7 de marzo de 2022

La guerra de Ucrania.

Ucrania nace como estado independiente y democrático el 24 de agosto de 1991, cuando el Parlamento Ucraniano aprueba el Acta de Proclamación de la Independencia de Ucrania. Hasta entonces, había estado bajo algún tipo de dominio extranjero desde la invasión mongola de mediados del siglo XIII. Ucrania ha sido parte de Rusia y las historias de Rusia y de Ucrania están entrelazadas.

Ucrania es un país complejo: la parte occidental habla ucraniano y acoge a la población católica (14% del total), la parte oriental habla principalmente ruso y concentra la población con origen étnico ruso y de confesión ortodoxa-rusa (Patriarcado de Moscú: 29% de la población total). La mayor parte de la población (42% del total) es ortodoxa-ucraniana (Patriarcado de Kiev).

La lucha política de la Ucrania democrática se puede resumir como un intento de imposición de una parte sobre la otra. A grandes rasgos: Occidente mira a Europa, Oriente mira a Rusia; la población está dividida entre la asociación con Europa o con Rusia. En 2013, el 41% de los ucranianos consideraban que la prioridad para Ucrania tenía que ser la integración con la UE y el 33% preferían una unión aduanera con Rusia.

Los hechos más significativos en su historia reciente son la Revolución Naranja y el Euromaidán. La Revolución Naranja (finales de noviembre de 2004 hasta enero de 2005) fue provocada por acusaciones de corrupción y fraude en las elecciones presidenciales del 21 de noviembre de 2004 entre los candidatos Víktor Yúshchenko y el pro-ruso Víktor Yanukóvich, a favor de este último. El Tribunal Supremo de Ucrania ordenó convocar nuevas elecciones para el 26 de diciembre de 2004. Bajo el escrutinio de observadores internacionales, la segunda contienda se declaró «libre y justa». Los resultados finales revelaron una clara victoria para Yúschenko, que recibió un 52% de los votos, comparado con un 44% de Yanukóvich. Yúschenko fue presidente entre 2005 y 2010.

Viktor Yanukovich (pro-ruso) fue presidente entre 2010 y 2014. El 21 de noviembre de 2013, un día después de que el Gobierno de Ucrania suspendiera la firma del Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea comienza en Kiev el Euromaidán: una serie de manifestaciones y disturbios heterogéneos de índole europeísta y nacionalista que logra el derrocamiento del presidente electo Víktor Yanukóvich, quien huye a Rusia en febrero de 2014 y es depuesto por el Parlamento.

El 1 de marzo de 2014, el exiliado expresidente ucraniano Víktor Yanukóvich pidió a Rusia el uso de fuerzas militares «para establecer la legitimidad, la paz, la ley y el orden, la estabilidad y la defensa de las personas de Ucrania». El mismo día, el presidente ruso Vladímir Putin solicitó y recibió la autorización del Parlamento de Rusia para desplegar tropas rusas en Ucrania y tomar el control de la península de Crimea, lo que hizo al día siguiente. Por otra parte, comenzaron disturbios en las regiones del este y del sur de Ucrania. En varias ciudades de las regiones de Donetsk y Lugansk, se organizaron milicias separatistas, que con apoyo ruso acabaron tomando el control de una gran parte de la región y declarando la autonomía de las repúblicas separatistas: República Popular de Donetsk y República Popular de Lugansk.


Lo que Occidente (Europa, Estados Unidos y sus socios y aliados) no comprende es que Ucrania es vital en la concepción de seguridad rusa. No acepta que las preocupaciones de seguridad de Rusia puedan ser genuinas, algo más que una mera excusa de Putin para justificar la construcción de un nuevo imperio ruso. Los rusos consideran que la expansión de la OTAN hacia el este es una amenaza contra su país.

Rusia no puede proteger sus fronteras –tiene la segunda frontera terrestre más larga del mundo– y confía su defensa en la profundidad estratégica, término que se refiere al territorio entre la frontera del país y los centros clave de población, gobierno y producción, que permite absorber un ataque enemigo y reaccionar sin poner en peligro sus fuentes de poder. Algo que Napoleón y Hitler tuvieron ocasión de comprobar. El concepto transciende del aspecto meramente militar al cultural y político, buscando un colchón que proteja el corazón ruso.

Lo que Putin no quiere aceptar es que Ucrania, como estado soberano y libre, pueda tomar decisiones propias y resuelva formar parte de la Unión Europea y, sobre todo, de la Alianza Atlántica. Putin es, de hecho, un tirano que aglutina todo el poder en Rusia, ha eliminado la oposición política, controla los medios de comunicación y la opinión pública, y por tanto no tiene que dar cuenta a nadie de sus actuaciones, por lo que hay que personalizar en él la actuación del país.

Así pues, el choque era inevitable. Occidente, por una parte, ha hecho oídos sordos a las inquietudes rusas y por otra ha ignorado las injerencias de Putin en Ucrania, que como hemos señalado se inician abiertamente en el año 2014. Y ello, quizás sea fruto de una actitud interesada: a Estados Unidos, más preocupado por la contención de China en el espacio indo-pacífico, le interesa el debilitamiento de sus posibles aliados, en este caso el eje Pekín-Moscú. La decisión de Putin de invadir Ucrania le relega a la condición de paria internacional y pone a China en una situación delicada. Occidente, por tanto, debe asumir su responsabilidad con Ucrania, quién finalmente ha recibido el golpe ruso. A pesar de las posibles responsabilidades (por omisión) de Occidente con Ucrania, Putin es el único culpable de invadir un país soberano, violar las fronteras internacionales y hacer saltar por los aires la legalidad internacional. Se ha colocado él mismo en una posición imposible ‒únicamente sustentada en la amenaza de utilizar armas nucleares‒ y se ha convertido en el primer enemigo de la precaria estabilidad mundial.

Tanque ruso en Ucrania (febrero 2022)
Tanque ruso en Ucrania (febrero 2022)

La invasión rusa de Ucrania ha desencadenado una guerra que probablemente será corta –dada la superioridad militar de Rusia sobre Ucrania–, pero que será seguida por una larga crisis. Occidente, a pesar de no participar en el conflicto militar, no puede permitir que Rusia salga victoriosa y alcance sus objetivos sin pagar un alto precio. Un precio que, al menos, le disuada de emprender nuevas aventuras expansionistas.

El inicio de la guerra ya ha provocado unas consecuencias que parecen irreversibles. Si el objetivo de Rusia era reforzar su seguridad estratégica, la invasión de Ucrania parece que va a lograr efectos contrarios:

- La población de Ucrania, antes dividida entre pro-rusos y pro-europeos, ahora es anti-rusa. Se refuerza la cohesión del país y el sentimiento nacionalista e independentista.

