso de la temperatura a lo largo de la mañana de un día seco, soleado y luminoso. Paisajes también parecidos: vegetación abundante con predominio de bosques de eucaliptos y robles, flores en pleno apogeo primaveral, y numerosos regatos. La novedad es el cambio de provincia: pasamos de Lugo a Coruña unos seis kilómetros antes del final de etapa, aunque el caminante no lo percibe. El terreno es movido, con continuas subidas y bajadas -no exento de dificultad, puesto que impide mantener un ritmo de marcha constante, sobre todo a partir de Palas de Rey-, lo que hace que el caminante perciba que cubre una distancia mayor que la real, que no es pequeña: 32 kilómetros. El peregrino sigue cruzándose con vacas y perros, estos últimos abundantes en los lugares poblados, aunque pacíficos: no se inmutan al paso de los caminantes, al igual que sus compañeros, los gatos. También atraviesa innumerables “concellos” y parroquias, tantos que es inútil el esfuerzo de recordar sus nombres.

La estrategia para afrontarla, también similar a la anterior: un alto para descalzarse las botas y un café pasadas las dos primeras horas de marcha -y sus parejos diez kilómetros, cinco por hora-; otro alto a los veinte kilómetros: largos tragos de agua para hidratar bien el cuerpo, y unos frutos secos para proporcionarle energía; a las cinco horas -26 kilómetros- encuentro un buen lugar para parar en Leboreiro, decido comer algo -me descalzo las botas- antes de iniciar el último tramo: filete de ternera con patatas fritas y una cerveza. Después de eso, afronto los últimos kilómetros con optimismo, caminando no demasiado presuroso bajo un sol acariciador. Cubro la etapa en menos de seis horas y media.

Os Lameiros
A lo largo del camino de hoy encuentro algunos monumentos destacables: a 7,9 kilómetros de Gonzar, el “cruceiro de Os Lameiros”, del año 1670; y un kilómetro antes de Melide, el puente medieval de Furelos, pequeño núcleo urbano.
Furelos
En el propio Melide, junto a la capilla reconstruida de San Roque, el “cruceiro de Melide”, del siglo XIV, considerado el más antiguo de Galicia. 
Durante todo el Camino son abundantes los hórreos, estrechos -la anchura de una persona- y alargados, de piedra y madera o ladrillo, antiguos y también modernos.

Por otro lado, hoy ya no tengo que sufrir las manadas de turistas de ayer. Me cruzo con apenas media docena de peregrinos y tres o cuatro parejas o pequeños grupos que descansan en alguno de los abundantes albergues y bares junto al Camino.

Cuando llego a la pensión, la hospedera -cuyo habla es tan cerrado que me cuesta entenderla- me aconseja una pulpería próxima para cenar. Sigo su consejo y tomo un excelente pulpo a la gallega. 
Melide, 5 de abril de 2022.


6 Abril 2022. (Melide – Pedrouzo)
Esta etapa es la más larga de todas las que he hecho desde que inicié el Camino en Roncesvalles; y después de dos etapas de más de 30 kilómetros, un auténtico rompe-piernas.

Cruceiro de Melide
Desayuno en la churrería que también lleva la dueña de la pensión en la que pernocto, quien me vaticina que mañana lloverá poco, y pasado mucho. Me pongo en camino un poco antes que los días anteriores. La temperatura matutina ya ha subido dos o tres grados con respecto a la de ayer, pero sigue siendo fría. El sol comienza a salir y se apoderará del cielo hasta media mañana; después las nubes -grises, pero sin lluvia- lo ocultarán durante el resto del día.

Melide
Ya noto las piernas cargadas: agujetas provocadas por las subidas y bajadas de ayer -que hoy tampoco faltarán, sobre todo en la entrada y salida de Arzúa-. Aunque los pies estén libres de rozaduras y ampollas, no podré mantener el ritmo de cinco minutos por kilómetro. Me concentro en la disciplina de marcha y no presto mucha atención al entorno más allá del camino que piso, que, por otra parte, no cambia mucho con respecto al de los días anteriores. Primer objetivo: el pueblo de Arzúa, catorce kilómetros en tres horas, parada y descanso. Segundo objetivo: recorrer la mitad del camino entre Arzúa y Pedrouzo, unos diez kilómetros en dos horas, descansar, comprobar como estoy y decidir la forma de afrontar los últimos diez kilómetros. Objetivo final: alcanzar Pedrouzo después de comer en uno de los múltiples restaurantes y bares que bordean el Camino. Lo hago cuando alcanzo el kilómetro 26 del día, sobre las dos de la tarde; un largo descanso que aprovecho para quitarme las botas y reponer fuerzas; un plato de jamón asado con patatas me ayuda a cumplir mi propósito. Finalmente, cubro los casi 34 kilómetros en siete horas y un minuto de caminata, poco más de ocho horas en total. Nunca me había alegrado tanto de terminar de andar.
O Pino

Melide es donde el Camino Primitivo -que viene de Oviedo- se une al Francés, y Arzúa donde se unen Camino del Norte -Irún- y Camino Francés. No sé cuántos peregrinos vienen por esas rutas, pero lo cierto es que pasado Arzúa encuentro cada vez más grupos de personas caminando o descansando, y, como no, otro grupo de escolares adolescentes que llevan la música a todo volumen, mientras hablan entre ellos a través del móvil. Pienso que sus profesores les deberían haber explicado que el Camino se recorre, muchos con espíritu religioso, y la inmensa mayoría con un sentido “espiritual”, incompatible con esos sonidos de recitados estúpidos y repetitivos que, al parecer, son la música de moda. 

Pedrouzo es una pequeña población que se estira a los dos lados de la carretera Lugo-Santiago. Carece de patrimonio histórico de interés, pero reúne una gran cantidad de albergues y pensiones, así como de restaurantes y bares, con objeto de satisfacer a las multitudes de peregrinos que hacen aquí la última noche antes de entrar en Santiago de Compostela.

O Pedrouzo, 6 de abril de 2022.


7 Abril 2022. (Pedrouzo - Santiago de Compostela)
Última etapa del Camino. La comienzo pronto; echo a andar con los primeros rayos de luz, que no de sol, pues el sol no lo vamos a ver hoy. El suelo está mojado, pero de momento no llueve. Quiero adelantarme a las multitudes de peregrinos que van a hacer hoy este tramo final. Se me ocurre que a esos peregrinos que van en manada y se comportan como meros turistas les podríamos llamar “turigrinos”.
San Paio

Inicialmente, cumplo mi propósito. Los primeros seis kilómetros y medio son muy reconfortantes: en soledad, atravesando bosques de eucaliptos, ambiente húmedo y temperatura fresca, pero ya más alta que en los días precedentes. El viento mueve las delgadas y altas copas de los árboles y estos, al batir unas ramas contra otras, producen un sonido que me hace sentir como un emperador que entra en “Triunfo” en Roma, aclamado por sus ciudadanos.

Comienza a llover débilmente, pero continúo sin detenerme a sacar la ropa de lluvia de la mochila. El Camino llega a las balizas del aeropuerto situado en Lavacolla y continúa hacia San Paio. Allí, encuentro dos voluntarios italianos que tienen abierta la iglesia. Es pequeña, no muy antigua, del siglo XIX, pero bonita. Intercambio unas palabras en italiano con la amable chica que la enseña y pone el sello en las credenciales de los peregrinos -mi vocabulario es cada vez más pobre por falta de uso-. Dice que es de Vicenza y me sonríe cuando le digo que la conozco y es una “bella città” -cosa que, aparte de ser lo que hay que decirle siempre a un italiano, es cierta-. Pero no me explica la historia de San Paio (San Pelayo), que preside el altar. Así es que la tengo que buscar más tarde en internet: fue un niño martirizado en Córdoba, en el siglo X, durante el califato de Abderramán III. La tradición cristiana asegura que fue hecho prisionero tras la batalla de Valdejunquera, en las proximidades de Pamplona. Durante su cautiverio Abderramán III le habría requerido contactos sexuales y desmembrado con tenazas de hierro por haberse negado.