- Refuerzo de OTAN. La Alianza Atlántica cuya propia existencia estaba siendo puesta en duda por algunos líderes políticos y que estaba buscando su pervivencia a través de misiones no militares –tal como la lucha contra el cambio climático–, recupera su razón de ser primigenia: defensa colectiva del territorio y la población de sus miembros.

- Finlandia y Suecia tienen ahora mayores incentivos para abandonar su neutralidad y plantearse su entrada en la OTAN.

- Rearme de Europa. Incremento del gasto militar de los países (OTAN y UE) y tal vez reforzamiento de la defensa común en el seno de la Unión Europea. La decisión de Alemania de incrementar su presupuesto de defensa a los pocos días de la invasión de Ucrania es paradigmática.

- Debilitamiento de Rusia, como consecuencia de las sanciones económicas, el aislamiento internacional, la sangría social y económica si se perpetúa en el tiempo la ocupación de Ucrania, y el crecimiento de la oposición interna a Putin como resultado de todo lo anterior.


Zaragoza, 7 de marzo de 2022.

Francisco Javier Aguirre Azaña.


17 de enero de 2022

El Ebro pasa.


El Ebro pasa orgulloso; a veces soberbio, sabiéndose dueño soberano de sus aguas caudalosas, recogidas por afluentes que rinden pleitesía a su señor, quien no reconoce obstáculo a su voluntad; otras veces: enjuto, sosegado, paciente, sabiendo que tras la sequía -tarde o temprano- llegará -otra vez- la abundancia.

Nosotros lo vemos pasar y pensamos que es nuestro, que lo podemos humanizar como si fuera un dios más, y domeñar como si no fuera la propia Naturaleza, altiva y despectiva. Levantamos diques, azudes y muros. Él deja hacer, sabe que el tiempo -ese tiempo que se mide en milenios- es suyo, mientras que nuestros calendarios sólo cuentan los años.

Él dialoga con los cielos, las rocas y los bosques; y discurre indiferente a nuestros afanes. La ambición miope, la ignorancia deliberada, la estupidez autocomplaciente -pretensiones humanas de corto recorrido- no son de su incumbencia. Tampoco le interesan la bondad, la abnegación o la sabiduría, que -aunque bienes más escasos- también adornan a ese género humano apegado a lo inmediato, a lo material y perceptible. Río y humanidad son entes que comparten un espacio común, pero que hablan lenguajes diferentes.

El Ebro pasa arrogante y disciplente, atravesando paisajes efímeros y vidas fugaces.

27 de octubre de 2021

Diario del Camino. De León a Sarria.

Diario del Camino de Santiago. De León a Sarria.

Caminar y contarlo.

Francisco Javier Aguirre Azaña

17 Octubre 2021. (León)
Salgo de Zaragoza a las once y media. Hago un cómodo viaje en tren. Hace ya varios años que dejé de viajar en tren, por lo que este viaje tiene ese particular sabor excitante de la novedad. Ese tipo de novedad que uno puede disfrutar cuando pasa de los sesenta, que no es sino añoranza un tanto melancólica, remembranza de las primeras veces, las primeras experiencias en que uno tenía toda la vida por delante, y prisa por apurarlas y buscar otras nuevas. Ahora, uno las saborea con serenidad, intentando sacarles todo el jugo, tal vez porque sabe que puede que no haya muchas más. 

El viaje se hace largo: seis horas para llegar a León. El tren parte con unos minutos de retraso, que recupera durante el recorrido. Me pongo a escribir estas líneas. Observo el discurrir del paisaje a través de las amplias ventanas. Paisaje otoñal. Los árboles comienzan a mostrar sus tonalidades ocres sobre un horizonte de nubes grisáceas, cargadas de fina lluvia en Zaragoza, y que se van llenando de luminosidad según avanza el tren hacia el oeste: Pamplona, Vitoria, Burgos. Al llegar a Palencia, dejan ver retazos de limpio cielo azul detrás de ellas, y comienzan a ser atravesadas por tímidos rayos de sol que hacen subir la temperatura unos grados. Me reafirmo en la idea de que es el momento ideal para realizar esta caminata, para disfrutar los días aún largos, pero sin el agobio del calor veraniego, y ver cómo la vegetación, día a día, se viste con sus colores otoñales.

Catedral de León
Por la tarde, una vez en León, realizo el primer acto de lo que, después de tres salidas similares a esta -la última hace ya dos años, ¡maldito covid!-, es ya una costumbre: dirigirme a la catedral (pulcra leonina, piedra y luminoso vidrio) para sellar la credencial del peregrino, pistoletazo de salida de una empresa que, como me ocurre siempre, no estoy seguro de poder finalizar en toda su extensión. Encuentro la catedral cerrada -tarde de domingo- y me dirijo a la basílica de San Isidoro, donde están celebrando misa. Cuando acaba la celebración, me dirijo a la sacristía, donde amablemente me estampan un vistoso sello de color rojo. El resto de la tarde me dedico a recorrer los lugares emblemáticos de la ciudad: el convento de San Marcos -
Plaza del Grano (León)
a pocos pasos del modesto hotel en que pernocto-, con el puente aledaño sobre el río Bernesga -que aprovecho para reconocer, pues será mi punto inicial al día siguiente-;
San Isidoro; la muralla; la plaza de la catedral y la magnífica visión de su fachada; el Barrio Húmedo; la Plaza del Grano -una de las plazas medievales que más me gustan de todas las que conozco-. 
Pasear por León es siempre gratificante.


Para cenar, no puedo resistir la tentación de comer una ración de morcilla picante leonesa en La Bicha, pequeño bar en la plaza de San Martín regentado en solitario por Paco, a veces irascible y maleducado con sus clientes. Sólo sirve morcilla, chorizo y queso. Hoy está de buen humor, bromea con sus parroquianos y a mí me obsequia con un pequeño trozo de queso curado.

León, 17 de octubre de 2021.


18 Octubre 2021. (Hospital de Órbigo)
Comienzo el día con una sorpresa desagradable: no hay agua caliente en la ducha. Unos manguerazos rápidos y listo. Empiezo a caminar unos minutos después de las ocho, media hora antes de que amanezca. Atravieso el puente sobre el río Bernesga, junto al antiguo convento y hospital de peregrinos de San Marcos. 

Un poco después encuentro la primera marca -una concha incrustada en la acera, que señala hacía el oeste-. El Camino discurre por las calles leonesas y atraviesa un pequeño polígono industrial. No es hasta el kilómetro seis cuando se abandona el asfalto y se puede pisar un camino de tierra. Se pasa por unas curiosas bodegas excavadas en la tierra. Pero pronto el Camino confluye con la carretera N-120 que lleva a Astorga. Hay que volver a pisar el asfalto y las baldosas de calles de Trobajo del Camino y la Virgen -también- del Camino, pequeñas poblaciones prácticamente unidas a León.

El Camino transcurre paralelo y cercano a la carretera -que hay que cruzar en varias ocasiones- y en gran parte sobre un firme duro. El abundante tráfico provoca un desagradable ruido. Eso unido a que el páramo que atraviesa ofrece un paisaje monótono -extensiones rectilíneas en que sólo se distinguen cultivos de maíz- hacen de esta una etapa fea. El peregrino puede optar por desviarse, a su izquierda, una vez atravesado el paso bajo la autopista, hacia Villar de Mazarife, pero supone hacer algún kilómetro de más. Yo continúo por el camino clásico, pues mi destino es Hospital de Órbigo -no San Martín del Camino, a mitad de camino entre León y Astorga-, y 31 kilómetros son suficientes para un día.
A pesar de todo, encuentro momentos gratificantes en algunos trechos: el día está nublado y la temperatura es agradable para caminar. De vez en cuando se siente en la cara el mismo viento que mueve las ramas de los árboles que bordean los canales de riego -chopos, álamos y alguna acacia me parece distinguir, aunque no podría asegurarlo-. El viento hace caer las hojas amarillentas sobre el camino que piso.

El Paso Honroso
Como un par de pequeños bocadillos y un plátano al llegar a Hospital de Órbigo, sobre el majestuoso puente de diecinueve arcos del Paso Honroso, donde el noble leonés Suero de Quiñones retaba a combatir a los caballeros que cruzaban el puente entre el 10 de julio y el 9 de agosto del año 1434, para conquistar a su amada. Afortunadamente, yo no tengo que entrar en duelo con nadie para cruzar. Con un último esfuerzo cubro el kilómetro que me lleva al hotel que se encuentra junto a la carretera de Astorga, y que se llama -cómo no- el Paso Honroso.
Cuando terminó el torneo, don Suero y sus amigos se dirigieron en peregrinación a Santiago para cumplir con la promesa hecha. Aquel torneo fue conocido como "El Passo Honroso” y fue narrado y cantado por muchos poetas de la época. El notario real Pero Rodríguez de Lena dejó por escrito una crónica del hecho.

Hospital de Órbigo, 18 de octubre de 2021.


19 Octubre 2021. (Astorga)
Paso una mala noche: me despierto a las cuatro debido a que el colchón de la cama está recubierto con una funda de plástico que, a pesar de las sábanas, lo hace desagradable al contacto con las piernas y el cuerpo, y extremadamente caluroso. Además, el calor de la habitación se hace insoportable durante las últimas horas de la noche -no puedo regular la calefacción-. Cuando salgo a la calle, respiro ávidamente y dejo que el aire fresco -once grados- inunde mis pulmones. Son algo más de las ocho y aún está oscuro. Cruzo la carretera N-120 y comienzo a caminar por las calles desiertas del pueblo, buscando las marcas del Camino. A la salida de la población me encuentro con los primeros peregrinos; rebaso a una joven que camina sola -¡buen camino!, nos saludamos- y veo otros cuatro que se mantienen por delante.

Los primeros metros son similares a los de la jornada anterior: el camino ancho y llano, de tierra negra, atraviesa cultivos de maíz -los tallos amarillos, secos-, entre multitud de canales de riego. El camino tuerce a la derecha, hacía Villares de Órbigo, alejándose -afortunadamente- de la carretera y del ruido y la visión del tráfico. Me gusta especialmente caminar a estas horas de la mañana, cuándo la oscuridad va dando paso al día y el ambiente es fresco. Los primeros pájaros comienzan a volar. Otro gran grupo de palomas se mantiene sobre los cables del tendido eléctrico, como mirando a los peregrinos y pensando que hacer en ese nuevo día. En un momento dado, el color negro del camino se transforma en blanco. Más adelante, se tornará rojizo.
La orografía comienza a cambiar, el relieve se ondula y el camino sube y baja pequeños montes. El paisaje de la Maragatería comienza a mostrarse con todo su encanto. Al cabo de dos horas no encuentro lugar para hacer el alto que toca. En la cresta de un monte, dejo los bastones y la mochila junto a un pino y hago un alto de diez minutos. Me interno un poco entre los pinos que se asoman al camino y encuentro multitud de setas, de tres o cuatro clases distintas, incluyendo algunos níscalos (robellones)- son más de los que había visto nunca-. Me limito a fotografiarlos para tener prueba del hallazgo. 

Crucero de Santo Toribio
Cinco kilómetros antes de llegar a Astorga, el caminante se encuentra con el crucero de Santo Toribio. Desde el alto en el que está situado se alcanza a ver, primero San Justo de la Vega (la vega es la del Río Tuerto), y al fondo Astorga. Hoy de forma poco clara, debido a las nubes. Aunque, conforme avanza la mañana, el sol se va abriendo paso y traerá una tarde luminosa y cálida. 
Catedral de Astorga

Después de 19 kilómetros, y 3 horas y 40 minutos de marcha, llego a la catedral, donde me sellan la credencial del peregrino. Me dirijo al hotel que se encuentra cercano, enfrente del Palacio de Gaudí, y me dispongo a realizar las tareas propias del buen peregrino: lavar los calcetines y la ropa interior, revisar los pies en busca de ampollas. Noto que se empieza a formar una ampolla en cada pie, así es qué paso unos hilos por cada una de ellas y las desinfecto con iodo.

Después de ducharme me dirijo al restaurante La Casa Maragata, uno de los mejores para degustar el cocido maragato. Uno no puede pasar por Astorga sin hacerle honores a su cocina. Después de haber vivido casi un año en Astorga, siempre he pensado que es uno de los sitios donde mejor se come de toda España.
El cocido maragato se come al revés que el cocido normal: primero la carne -o surtido de varias carnes-, después los garbanzos y la verdura, y por último la sopa. Una leyenda dice que la costumbre se inició durante la Guerra de la Independencia. Una unidad francesa tenía prisa porque debían salir a combatir con los españoles, pero ya tenían la comida preparada y, puesto que se había tocado fajina, decidieron comer rápidamente: comenzaron con las carnes que era lo que proporcionaba más energía, pero como estaba tan bueno, pidieron comerse también los garbanzos, que estaban exquisitos; finalmente se tomaron también la sopa. Una explicación más plausible es que los arrieros maragatos -que transportaban el pescado desde Galicia (del mar) a Madrid (a los gatos, nombre con el que se conoce a los madrileños)- solían comerlo así. Llevaban el cocido, ya hecho, en tarteras, y en una parada del camino lo calentaban; pero sucedía que si se comían primero la sopa y mantenían el resto de los alimentos al fuego se les resecaban demasiado, pero si los apartaban del calor se les enfriaban los garbanzos y la carne, por lo que encontraron la solución invirtiendo el orden de ingesta. Además, comprobaron que era más fácil de digerir, por lo que incorporaron el descubrimiento a la práctica diaria, convirtiéndolo en costumbre.