La lluvia es más densa y me pongo la capa y el gorro de lluvia antes de abandonar la iglesia. Cuando salgo, me encuentro en medio de docenas de “turigrinos” que copan el camino. Hay que avanzar abriéndose paso casi a codazos. Algunos marchan a paso de carga, no sé si es desesperación provocada por la lluvia o por llegar cuanto antes a Santiago, aunque aún faltan doce kilómetros. Yo continúo a mi paso, que no es demasiado largo, puesto que aún tengo cargadas las piernas. Un poco más adelante, vencida ya la mitad de la distancia, entro en una agradable cafetería-bar, cuyo ambiente en piedra y madera resulta muy apropiado para enmarcar el día húmedo y gris. Tomo un café con leche y aprovecho para colocar bien las cosas en la mochila, ato bien fuerte la concha con la cruz de Santiago que adquirí en el monasterio de Roncesvalles y que me ha acompañado todo este tiempo, y me coloco bien el equipo y la capa de lluvia -prenda que no es fácil de llevar, puesto que la lluvia suele venir acompañada por el viento, y la mueve a su antojo-. Así, me dispongo a entrar en Santiago.
Poco antes de cuatro kilómetros de Santiago, el peregrino llega al Monte del Gozo: elevación del terreno desde donde se divisa la ciudad y las torres de su catedral. Pero hoy, día lluvioso y brumoso, no se ven. Según una antigua tradición, cuando un grupo de peregrinos alcanzaba el lugar, echaban a correr para ver quién llegaba primero a ver las torres de la catedral, y era nombrado “Rey”, y así llamado y reconocido por sus compañeros. Hay estudios que avalan que los apellidos Roy y Leroy, franceses, y Rey, español, tienen su origen en este hecho. La Iglesia también confirió importancia al sitio: el más famoso de los arzobispos de Santiago, Diego Gelmírez, en torno a 1105, ordenó construir en este lugar la iglesia de la Santa Cruz, cuya consagración dio lugar a una impresionante procesión, el día de san Marcos, recogida en la Historia Compostelana. Probablemente la capilla actual se encuentra en el lugar donde originalmente se alzaba la iglesia.

Yo no echo a correr, me limito a observar el entorno del Parque “Monte do Gozo” y las estatuas de los dos peregrinos que alborozadamente señalan hacía la catedral, situadas sobre el Camino. A la caída del monte, se extiende un enorme y moderno complejo para acoger cientos o miles de peregrinos. Busco la recepción y les pido que estampen en mi credencial el sello de este mítico lugar. Confieso que me quedo un poco defraudado porque pensaba que encontraría un lugar ex profeso para arrojar la piedra que con ese fin eché al bolsillo a la salida de Sarria, para cumplir con el rito del peregrino de arrojar con la piedra todas las penalidades sufridas -como en la “Cruz de Fierro” en Foncebadón-. Otra costumbre de los peregrinos era depositar piedras en montones para señalar el propio Camino. Los actuales siguen haciéndolo, colocándolas sobre los mojones de señalización -a veces consiguiendo que se mantengan en sorprendente equilibrio unas sobre otras-. Reminiscencia entrañable, pero innecesaria, puesto que las autoridades (autonómicas) actuales mantienen el Camino perfectamente señalado. Yo mantengo mi piedrecita en el bolsillo y más adelante la depositaré en la entrada de la Hospedería del Monasterio de San Martín Pinario, donde me alojaré.

Doy los últimos pasos de la peregrinación: 755 kilómetros realizados en 29 jornadas de marcha. Atravieso la plaza de la Inmaculada -donde se encuentra San Martín Pinario- y accedo a la Plaza del Obradoiro por el Arco de Palacio, amplio pasadizo en el que un músico callejero hace sonar una gaita. No puedo evitar emocionarme al ver la magnífica fachada de la Catedral de Santiago de Compostela, final del Camino. Llegar aquí como Peregrino es una experiencia que no tiene parangón.
Por supuesto, me hago una fotografía con el fondo de la catedral y la envío a Mari Paz, mis hijos, hermanos y amigos, para anunciarles que he cumplimentado el reto que me propuse hace ya más de tres años -maldito covid-. A continuación, cumplo con el ritual del peregrino: la entrada en la Catedral y la visita al Santo. Desgraciadamente, el abrazo a su busto sigue suspendido por la pandemia del covid, pero sí que puedo descender a visitar su sepulcro. Después de unos minutos sentado frente al altar, continúo con la segunda parte del ritual: dirigirme a la Oficina del Peregrino -situado al costado izquierda del Hostal de los Reyes Católicos- para obtener la Compostela y el Certificado de Distancia -este último de pago-, pruebas de haber completado la peregrinación. Por último, desando mis pasos hasta la Hospedería, edificio solemne; con habitaciones espartanas, como corresponde a un monasterio, pero renovadas y perfectamente acondicionadas, que ofrecen al peregrino todo lo que precisa. Llego a tiempo de hacer la comida allí, servida en una gran sala que parece ser el refectorio.