Cocido maragato

Astorga, 19 de octubre de 2021.


20 Octubre 2021. (Foncebadón)
Me pongo en marcha pocos minutos después de las ocho, con una temperatura de doce grados. Salgo de Astorga, aún en sombras, por la carretera provincial LE-142. El Camino discurre por un andador de cemento junto a la carretera. A la derecha se divisa el imponente edificio del Regimiento de Artillería y la tapia que delimita el extenso acuartelamiento. Enseguida se llega a la entrada del pequeño pueblo de Valdeviejas, donde también se encuentra -a la izquierda- la ermita del Ecce Homo, construcción del siglo XVIII, completamente restaurada. Había leído que el ermitaño la abre pronto, pero todavía está cerrado y continúo mi camino sin detenerme.
El día transcurre sin grandes novedades. Hoy toca atravesar el corazón de la Maragatería: los pueblos de Murias de Rechivaldo, Santa Catalina de Somoza, El Ganso y Rabanal del Camino se van sucediendo. En Murias cojo una piedra para, siguiendo la tradición, arrojarla mañana al pie de la “Cruz de Fierro”, en lo alto del monte Irago, pasado Foncebadón -había pensado cogerla en Astorga, pero se me olvidó y no era cuestión de volver a por ella-; en Santa Catalina paro a tomar café; en Rabanal, en cambio, paso de largo, sin dejarme seducir por los cantos de sirenas que suponen la gran cantidad de restaurantes y bares -todos ellos con muy buen aspecto- que intentan retrasar al peregrino en el cumplimiento de su objetivo.
La mañana discurre con una climatología opuesta a la de los días anteriores. Al amanecer, el sol lucha con las abundantes nubes para imponerse; en algunos momentos consigue proyectar la sombra del caminante por delante de sus pasos. Pero finalmente son las nubes las que vencen. La predicción era de lluvia ligera a media mañana. Yo, precavidamente, llevo la capa y el gorro de lluvia en la pequeña mochila que hace el Camino conmigo. Pero no es necesario sacarlo, sólo caen unas pocas gotas que no llegan a mojar.

La caminata de hoy es de 25 kilómetros y hay que subir casi 600 metros de desnivel, pero se hace sin gran dificultad, disfrutando de un bonito paisaje. El camino va ganando altura poco a poco, la pendiente es ligera y se mantiene de forma constante. Aunque se hace más pronunciada en los últimos seis kilómetros, desde poco antes de Rabanal del Camino. En este tramo, el peregrino tiene que esforzarse más y su ritmo cardiaco se acelera. Pero obtiene la recompensa de poder admirar el paisaje de los montes de León, una vez dejada la meseta atrás.

Paro a comer antes de entrar en Foncebadón: un pequeño bocadillo de jamón York y queso, un yogur, una pera y un hojaldre; todos los productos provenientes del desayuno del hotel. No es mucho, pero espero resarcirme en la cena. De hecho, veo unas vacas muy lustrosas pastando libremente por las inmediaciones; espero comerme un buen trozo de alguno de sus congéneres un poco más tarde.
El pueblo del Foncebadón fue abandonado por sus habitantes a finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado. Fue víctima de saqueos que en muchos casos dañaron seriamente las casas, que acabarían derrumbándose sobre sí mismas, tal y como pasó con la hoy reformada parroquia o el colegio. Con el resurgir de la peregrinación a Santiago, en la última década del siglo XX, el pueblo ha vuelto a renacer y actualmente tiene albergues, tiendas, bares y restaurantes. Me alojo en “El Trasgu”, que cuenta con unas instalaciones nuevas y acogedoras.

Foncebadón, 20 de octubre de 2021.


21 Octubre 2021. (Ponferrada)
Inició la marcha después de desayunar en el albergue, un poco más tarde que los días anteriores. Foncebadón es un pueblo pequeño, en un momento se deja atrás, y es peligroso caminar a oscuras por la montaña. Aun así, parto antes de que amanezca, pero cuando la incipiente claridad del nuevo día ya permite ver donde se ponen los pies. Hace frío. El termómetro marca seis grados, pero el viento -que no ha parado de soplar desde que llegué la tarde anterior- y la húmeda niebla matinal hacen que la sensación térmica se aproxime a los cero grados. Me embozo bien con el chaquetón y estiro las mangas para cubrir las manos; echo de menos unos guantes que no llevo.
Cruz de Fierro
Sin embargo, me encuentro con varios peregrinos que han madrugado más que yo: ¡Buen camino!, nos saludamos. Al poco llego a la Cruz de Fierro, donde también hay otro grupo de peregrinos. Está situada en el punto más alto del puerto, a 1500 metros. Constituye también el punto más alto de todo el Camino Francés a Santiago. Está formada por un poste de madera de unos cinco metros de alto coronado por una cruz de hierro. Fue erigida a principios del siglo XI para señalar el camino -al parecer, en época romana ya se marcaba el lugar con guijarros- y servir de referencia a los caminantes durante las frecuentes nevadas. La tradición dice que el caminante tiene que arrojar una piedra, de espaldas a la cruz, para simbolizar que deja el puerto atrás. Yo hago lo propio: sobrepaso la cruz y arrojo hacia atrás la piedra que había cogido del suelo en Murias de Rechivaldo con este objeto.

La marcha matutina por el monte Irago me resulta muy estimulante: el viento en la cara y las brumas vespertinas elevándose poco a poco. El ambiente es tan limpio que los perfiles y los colores del paisaje parecen híper-reales.
Hay que subir antes de iniciar la bajada. Son unos 900 metros de desnivel en total, pero sólo algunos tramos presentan dificultad debido a la inclinación y al suelo de piedras. Los bastones resultan muy útiles en la bajada. En cualquier caso, después de los comentarios que había escuchado y leído, esperaba un descenso más duro. Consigo mantener una velocidad de marcha de casi cinco kilómetros por hora.

Después de dos horas y media llego a El Acebo, primer pueblo del Bierzo que se enorgullece de serlo. Hago una parada: café con leche y bizcocho casero. Continúo. Más adelante me quito el chaquetón, me enfundo el sombrero y las gafas de sol. Con la mañana mediada, la temperatura ha subido y el sol -hoy sí- pone en retirada a las nubes. La siguiente población grande -ya finalizado el descenso- es Molinaseca, a la que se accede cruzando un puente romano. La atravieso siguiendo su bonita calle principal, bordeada de casas antiguas bien conservadas y sólidos edificios de piedra. A partir de aquí, hasta llegar a Ponferrada -casi ocho kilómetros -, la marcha se hace cansina, en parte sobre el asfalto de la carretera o aceras de cemento. Dado que es poco más de la una, decido continuar hasta Ponferrada y comer allí. Entre Astorga y Ponferrada, el Camino discurre en paralelo con la carretera provincial LE-142, cruzándose ambos en varias ocasiones.