Dedico la tarde a descansar y escribir estas líneas. Con sentimientos contrapuestos: por un lado, la satisfacción de haber cumplido un exigente desafío, de haber transitado una ruta con doce siglos de historia y con un alto contenido emocional: fundamentalmente religioso para unos, espiritual para todos. Por otro lado, una sombra de tristeza, por haberlo finalizado. Siempre he pensado que lo importante es hacer el camino, día a día, no llegar; como es importante vivir una vida, momento a momento, independientemente de que al final se alcance el éxito profesional o no. Por la noche, continúa lloviendo sobre Santiago, sobre sus “ruas” empedradas y porticadas.

Breve historia del culto a Santiago
Santiago, el Zebedeo, fue uno de los doce discípulos de Jesús. Según la tradición bíblica, tras la muerte y resurrección de Jesús, los discípulos se reparten por el mundo para llevar la Buena Noticia. Uno de ellos, tal y como relatan los Hechos de los Apóstoles, llegaría «hasta los confines de la Tierra». ¿Quién? La tradición, y el hallazgo, en el año 818 de sus restos en Galicia, llevan a pensar que fue Santiago, de personalidad arrolladora y extrema -era conocido como «El Hijo del Trueno»-. Recorrió todo el Mediterráneo para alcanzar las costas de Hispania, seguramente por Cartagho Nova (Cartagena). Santiago y sus discípulos, Atanasio y Teodoro (encargados, después, de trasladar sus restos a Compostela, donde también están sepultados), llegaron a las faldas de Granada, donde se le apareció en carne mortal la Virgen María. Hubo hasta tres encuentros de María con Santiago en España: además de Granada, Muxía, en Finisterre (la Virgen de la Barca) y Zaragoza (la Virgen del Pilar). Málaga y Cádiz son otras de las primeras etapas de un viaje que, desde Sevilla, sigue la vía de la Plata hasta Mérida. La Vía de la Plata era, en el siglo I, uno de los caminos principales del Imperio. Desde Mérida, la tradición lleva a Santiago y a sus discípulos hasta Braga. Desde allí, Santiago llegaría hasta Padrón, donde la tradición ubica el pedrón en el que desembarcaron los discípulos del apóstol con su cuerpo tras su muerte; Muxía, en el fin del mundo, donde también se le apareció la Virgen. Ya de regreso, el apóstol habría hecho el camino contrario del que hoy recorren los peregrinos, pasando por Astorga (cruce entre la Vía de la Plata y el Camino Francés), Carrión, Briviesca, Logroño, Palencia, Calahorra y, finalmente, Zaragoza. La Virgen vuelve a aparecerse a Santiago junto a una columna de jaspe y le ordena construir la iglesia donde hoy se yergue la Basílica del Pilar. Desde Zaragoza, Santiago habría viajado hasta Tarraco, emprendiendo camino a Jerusalén, para ser decapitado, en el año 42, por Herodes Agripa, quién temía que el apóstol adquiriera demasiado poder. Sus discípulos, Atanasio y Teodoro, lograron robar su cuerpo y trasladarlo, en un viaje mítico, hasta las costas gallegas, desembarcando en el puerto de Iría Flavia y enterrándolo en Compostela. 
Allí fue olvidado durante siglos, hasta que el obispo Teodomiro volvió a hallarlo en el año 818, un siglo después de la invasión musulmana. Teodomiro, obispo de Iría Flavia, se lo comunica al rey Alfonso II el Casto, quien se encamina personalmente a Santiago para verificar los hechos, convirtiéndose en el primer peregrino desde Oviedo a Santiago, por el Camino Primitivo. Poco después comenzaron las peregrinaciones desde todas las esquinas de Europa hacia Santiago de Compostela movidos por la fe cristiana, convirtiendo de ese modo a Santiago de Compostela en el tercer gran centro de la Peregrinación Cristiana tras Jerusalén y Roma.
Durante la Reconquista se instituyó el mito de Santiago Matamoros, que muchas veces de manera milagrosa intervino, a lomos de un caballo blanco, para ayudar a los cristianos a derrotar a los moros en las muchas batallas libradas en los siglos posteriores; con capítulos como la batalla de Clavijo, o el temor de Almanzor, quién respetó el sepulcro del apóstol y al monje que lo custodiaba, cuando en el año 997 arrasó Santiago de Compostela.

También hay historiadores que, con estudios en mano, dicen que el cuerpo que realmente descansa en la catedral de Santiago es el de Prisciliano y dos de sus seguidores. Prisciliano fue un obispo de la temprana iglesia católica, que en el siglo IV desarrolló unas creencias ascéticas y piadosas que lo hicieron chocar con la Iglesia y acabarían por costarle la vida. La doctrina de Prisciliano -el Priscilianismo- buscaba llegar a Dios a través del ascetismo, el rechazo a los bienes materiales y al dinero. Además era muy tolerante con las mujeres, que participaban en igualdad de condiciones en la fe. Rechazaba la Santísima Trinidad, apostando por la indivisibilidad de Dios. Muchos obispos contrarios a él lo vieron como un foco de problemas, por lo que se convocó el Concilio de Caesaraugusta (Zaragoza) para excomulgar a Prisciliano y a sus seguidores.
Pero Prisciliano ganó mucha más popularidad entre las clases bajas y otros hombres de la iglesia, hasta el punto de que Roma perdió el control religioso sobre la zona. El poder de Prisciliano era tal que consiguió que lo nombrasen obispo de Ávila en el 382. Y desde esa posición privilegiada decidió combatir su excomunión. Marchó hacia Roma, donde no consigue ser recibido por el papa Dámaso I, pero sí por el emperador Graciano, quien decidió levantar las prohibiciones contra él y los suyos. El Priscilianismo se extendía por el norte peninsular llegando incluso a Aquitania, pero la muerte de Graciano tras el levantamiento de Magno Máximo y la toma del poder por su parte sería el fin de los priscilianistas.
En el 385, Magno Máximo hizo decapitar a Prisciliano y desterró y despojó de sus posesiones al resto de sus seguidores; condena que horrorizó a muchos, incluso a religiosos contrarios al priscilianismo, por lo cruel del castigo. Pero esto no acabó con el movimiento, sino que lo reforzó. Ahora Prisciliano era un mártir y su palabra se extendió más. La iglesia y el estado reaccionaron presionando más y excomulgando a todos los seguidores de Prisciliano, incluidos los obispos afines. ¿Pero dónde se enterró a Prisciliano tras su decapitación? Se sabe que sus seguidores trajeron sus restos a su tierra natal, pero no sé sabe exactamente dónde lo enterraron. Existen múltiples teorías, quizás la más famosa es la que lo relaciona con la tumba del apóstol Santiago, ya que sería de Prisciliano y no de Santiago la tumba que se encontró en el siglo IX y que comenzó el culto al apóstol que llega a nuestros días.

Santiago de Compostela, 7 de abril de 2022.


8 Abril 2022. (Negreira - A Pena)
Una vez alcanzado Santiago de Compostela, quiero continuar hacía “el confín de la tierra”. Aunque después de hacer el camino desde Sarria en cuatro días, en lugar de los habituales cinco, también necesito algo de descanso.

El día amanece diluviando -cumpliendo el pronóstico meteorológico-. Tomo el autobús en Santiago y me dirijo a Negreira, a escasos veinte kilómetros. Desde allí haré ocho kilómetros andando para llegar al Albergue Rectoral de San Mamede en A Pena (Piaxe).

El autobús hace ruta por los pueblos alrededor de Santiago y le cuesta una hora llegar. Finalmente llegamos a nuestro destino. Yo pregunto a una señora que viaja en el autobús: “Señora, ¿puede decirme cómo puedo coger el Camino?”, y ella: “Pregunte usted al dueño de este bar y le dirá”. Así lo hago, y efectivamente me encamina con indicaciones muy claras.