Castillo Templario
Ponferrada
Para llegar al centro histórico de Ponferrada hay que cruzar por el Puente Boeza, sobre el río del mismo nombre -la ciudad se encuentra entre las aguas de dos ríos: el Boeza y el Sil-, y después ascender siguiendo las señales del Camino. Lo primero que se encuentra el caminante es la impresionante entrada del castillo, que fue de la Orden del Temple durante los siglos XIII y XIV. Después se pasa por la Basílica de la Virgen de la Encina y la Torre del Reloj (siglo XVI), llegando a la plaza del ayuntamiento, con una bonita fachada barroca.
Una historia interesante es la del nombre de la ciudad: en torno al año 1082, el obispo Osmundo de Astorga, con la colaboración del rey Alfonso VI de León, ordenó la construcción de un puente sobre el río Sil para facilitar el tránsito de los peregrinos del Camino de Santiago, debido a las dificultades que presentaba el anterior paso. Este nuevo puente se reforzó con hierro, y esta circunstancia dio nombre, posteriormente, a la población que creció en sus alrededores, junto al Sil: Pons Ferrata. Otra teoría propone el nombre de Ponte Ferrato como puente fortificado. Este puente es el que cruzaré mañana para continuar el Camino.

En el hotel me aconsejan un mesón cercano para comer. Allí pido botillo con garbanzos y verdura, una de las especialidades gastronómicas del Bierzo. Sin embargo, recibir la noticia del fallecimiento del último tío de mi mujer, no me permite disfrutar este plato que anhelaba probar desde hace tiempo.

Botillo berciano

Ponferrada, 21 de octubre de 2021.


22 Octubre 2021. (Villafranca del Bierzo)

Caminando Ponferrada
Suenan las últimas campanadas de las ocho en un reloj cercano cuando comienzo a caminar, una vez abandonado el hotel Los Templarios. Por una estrecha calle empedrada, casi a oscuras, desciendo hasta la calle Rañadero, que continúa bajando hasta desembocar en la avenida que cruza el río Sil a caballo del “Pons Ferrata”. Las señales del Camino se pierden un poco más adelante. Varios peregrinos avanzamos en la misma dirección, pero ante la ausencia de marcas, en un momento dado formamos un corrillo y consultamos nuestros móviles para cerciorarnos de que no nos perdemos. Un poco más adelante aparece una señal del Camino y cada uno continúa a su ritmo. Yo los voy dejando atrás. Desde ese momento las señales no faltan, pero no son tan abundantes como es habitual en otros tramos, y prácticamente no se ven las familiares y amigables flechas amarillas pintadas en el suelo.
El camino de salida de Ponferrada, al igual que el de entrada, da un rodeo. Esta vez más largo; en vez de avanzar hacia el oeste, lo hace hacía el norte, hacia Compostilla. Hay que hacer más de diez kilómetros sobre el asfalto de la carretera y las aceras de los núcleos urbanos que se suceden uno a otro -con el acompañamiento del consiguiente tráfico-, antes de pisar un camino de tierra, a la salida de Camponaraya. Enseguida, el paso elevado sobre la autovía A-6. Desde allí hasta Cacabelos el camino discurre entre un espléndido paisaje otoñal, con multitud de viñedos a ambos lados, y con la vista de los montes de León en el horizonte.
Cacabelos se extiende a la vera del río Cúa; la actividad principal de sus habitantes es el vino y los viñedos, contando con gran cantidad de bodegas que se anuncian al paso del caminante.

El Camino, hasta ahora llano, comienza a ascender hacía Villafranca del Bierzo, con algún repecho fuerte. La primera parte -algo más de la mitad de este tramo- discurre literalmente sobre la carretera, que en algunos puntos carece incluso de arcén, haciendo el paso peligroso para el peregrino.
Villafranca del Bierzo también es un municipio extenso. Se encuentra en el valle del río Burbia, donde éste recibe las aguas del río Valcarce. Lo primero que uno encuentra es la Iglesia de Santiago, del siglo XII, con su Puerta del Perdón en el lateral (norte) que mira hacía el Camino. Según un privilegio del siglo XV, esta puerta es la única de todo el Camino de Santiago que concede el jubileo al peregrino enfermo que no puede llegar a Santiago de Compostela, lo mismo que la Puerta Santa de la Catedral de Santiago. Y al igual que esta, sólo se abre en Año Santo. La señora que mantiene abierto el recinto me da unas pinceladas sobre los principales monumentos de Villafranca: el castillo -un poco más allá de la iglesia-, la Iglesia de San Francisco, San Nicolás el Real y la Colegiata, cuyos soberbios edificios destacan en el horizonte formado por el resto de construcciones civiles.

San Nicolás el Real
Villafranca del Bierzo
Me alojo en la hospedería del antiguo colegio jesuita de San Nicolás el Real, después de los Padres Paules, en una de las habitaciones conventuales que rodean el claustro, aunque con vistas al exterior. La sobriedad de la habitación se ve compensada por el privilegio de poder pernoctar en este edificio histórico. En el mismo edificio se encuentra el conocido museo de ciencias naturales de los Padres Paules, dedicado a zoología, conchas y minerales. Desafortunadamente está cerrado y no lo puedo visitar.
Cuando le pregunto, la hospitalera me indica un par de mesones donde comer, fuera del circuito de establecimientos orientados a la gente de paso, donde te ofrecen la carta en inglés. Elijo el más apartado, donde la clientela es local y no utilizan el inglés ¡ni falta que les hace!

Villafranca del Bierzo, 22 de octubre de 2021.


23 Octubre 2021. (O Cebreiro)
Desayuno en una cafetería próxima a San Nicolás el Real puesto que la del hostal no abre hasta más tarde. Me pongo en marcha a las ocho y media, cruzando el puente sobre el río Burbia. La mañana está fría -cuatro grados-. Aún se puede ver la luna llena en el horizonte, velada a veces por jirones de bruma que se elevan desde los montes que rodean el camino que asciende paralelo al río -ahora es el río Valcarce, qué baja hacía el Burbia y nos acompañará durante muchos kilómetros-. Una ligera brisa trae el olor de madera quemándose en el hogar de alguna casa cercana.