San Mamede
Cuando comienzo a andar ya ha dejado de llover y el resto del día se mantendrá seco. Hago los dos primeros kilómetros, hasta Zas, por el arcén de la carretera. Allí, encuentro las indicaciones del Camino, son tan claras como las que conducen a Santiago. Continúo entre eucaliptos y robles. El itinerario es muy agradable. El Camino pasa por detrás de la pequeña iglesia de San Mamede en A Pena, justo enfrente al albergue, que es mi destino del día. Sentado en la bancada de piedra que se encuentra a la entrada -cerrada- de la iglesia, me como un pequeño bocadillo que llevaba en la mochila.

En este albergue me vuelvo a sentir un auténtico peregrino. No está masificado y es posible hablar distendidamente con el personal que lo atiende; surge la charla fácil: ¿De dónde vienes? ¿Dónde vas? ¿De dónde eres?... Por la tarde charlo también con el propietario, Manuel, quien abre la iglesia para que pueda verla. Me llama la atención un cuadro en la pared. Representa una procesión con el cura sujetando una custodia del Santísimo Sacramento enfrente de un bonito caballo tordo; detrás del cura, se encuentran sus feligreses, los habitantes de A Pena. La escena se desarrolla en el prado situado enfrente de la Iglesia, y al fondo pueden verse las casas del pueblo, incluida la casa rectoral, transformada ahora en albergue. La inscripción pintada en la parte inferior del cuadro reza: “Los hechos que se representan sucedieron en S. Mamés de Pena el día 18 de Agosto de 2019, coincidiendo con la fiesta del Santísimo Sacramento y siendo Párroco D. Juan José Fernández Tolcedo. Después de la eucaristía se procesiona con el Santísimo por el lugar y los asistentes al acto no prestaban suficiente atención a lo celebrado. Fue entonces que estando el dueño del Albergue “Rectoral da Pena” dando de comer manzanas a su caballo, este se fue galopando hasta inclinarse delante del Santísimo rebuznando (sic) tres veces ante el asombro de todos. VIVA JESUS SACRAMENTADO, VIVA SIEMPRE Y SEA AMADO. AMÉN.” Manuel me dice que efectivamente el caballo es el suyo y habla del interés del párroco en presentar el hecho como una especie de milagro y que tal vez dentro de cien años así sea considerado; añade que es verdad que el caballo relinchó tres veces, pero “el caballo es un caballo, y los caballos relinchan” concluye.

El ¿milagro? de S. Mamede de A Pena

A las siete y media tiene lugar la cena de peregrinos: todos juntos en mesa corrida. A pesar de que hay algunos peregrinos más -que deciden cenar en el bar- nos reunimos en el comedor tan sólo cinco personas: cuatro alemanes, que provenientes de la costa de la muerte se dirigen a Santiago, y yo. Me toca desempolvar mí oxidado inglés -único idioma común que compartimos-, pero la velada resulta muy agradable y la cena gustosa: lentejas, tortilla de patatas y flan, todo ello con auténtico sabor casero.

A Pena (Piaxe), 8 de abril de 2022.


9 Abril. (A Pena - Ponte Olveira)
Mazaricos
El día amanece con mucha niebla, que no levanta hasta buena media mañana. La temperatura es suave y llegará a ser cálida en el centro del día. La jornada transcurre sin novedad digna de mención: el camino es amplio y con buen firme, sobre asfalto en algunos tramos; el paisaje similar al de días anteriores; pocos caminantes, aunque en los dos sentidos. Poco más de veintitrés kilómetros hechos a ritmo de cinco kilómetros por hora. Lo más destacable es que hay que subir -y después bajar, esfuerzo que notan mis piernas cansadas- el Monte Aro, desde el que se divisa una gran masa de agua (Embalse de Fervenza). No es muy elevado, pero su tramo final presenta un repecho notable.

El albergue en el que me hospedo también está en línea con lo habitual: instalaciones nuevas, limpias y funcionales, que prestan al peregrino los servicios que necesita, incluyendo comidas.

Ponte Olveira, 9 de abril de 2022.