El Camino transcurre junto a la carretera N-VI -ahora sin tráfico, ya que éste circula por la autovía A-6, cuyo trazado salva el relieve con abundantes viaductos y túneles-; un murete de menos de un metro de altura los separa, protegiendo al caminante. El peregrino avanza entre el río y la carretera, bajo los viaductos de la autovía, durante más de trece kilómetros, hasta La Portela. A pesar de marchar sobre asfalto, la cercanía del río, el sonido del agua y el paisaje circundante hacen la caminata muy agradable.
Hago un alto en la estación de servicio de La Portela. Descubro con enorme placer que tienen churros. Las camareras hablan en gallego, ya que a partir de Villafranca del Bierzo se utiliza esta lengua; también se encuentra escrita en los carteles informativos.
Continúo la marcha a buen ritmo, entre robles y castaños. Sé que el Camino discurre sensiblemente llano los primeros 21 kilómetros, y a partir de ahí se inicia la subida: 600 metros en 6 kilómetros. Nunca como en esta etapa ha sido tan importante planear la forma de abordarla. Yo hago los primeros 20 kilómetros a buen ritmo -5,5 kilómetros por hora-, ya que el trazado -sobre asfalto- lo permite. Antes de coger la senda de tierra hago otro alto, me descalzo las botas para que se sequen los pies y me hidrato bien para afrontar la subida. Los bastones vuelven a demostrar su utilidad en un terreno en pendiente. Sobre las dos, llego a Laguna de Castilla en buenas condiciones de pies y piernas. Paro a reponer fuerzas con un bocadillo y una bien merecida cerveza. Después, reconfortado, me dispongo a completar los dos kilómetros que quedan hasta O Cebreiro. 
Entrada en Galicia

Al poco, un monolito marca la entrada en Galicia: fotografía obligada; yo se la hago a un italiano y el me la hace a mí. Atrás queda León, provincia que he atravesado en nueve jornadas de marcha.

A la llegada a la pequeña población de O Cebreiro quedo sorprendido por el gran patrimonio que atesora. Y que atrae gran cantidad de visitantes, no sólo peregrinos. Además, supongo que el hecho de que sea un sábado soleado y cálido explica la gran cantidad de gente que hay en esta pequeña aldea.
Iglesia Santa María la Real
O Cebreiro
Su iglesia -Santa María la Real- es uno de los monumentos más antiguos de la ruta jacobea. Fue construida en el siglo IX, aunque la fachada actual no es la original. Alberga una imagen de la Virgen de O Cebreiro, del siglo XII. En el monasterio al que pertenecía había un hospital para atender a los peregrinos. 
En otra capilla, a la izquierda del altar, se encuentra la sepultura de don Elias Valiña, conocido por el cura del Cebreiro, fallecido en 1989. Fue sacerdote y escritor, estudioso del Camino de Santiago. Recuperó numerosos tramos perdidos a lo largo de esta ruta, desde Francia a Galicia y señalizó con flechas amarillas la ruta del Camino Francés. Para muchos, el gran impulsor del auge de las actuales peregrinaciones a Santiago de Compostela.
Pallozas de O Cebreiro
Por último, en O Cebreiro se pueden ver varias pallozas y visitar gratuitamente una de ellas, totalmente pertrechada con muebles y utensilios. Son típicas de la comarca de Los Ancares que se extiende entre León y Lugo.

En cuanto al alojamiento, casa rural La Venta Celta, encuentro que la habitación no tiene prácticamente espacio para estar, aparte de la cama; la calefacción no funciona -la mínima es de un grado-; no tiene wifi, ni televisión; se escucha a los vecinos como si estuvieran en la propia habitación; el uso del salón de la casa está prohibido. Todo ello a pesar de que el precio es superior al de algunos hoteles bien provistos. Un ejemplo de que también existe gente que ve al peregrino simplemente como alguien del que aprovecharse económicamente.

O Cebreiro, 23 de octubre de 2021.


24 Octubre 2021. (Triacastela)
Me levanto media hora más tarde -es domingo-. Realizo las mismas tareas que todos los días: aplico crema anti rozaduras en los pies, recojo la ropa de calle y la meto en la mochila grande, preparo la mochila pequeña en función de la previsión meteorológica -hoy incluyo gorro y capa de lluvia, pues hay lluvia ligera por la tarde-, llevo la mochila grande al punto de recogida, desayuno y vuelvo a la habitación para recoger la mochila pequeña y los bastones e inicio la caminata.
Peregrina
Desando unos pasos y me dirijo al mirador desde donde se ven los montes del Bierzo, al este. Cerca se encuentra la escultura a tamaño real de una peregrina descansando y observando -también- el paisaje. La vista, a estas horas, es espectacular: al fondo, delante del aura anaranjado que preludia la salida del sol, un horizonte de montes lejanos -entre ellos el Teleno-; a partir de ellos, una serie de valles verdes se van aproximando al espectador; minuto a minuto, el cuadro va ganando luminosidad, los colores realce y los perfiles de campos, praderas y árboles nitidez. A las ocho y media -con el frío pegado a mi inmovilidad- doy media vuelta y comienzo a andar hacía el oeste.

Alto de San Roque
La pista es ancha, con buen piso de tierra, cómoda para caminar. Sube y baja al compás del terreno. Pasa por el Alto de San Roque (1270 m), donde se encuentra la estatua-monumento del peregrino y llega al Alto de Poio (1335 m - el punto más alto del Camino en Galicia). El repecho de subida a Poio es corto, pero tiene mucha pendiente y hace perder el resuello al caminante. Afortunadamente, en Poio hay un par de bares en los que reponerse. La pista continúa sensiblemente llana atravesando algunas pequeñas poblaciones en las que sigue abundando vacas, perros y gatos. La bajada comienza unos seis kilómetros antes de llegar a Triacastela; la pista está en buenas condiciones, y el caminante va pisando bellotas y castañas de los robles y castañedos que además de fruto proporcionan una agradable sombra. Sin embargo, la fuerte pendiente -baja de 1200 a 660 metros- pone a prueba sus rodillas.
Llego después de poco más de cuatro horas de agradable caminar, bajo un cielo despejado y soleado, con una temperatura que no supera los quince grados. Por la tarde, las nubes se hacen presentes y comienza a llover, amenazando lluvia también para el día siguiente.

Iglesia Santiago
Triacastela
Triacastela no tiene mucho que ofrecer al peregrino. A su entrada se puede admirar un castaño centenario que tiene 800 años y, una vez en la población, la Iglesia parroquial de Santiago, rodeada por el camposanto, como es habitual en estas tierras. La iglesia románica fue reconstruida en el siglo XVIII. También hay un crucero en la calle principal, más abajo. Lo que sí abundan son albergues y mesones que se disputan la atención de los peregrinos. Después de varios días, los peregrinos que coincidimos en el camino y en los albergues y restaurantes nos vamos reconociendo. Yo calculo que somos alrededor de cuarenta los que estamos haciendo las mismas etapas y pernoctando en las mismas localidades, prácticamente cerrando la temporada, que en muchos lugares finalizará con el mes.

Triacastela, 24 de octubre de 2021.


25 Octubre 2021. (Sarria)
Inicio la última caminata todavía a oscuras. Nada más salir del hotel se encuentra una bifurcación del Camino: por Samos, a la izquierda, o por San Xil, a la derecha Los habitantes de Triacastela sostienen que el Camino auténtico es el segundo, lo que encuentro muy razonable, puesto que el peregrino -con unos cuantos cientos de kilómetros a sus espaldas- se ahorra siete kilómetros hasta Sarria. Yo, en cambio, decido ir por Samos y visitar su convento benedictino. Al fin y al cabo son sólo 25 kilómetros, es mi último día de caminar y en la última predicción meteorológica para la jornada ha desaparecido la lluvia.
Al principio, el camino comienza por un amplio andadero junto a la carretera, paralelo al río Sarria, también llamado Oribio, que acompaña un espectacular bosque de ribera. Y es de agradecer, puesto que en los primeros minutos, la oscuridad es tal que no puedo ver más allá de donde piso. La temperatura no es tan baja como en las etapas anteriores que transcurrían por montaña -aquí la altura es de unos 700 metros-, pero el matutino orvallo -lluvia liviana, casi imperceptible- sigue haciéndose presente. El Camino se interna en el bosque y pasa por algunos pequeños núcleos de casas, pero apenas se encuentra presencia humana. 
Señales del Camino
Lo que sí se encuentra son unas curiosas señales -similares a las de tráfico, aunque más pequeñas en tamaño- que muestran las preocupaciones de los habitantes del lugar: no defecar y precaución con las gallinas y sus polluelos.


Monasterio de Samos
A las diez llego a Samos y en la portería del convento puedo ver que la primera visita es a las diez y media. Tomo café en un bar cercano para hacer tiempo. A la hora indicada, tres personas iniciamos la visita guiados por un monje que nos explica que su comunidad está formada por nueve monjes y nos enseña la parte abierta al público del convento: un gran claustro y otro más pequeño, gótico -que es el que más me gusta-, la botica, la iglesia y la hospedería que mantienen abierta. Después de sellar la credencial de peregrino reanudo la marcha, pasando unos minutos de las once.
El camino desde Samos hasta Calvor -donde se une al que viene por San Xil- continúa paralelo al río Sarria y lo cruza en ocasiones. Es por describirlo con una única palabra: impresionante; y también el más solitario de todo el Camino de Santiago. Tan sólo me encuentro con un vaquero, quien por cierto había cerrado el camino con una cuerda y me dice que “pase sin problema”, y otro peregrino más -aunque en Samos vi tres o cuatro-. Se pasa por varias aldeas, que deben estar habitadas, pero no se ve a nadie.

En Souto de Perros -el nombre no podía ser más adecuado, como se verá- me sale al paso un mastín, ladrándome desde un metro de distancia. En esos momentos echo de menos un verdadero bordón -largo y fuerte- como los que llevaban los antiguos peregrinos para situaciones como esta, en lugar de los ligeros bastones de aluminio que usamos los peregrinos actuales. Como no queda otra, continúo andando con precaución y vigilando los movimientos del animal, que afortunadamente se limita a ladrar furiosamente hasta que me alejo. Y sin más novedades, aparte de la pequeña colación -un pequeño bocadillo y un plátano distraídos del desayuno- que hago antes de entrar en Sarria, llego en un poco menos de cinco horas de marcha a mi destino del día y del recorrido de 200 kilómetros que me había propuesto para esta ocasión.

En Sarria me alojo en un hotel justamente enfrente de la estación de ferrocarril -el Roma-, reformado, funcional y cómodo; que dispone además de un buen restaurante, en el que me permito tomar una copiosa última cena con especialidades de la región: pulpo a la gallega y churrasco de ternera.



La vuelta a Zaragoza será en tren: desde Sarria al cercano Monforte de Lemos y allí enlazar con el tren que de Coruña va a Barcelona, y que le costará nueve horas y media llevarme a mi destino.

Sarria, 25 de octubre de 2021.

30 de agosto de 2021

Afganistán, reflexiones de un integrante de ISAF.

En estos días en que estamos viviendo la vergonzante retirada de Afganistán, no puedo sino recordar mi experiencia allí, entre diciembre de 2005 y abril de 2006, como teniente coronel jefe del equipo de enlace con el Ministerio del Interior afgano, responsable de canalizar todas las relaciones y comunicaciones entre el cuartel general de ISAF en Kabul (OTAN) y dicho ministerio.

No pretendo hacer un análisis de lo ocurrido –la carencia de información verídica y mi alejamiento del servicio activo, que dura ya varios años, no me lo permitiría–, pero no me resisto a poner por escrito los pensamientos que acuden a mi mente.

En primer lugar, como soldado, me siento orgulloso de haber participado en esa misión. Cumplimos con nuestro deber, lo hicimos lo mejor que supimos y que pudimos, dadas las circunstancias que encontramos, siguiendo las órdenes de nuestros generales que, a su vez, condujeron una operación militar subordinada a unos objetivos y parámetros diseñados por la autoridad política, democráticamente elegida por las sociedades de los países aliados que tomaron parte.

Honor y gloria a los ciento y dos soldados españoles caídos en la misión, que junto con tantos otros, en otros lugares y momentos, dieron su vida al servicio de España, dentro y fuera de sus fronteras. Que nadie utilice su memoria de forma sectaria o espuria.

Mi preocupado recuerdo de Mr. B..., mi intérprete. Joven pastún, inteligente y eficacísimo colaborador; barba recortada y vestido a la occidental, quién en una ocasión me contó que ya había sido detenido por los talibanes por llevar la barba arreglada y tuvo que pasar una noche en el calabozo. Si no ha sido evacuado por Estados Unidos, le imagino oculto en algún lugar, lejos de su casa para evitar las delaciones, después de quemar su ropa y dejar crecer su barba al estilo talibán.

En lo personal, mi opinión viene marcada por un hecho que sucedió en los meses de mi despliegue en Kabul. Relatado brevemente: un afgano que trabajaba en Alemania volvió a Kabul, donde residían sus dos hijas al cuidado de sus padres, puesto que él era viudo. Quería recoger a sus hijas y llevárselas a Alemania. Estando en la casa paterna, su padre descubrió entre sus pertenencias una biblia, ya que él se había convertido al cristianismo. El padre lo denunció por apostata y fue encarcelado, a la espera de juicio. Yo trataba diariamente con el jefe del centro de operaciones del Ministerio del Interior y con el secretario personal del ministro, así como muy frecuentemente con el jefe de la policía, el jefe del negociado de los equipos de reconstrucción provinciales, el jefe de prensa y otras altas autoridades afganas. Cuando les preguntaba que opinaban del caso, todos, sin excepción, me respondían lo mismo: debía ser juzgado y ejecutado, puesto que la ley islámica prevé pena de muerte para el musulmán apostata, a no ser que se desdiga y retorne al islam.