10 Abril 2022. (Ponte Olveira – Muxía)
Después de pasar una mala noche -desvelado, con constipado, sudando en la cama-, tomo una revitalizante ducha y un paracetamol con el ya repetitivo desayuno de café con leche y tostada con mantequilla y mermelada. Me encuentro en condiciones de, al menos, iniciar la última etapa de mi viaje. También es la más larga, más de 34 kilómetros. Pero pienso que siempre tengo la opción de llamar a uno de los taxis que atienden a los peregrinos.
Fisterra <> Muxía
Me pongo en camino con el amanecer. La mañana es gris, húmeda, pero no llueve. La temperatura, agradable. El paisaje, espectacular. Pasando Olveiroa, se avanza por la ladera de la montaña con unas vistas increíbles del río Xallas, que fluye encajonado por una tupida vegetación. A seis kilómetros de Olveiroa se encuentra la pequeña aldea de Hospital, y allí, la bifurcación de carreteras y caminos que llevan a Fisterra, por la izquierda, y Muxía, de frente. El mojón de Muxía marca 26,5 kilómetros -en realidad, la distancia señalada lo es hasta el santuario, más allá de un kilómetro pasado Muxía-, tres kilómetros menos que a Fisterra.

Dumbria
Continúo por el arcén de la carretera hacía Dumbria, a cuatro kilómetros. Es una población con parada del autobús Santiago-Muxía, y que podría coger en caso necesario. A la entrada de Dumbria hay una plaza con un bonito hórreo, un crucero, y la iglesia de Santa Eulalia -de los siglos XVII y XVIII y manteniendo la portada de estilo románico-. Hago parada en un bar y sentado en la terraza veo pasar el autobús; lleva quince minutos de adelanto, pero continúa su marcha sin esperar a la hora en que se supone que debería salir. ¡Bueno, no me importa! decido acometer otros doce kilómetros andando, hasta San Martiño de Ozón.

Quintans
Comienza a llover, a ratos, con un agua fina, de la que me protejo simplemente con el gorro de lluvia. El chaquetón apenas se moja, y el viento lo seca rápidamente en los intervalos secos. De esta manera continúo avanzando por la Galicia rural, cuajada de hórreos, entre eucaliptos y pinos, sin ningún orden ni concierto; por un camino ancho, bien acondicionando y bien señalado, que en algunos tramos discurre entre los muretes que delimitan las fincas y en otros sobre el arcén de la carretera. Si bien a primera hora me he encontrado con media docena de peregrinos y un pequeño grupo que seguían el Camino corriendo, ahora sólo me cruzo con una mujer que camina sola bajo la lluvia. Verdaderamente, entiendo que a esto se le llame el “confín de la tierra”.

Muxía
Llego al pequeño pueblo de San Martiño de Ozón, veinticuatro kilómetros andados. Me veo con ánimos de completar el recorrido a píe. Hago un pequeño alto para beber agua y comer unas almendras y chocolate que llevo en la mochila: energía para afrontar los últimos kilómetros. A partir de este punto hay una sucesión de subidas y bajadas que hacen pesado y largo el último tramo de la jornada. Pero, enseguida se llega a Merexo y desde allí se ve la ría. La vista del mar reconforta y hace pensar que el final de camino está cerca, aunque aún habrá que caminar otras dos horas. A la altura de Os Muiños, hago un ligero desvío a la derecha para ver sus playas de arena blanca. Finalmente, tras siete horas y media caminando, llego a mi destino: Muxía, fin del Camino y “fin de la tierra”. Primero me dirijo a la pensión para ducharme y descansar un poco; después, por la tarde, voy al Santuario de Santa María de la Barca, donde se encuentra el kilómetro cero del Camino a Santiago.

Mañana, regreso: autobús de madrugada a Santiago y desde allí en tren a Zaragoza.

El Santuario de la Virgen de la Barca se encuentra en un lugar espectacular: un saliente rocoso batido por olas bravas y la fuerte brisa marina, características de la “costa de la muerte” coruñesa. 
Santuario Virgen de la Barca
Y con el final del Camino, llegamos al final de éste modesto diario de viaje, que no tiene otra finalidad que la de fijar en palabras lo que la memoria del escritor irá borrando con el paso del tiempo; y también un intento de entretener al amable lector que haya decidido compartir el recorrido con él y haya llegado hasta este punto, que es punto final.

Muxía, 10 de abril de 2022.