Esas personas reconocían y agradecían el esfuerzo que la comunidad internacional estaba haciendo por su país; eran conscientes que las posiciones de responsabilidad y privilegio que ostentaban estaban garantizadas por la presencia y financiación proporcionada por dicha comunidad internacional. Pero su sistema de valores era completamente diferente y no estaban dispuestos a cambiarlo.

Está extendida la idea de que el musulmán vive en el pasado, de que cuando sean conscientes de la superioridad del sistema de valores liberal / occidental evolucionarán y lo abrazarán. Pero no es cierto, viven el mismo presente que el resto del mundo, tienen acceso a televisión vía satélite y a internet –cuyas posibilidades utilizan, a menudo, con mayor eficacia para sus objetivos que las denominadas sociedades progresistas–, simplemente sus valores son distintos, y en algunos temas sensibles, radicalmente opuestos a los occidentales, que en muchas ocasiones son considerados simplemente despreciables. Y esto no sucede únicamente con el islam –o las interpretaciones más radicales del mismo–, la idea de una “superioridad moral” occidental no es compartida por una parte significativa de la población mundial. La percepción occidental de actuar como “libertadores” choca con la evidencia de ser recibidos como “conquistadores”. Nuestras “fuerzas (civiles y militares) de liberación” son percibidas como “fuerzas de ocupación”.

Ante la evidencia de este choque cultural, la pregunta que me venía a la mente era: ¿qué hacemos aquí? Bueno, yo sabía lo que hacíamos allí: proporcionar seguridad a la población frente a la barbarie talibán y ayudar a las autoridades afganas a reconstruir –habría que hablar mejor de “crear”– un país moderno, homologable con los estándares occidentales. Tal vez la pregunta no era: ¿qué?, sino: ¿cómo?

Pero la verdadera pregunta para todos los países (aliados, amigos y socios que comparten unos valores comunes) es: ¿estamos haciéndolo bien? No sólo en Afganistán, sino también en otros lugares de Oriente Medio y África en los que la comunidad internacional desarrolla esfuerzos similares.

Después de ver como lo hecho en veinte años se desmorona en unos días –como un terrón de azúcar que se disuelve en un vaso de agua–, como los talibán ocupan el país sin combatir, frente a unas fuerzas de seguridad (ejército y policía) de más de 300 000 hombres, instruidos, financiados y organizados por la coalición internacional. Después de la humillante retirada conducida por la Administración Biden –mostrando una falta total de liderazgo que ha convertido la operación en un patético “sálvese quien pueda”–, la respuesta es: ¡No, no lo hacemos bien!

¿Y ahora? No es el momento de regodearse en la culpa y el error –algo que siempre encuentra muchos seguidores–. Lo único que se puede hacer es aprender la lección –habrá muchas lecciones aprendidas que extraer–, y no volver a cometer los mismos errores. Si no lo hacemos así, entonces sí que habremos sido completamente derrotados, sí que las vidas, los esfuerzos y los recursos enterrados en Afganistán habrán sido en balde.


Zaragoza, 30 de agosto de 2021.
Francisco Javier Aguirre Azaña.





16 de agosto de 2021

General Sebastián Feringán y Cortés. Director del Cuerpo de Ingenieros Militares.


Sebastián Feringán y Cortés nació en Báguena el 19 de enero de 1700 y falleció en
Cartagena el 20 de mayo de 1762. 
Fue ingeniero militar, llegando a ser director del Cuerpo de Ingenieros Militares. El rey Carlos III le concedió el grado de mariscal de campo tres meses antes de su fallecimiento. Entre sus numerosísimas e importantes obras destaca el Arsenal de Cartagena.

Su mejor panegírico nos lo proporcionPedro Alcántara Berenguer y Ballester [1], su principal biógrafo: «Coronó Feringán su brillante carrera, en el curso de la cual dio pruebas inequívocas de su valer: como soldado, delante de Gibraltar; como ingeniero militar, en el mencionado sitio y fortificaciones de Cartagena; como hidráulico en el puerto y diques de esta misma ciudad y trabajos de defensa de la de Murcia contra las avenidas; como ingeniero civil, en la multitud de comisiones de todo género que le confió el gobierno en distintas provincias, y como arquitecto, principalmente en el arsenal de Cartagena, del cual fue el tracista y director.»

Documentos y noticias para la biografía del General de Ingenieros D. Sebastián Feringán y Cortés (año 1896) del capitán Pedro Alcántara Berenguer y Ballester. [Hipervínculo 3]

La Revista de Historia Naval núm. 8 (año 1985) de la Armada Española, en sus páginas 111 a 139, le dedica un artículo en el que glosa su vida y obras. [Hipervínculo 5]

La Revista XILOCA núm. 15 (diciembre de 1995), en sus páginas 207 a 231, incluye un artículo con su biografía. [Hipervínculo 6]

Se da la peculiaridad de que existe un documento autobiográfico escrito por el propio Feringán para cumplir una orden de la superioridad demandando conocer sus trabajos y obras [Hipervínculo 1]. Dicho documento formaba parte de su expediente militar, que ya por los años de 1854 se recogió en el Archivo de Simancas. El documento, proveniente del archivo de la Subinspección del Depósito Topográfico del Cuerpo de Ingenieros Militares viene reproducido, con la ortografía original, en la publicación periódica Memorial de Ingenieros del Ejército núm. VII (julio de 1896), en sus páginas 201 a 210. [Hipervínculo 4]

Por último, también podemos encontrar una biografía de Sebastán Feringán y Cortés en la Real Academia de la Historia. [Hipervínculo 7]

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[1] Pedro Alcántara Berenguer y Ballester (Murcia, 1852 - Ciudad Real, 1901) fue militar, escritor y profesor de la Escuela de Guerra, miembro de la Real Academia de la Historia y de la Academia de Bellas Artes.

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3. Pedro A. Berenguer y Ballester, 1896 *
4. Memorial de Ingenieros del Ejército, julio 1896 *








21 de julio de 2021

Cherleston en Nápoles.

Nueva entrega de las Historias de Chele, esta vez desde la bella Nápoles, una ciudad que a pesar de los embates de la globalización y la ideología "unicista" se mantiene fiel a sí misma; donde se combina lo mejor y lo peor de la naturaleza humana.